En la madrugada, en el palacio de la Reina, podían escucharse los quejidos de una mujer. Era Elena, la Reina, que estaba en trabajo de parto.
El Papa Benedic fue informado de ello y rápidamente partió de la Santa Sede hacia el Palacio Real.
Con la Reina Elena estaban solo dos criadas de extrema confianza. Esto era para evitar que alguien actuara en nombre del Rey y pudiera hacer daño al recién nacido. Las mujeres eran doncellas que vinieron con ella desde el Marquesado de Braganza y eran las únicas que asistían a la Reina en su parto.
En el palacio del Rey, se vivía un ambiente desconcertante. El Rey había colapsado por completo esa madrugada; la fiebre había subido tanto que deliraba, gritando:
— ¡Maten a ese demonio! ¡Es por su culpa! ¡Es por su culpa! ¡Codicia mi trono antes de salir del vientre de su madre!
Los gritos agónicos del Rey se fueron apagando mientras perdía las fuerzas.
En el palacio de la Reina, las doncellas comenzaron a notar que algo no estaba bien. La Reina estaba tardando demasiado en dar a luz y perdía la conciencia a cada instante. En cualquier momento, tanto la Reina como el bebé podían morir.
Una de las doncellas se acercó hasta el oído de la Reina, tomó su mano y le dijo:
— Majestad, usted puede. Haga un último esfuerzo, y podrá ver el hermoso rostro de su bebé, podrá cargarlo, podrá escucharlo. Pero para eso debe hacer un último esfuerzo.
Elena pareció entender lo que la criada le decía, y con sus últimas fuerzas, dio a luz.
La doncella que recibió al bebé sonrió ampliamente al ver que el recién nacido estaba en perfectas condiciones, pero al darse cuenta de que era una niña, no supo cómo reaccionar.
— Majestad, es una... niña —dijo la doncella mientras acercaba al bebé a la Reina, quien sonrió con alivio, pero al mismo tiempo se veía muy débil.
La doncella colocó a la niña, medio envuelta en un paño, al lado de la Reina, que no podía ni siquiera levantar la cabeza.
La Reina giró hacia la pequeña, y con una sonrisa de alivio y lágrimas en los ojos, pronunció las únicas palabras que su hija escucharía de ella:
— Una niña... gracias a Dios que es una niña. No sabes cuánto le pedí a Dios que fueras una niña. "Si es una niña, vivirá", pensé. Y le pedí a Dios que fueras una niña. Él cumplió. Te permitió vivir. Entonces, vive, mi pequeña Alexandra.
Con esas últimas palabras y una suave sonrisa en su rostro, Elena cerró los ojos para no volver a abrirlos.
Cuando las doncellas se dieron cuenta de que la Reina estaba muriendo, una de ellas salió corriendo en busca de un médico, pero en el camino se encontró con el Papa, que le impidió hacerlo.
— Es la voluntad de Dios —dijo el Papa, haciendo que la doncella regresara con él.
Al acercarse a la habitación de la Reina, el Papa pudo escuchar un llanto persistente.
La doncella no le había mencionado al Papa el sexo del recién nacido hasta que llegaron a la habitación.
— Es una niña... —dijo la doncella mientras miraba el cuerpo inmóvil de la Reina y a la recién nacida.
— Alexandra... la Reina la nombró Alexandra —añadió.
El Papa permaneció inmóvil, observando tanto a la Reina como a la pequeña sin decir nada, hasta que alguien golpeó frenéticamente la puerta de la habitación.
Una de las doncellas fue a abrir y se encontró con un caballero de la Guardia Real, quien le dio una noticia que la hizo perder el equilibrio. Trastabilló hacia atrás y miró al Papa con una enorme angustia en el rostro. Con voz temblorosa, informó:
— Su Majestad... el Rey ha fallecido.
Solo entonces la expresión tranquila del Papa se perturbó. Caminó hacia la Reina, a quien también se le había escapado la vida, y tomó al pequeño bulto que estaba a su lado.
El pequeño se retorcía y lloraba, como si sintiera que acababa de quedar huérfano.
El Papa la observó detenidamente; su cabello, aunque aún era poco, era de un plateado brillante, y sus ojos también.
— Tú eres... el Rey Alexander —dijo el Papa.
— ¿Rey? Su Santidad, le he dicho que es una niña... —respondió la doncella.
La mirada escalofriante del Papa se posó sobre la doncella, quien tembló de miedo. Instintivamente agachó la cabeza y se disculpó.
— Lo lamento, Su Santidad, por hablar sin que me lo haya ordenado...
El Papa ordenó a las dos doncellas que levantaran la cara y les dijo:
— La Reina Elena dio a luz a Alexander de Castilla, futuro Rey de Castilla, y ustedes dos lo cuidarán por un tiempo. ¿Entendido?
— ¡Sí, Su Santidad! —respondieron las doncellas.
Las mujeres comprendieron de inmediato lo que estaba ocurriendo. Para un reino como Castilla, donde solo los hombres heredaban títulos, y donde acababan de perder al Rey y la Reina al mismo tiempo, una niña solo traería más problemas.
Si el pueblo y los nobles creían que había nacido un niño, estarían conformes, pues el simple hecho de ser varón no cuestionaría sus capacidades para ocupar el trono. Además, habría menos incertidumbre en cuanto al gobierno, ya que los hombres siempre habían gobernado.
Al amanecer, la noticia de la muerte del Rey Johan y la Reina Elena sacudió a todo el reino. Pero la noticia del nacimiento de un heredero brindó cierta calma.
El Papa no permitió que nadie, aparte de las doncellas que asistieron a la Reina en el parto, tuviera contacto con la recién nacida. Esto, al menos, hasta que se llevara a cabo una reunión de emergencia con los nobles.
Un mes después del nacimiento de Alexandra, la capital se llenó de nobles que llegaban de todo el reino para la gran reunión. Sin embargo, el Papa, que en ese momento tenía mayor autoridad que incluso los duques, redujo la gran reunión a una mesa de debate conformada por diez personas: cuatro duques, cuatro marqueses y dos condes. Entre ellos se encontraba Aryan de Braganza, hermano de la difunta Reina Elena.
Por horas, las puertas de la oficina del Rey permanecieron cerradas. En la plaza frente al Palacio Real, miles de personas se reunieron, esperando saber qué ocurría.
Cuando los últimos rayos de sol iluminaban Castilla, las personas vieron abrirse las puertas del balcón del Rey.
El Papa Benedic salió al balcón, y aunque estaba a lo lejos, la multitud notó que llevaba algo en brazos.
Al llegar al borde del balcón, el Papa alzó por encima de él el pequeño bulto que cargaba, revelando que era un bebé. El cabello plateado del bebé lo hizo reconocible de inmediato.
El Papa habló fuertemente al pueblo:
— ¡He aquí el niño que nació siendo rey! ¡Alexander de Castilla! ¡Rey de Castilla! ¡Nuestro único rayo de esperanza!
Al ver al pequeño Rey, el pueblo recuperó la esperanza de que Castilla saldría adelante, todo bajo las mentiras del Papa.
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Updated 66 Episodes
Comments
Ceci del Castillo
papa es un viejo desgraciado,Ojalá alguien lo mate
2024-12-07
0
Elsys Teran
mmm me gusta 👍
2024-11-26
0
Momoko_Kori
Empezando esta novela, tiene un inicio prometedor
2024-01-24
1