Después de la terrible noche en la que Alexander y Reiner sufrieron por el complejo de poder del papa, llegó la mañana en la que se llevaría a cabo un torneo de espadas en honor al rey Alexander.
Las doncellas entraron a su habitación para asistirlo, pero al ver las condiciones de sus pies heridos, se escandalizaron. Alexander, sin embargo, les ordenó que se tranquilizaran y no dijeran una palabra sobre el asunto.
Cuando estuvo listo, Alexander se dispuso a salir. Las doncellas lo precedieron, y fuera de la habitación, Herman ya lo esperaba como de costumbre. Al notar el rostro de angustia y preocupación en las sirvientas, Herman se inquietó.
—Buenos días, Majestad —saludó Herman.
—Buenos días, Herman —respondió Alexander.
—¿Hacia dónde vamos, Majestad? —preguntó Herman, un tanto tenso.
—Iremos al campo de entrenamiento. Hoy es el día de los combates.
—Majestad… si me permite, ¿puedo hacerle una pregunta?
Alexander, aunque extrañado por el comportamiento inusual de Herman, se lo permitió.
—Adelante. Puedes preguntar.
—¿Durmió bien anoche, Majestad?
Alexander permaneció en silencio por un momento, pero luego contestó sin vacilar.
—Por supuesto.
Aun así, Herman insistió, con cautela.
—¿Está seguro, Majestad? Anoche me pareció escuchar su voz en el pasillo…
Mientras caminaban por el pasillo, Herman observaba la espalda del rey, escuchando el eco de sus pasos. Por un momento, pensó que tal vez había sido demasiado atrevido y que su pregunta había molestado a Alexander. Estaba a punto de disculparse cuando el rey rompió el silencio.
—Oh, me has descubierto —dijo Alexander, girando levemente la cabeza—. No podía conciliar el sueño, así que salí a dar un paseo. Tuve una breve conversación con un guardia. Te pido disculpas si interrumpí tu descanso.
—No hay nada por lo que disculparse, Majestad.
Sin embargo, Herman sabía que Alexander le estaba mintiendo. Sus pensamientos lo inquietaban.
—Esas manchas de sangre en el pasillo eran suyas, Majestad… ¿Qué ocurrió? ¿Por qué no confía en mí? ¿Aún no soy digno de su confianza?
Temprano esa mañana, Herman había visto las huellas de sangre que conducían a la habitación del rey, pero las estaban limpiando con rapidez, como si quisieran ocultarlas. La sirvienta que las limpiaba pertenecía al servicio del papa, lo que hizo que Herman sospechara aún más.
El torneo de espadas se llevaría a cabo en el campo de entrenamiento de los caballeros reales, un evento abierto al público. La mayoría de las personas asistían por curiosidad, ya que querían ver al joven rey enmascarado.
Alexander llegó al campo de entrenamiento, donde se había preparado un lugar privilegiado para él, rodeado de nobles y, por supuesto, del papa. Mientras avanzaba, unas risas burlonas y gritos llamaron su atención. Un grupo de jóvenes se congregaba en el jardín, y entre insultos, uno de ellos exclamaba:
—¡Sucia cosa! ¿Cómo te atreves a interponerte en el camino de un Braganza?
—¡Este desgraciado no sirve ni para limpiar los zapatos de un Bourdieu! —agregó otro.
La voz de Alexander interrumpió el alboroto con frialdad.
—¿Se puede saber qué significa este escándalo en mis jardines?
Los jóvenes voltearon de inmediato, quedando cara a cara con la imponente figura del rey. Al acercarse, Alexander notó a alguien arrodillado en el suelo. Uno de los jóvenes, con descaro, se interpuso en su camino.
—¿No es este el rey en persona? —dijo el joven con una sonrisa burlona.
Alexander se detuvo, levantando la mirada para observar al joven.
La atmósfera se volvió tensa. Herman, que estaba detrás de Alexander, sintió la presión del momento y estuvo a punto de intervenir, pero el rey, con un gesto, le indicó que se tranquilizara.
—Oh, ¿no es este el joven duque Jameson Bourdieu? —dijo Alexander, con una sutil ironía.
—¡Claro que hasta el rey me conoce! —respondió Jameson, con arrogancia.
Alexander lo observó, sintiendo un desprecio instantáneo. Sin embargo, lo que realmente captó su atención fue otro joven que lo miraba con desdén: su primo, Sandor de Braganza. Los ojos de ambos se encontraron en un intercambio silencioso de hostilidad.
Alexander desvió la mirada hacia la persona en el suelo, que comenzó a moverse. Cuando la capa que cubría su rostro cayó, Alexander se quedó congelado. Era Reiner, viéndolo con una expresión lastimera.
—¿Qué significa esto? —preguntó Alexander, con voz grave.
Sandor, con una sonrisa maliciosa, respondió:
—Oh, Majestad, disculpe por no haberlo saludado antes. El joven sucesor ha sufrido una pequeña caída y estábamos… ayudándolo. ¿Verdad, sucesor?
Alexander observó cómo Reiner, con la mirada baja, asintió sin decir una palabra. Aunque el rey mantenía una expresión neutral, Herman notó la furia que intentaba ocultar. La mano de Alexander temblaba ligeramente mientras la mantenía oculta detrás de su espalda.
Alexander ignoró a Reiner y se dirigió con aparente jovialidad a los jóvenes:
—¿Es así? Sucesor, estás llegando tarde al evento. ¿Participarán ustedes?
—¡Por supuesto! —exclamó Jameson—. Su Majestad tendrá el honor de ver a un verdadero experto en la espada.
—La familia Braganza siempre participa —añadió Sandor, con altivez—. Mi padre ha ganado en varias ocasiones, espero no decepcionarlo.
—Bien, será un placer verlos. Les deseo suerte —respondió Alexander, despidiéndose de los jóvenes mientras Reiner, avergonzado, se retiraba en silencio.
Cuando Sandor pasó junto a Alexander, susurró con desprecio:
—Monstruo…
Alexander se detuvo, y aunque se escuchaba una risa burlona detrás de él, en lugar de molestarse, soltó una carcajada seca.
—¡Ja, ja!
—¿Majestad, está bien? —preguntó Herman, desconcertado.
—Estoy en perfectas condiciones, Herman. Sigamos.
Ya en el campo de batalla, Alexander fue recibido con los saludos habituales. Al posar su mirada sobre la multitud, sintió el escrutinio del papa sobre él. De repente, se levantó y se dirigió al borde del estrado, sorprendiendo a todos con su anuncio:
—Viéndolo bien, aquí es aburrido. Participaré en los combates.
—¡Majestad, no puede! ¡Es muy peligroso!
—No es apropiado —replicaron algunos.
—Silencio. No estoy pidiendo permiso. He dicho que lo haré. Hagan los sorteos de nuevo, hay un participante más.
Desde uno de los estrados, el duque Blanch sonrió.
—Esto es maravilloso, Majestad. Hace tiempo que deseo ver sus habilidades en acción.
—Es así… qué afortunado, al menos alguien en este lugar tiene lo que quiere —respondió Alexander con frialdad, bajando al campo, dejando al duque desconcertado.
Los participantes murmuraban mientras el rey descendía con espada en mano, preparándose para combatir.
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Comments
Ceci del Castillo
el rey y no tiene poder,se deja golpear y su palabra no vale nada,no veo cual es la razón que exista el rey(Alexandra)
2024-12-07
0
Diana A Zevallos Mejia
Pobre, el rey está herido y así peleará.
2024-11-23
0
Laura Aguado
reiner, tienes q hacerte fuerte para ayudar a Alexander
2023-07-06
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