— ¿Quién es usted?—.
Preguntó el Papa con total seriedad.
— Soy Alexander de Castilla, Rey de Castilla, poseedor de la sangre bendita. Soy el presente y el futuro del reino, soy quien, en nombre de nuestro Dios verdadero, guía y protege al pueblo. Soy quien debe amar a este pueblo y hacer más grande el nombre del Dios único. —Respondió el pequeño Alexander.
—¿Entiende Su Majestad la importancia de este acontecimiento? Tener conciencia del lugar que ocupa es necesario para actuar adecuadamente. El Rey debe ser perfecto, no puede equivocarse. El Rey debe seguir la voluntad de Dios, debe ser el ejemplo. Usted debe ser mejor que todos en todo. ¿Lo entiende?.
—Lo entiendo.
— Entonces, Majestad, hoy debe demostrarlo. Recuerde, su rostro no puede ser visto por nadie, y solo debe hablar lo justo y necesario. De ser posible, comunique sus respuestas solo a mi.
El Papa dijo esto mientras las doncellas, Ann y María, las únicas además de él que conocían la verdadera identidad del Rey, acercaban un cofre que fue abierto ante Alexander.
Dentro, había una máscara que brillaba con el reflejo de las lámparas de la habitación: una máscara de plata hecha a medida para Alexander.
El Papa frunció ligeramente el ceño al acercarse para colocarle la máscara, encontrándose con los ojos plateados, de aspecto afilado como los de un gato, rodeados de largas pestañas también plateadas. Un rostro con facciones delicadas que, incluso después de haber cortado su cabello tan corto como el de un hombre, no llegaba a parecerse al de uno. Aquella máscara era necesaria, ya que el rostro del Rey pertenecía a Alexandra, no a Alexander.
Su voz aún no era un problema, y el Papa descubrió que, gracias a la máscara, la voz de Alexander se volvía más grave, dificultando distinguir si pertenecía a un hombre o a una mujer. Aun así, le recomendó hablar lo menos posible.
Todo estaba listo en el salón principal del palacio real, repleto de nobles curiosos y, por supuesto, de los diez hombres que formaban el consejo real.
Había tanto misterio en torno al pequeño Rey, que solo había sido mostrado al pueblo una vez, cuando apenas era un bebé. Ya habían pasado cinco años desde aquella ocasión, y la gente comenzaba a tener curiosidad. La incertidumbre sobre si el Rey sería capaz de dirigir el reino invadía a los ciudadanos, especialmente a los nobles, quienes tenían derecho a participar en las políticas de estado.
Desde su nacimiento, el Rey Alexander había quedado al cuidado del Papa Benedic, quien restringió todo a su alrededor, dedicándole casi todo su tiempo a su crianza, con la ayuda de las dos doncellas.
Nadie en aquel salón estaba preparado para lo que iban a ver, ni para entender cómo un niño de cinco años podía comportarse como un adulto con años de experiencia social, desenvolviéndose con elegancia y seguridad, consciente de quién era, lo que representaba y, sobre todo, del poder que lo rodeaba.
Cuando sonaron las campanas anunciando la llegada del Rey y las puertas se abrieron, los nobles se encontraron con una pequeña figura vestida con una túnica blanca que lo cubría hasta los pies, bordada con las insignias reales: dos leones enfrentados. Lo más impactante era la máscara que cubría por completo su rostro, dejando ver solo sus ojos.
Miles de comentarios podrían haber surgido en ese momento, pero debieron quedarse en los pensamientos de los presentes, pues la rigurosa mirada del Papa les recordó que debían inclinarse y solo levantar la cabeza cuando el Rey lo ordenara.
Con un paso constante y seguro, el pequeño llegó hasta el trono central, donde la guardia real levantó sus lanzas para impedir que cualquier persona que no fuera el Rey se sentara en él.
Incluso los guardias se sorprendieron y dudaron al ver aquella figura, pero al notar los ojos plateados no tuvieron más dudas y rápidamente permitieron que el Rey se sentara en el trono.
Se había colocado un pequeño escalón desmontable a los pies del trono para que el Rey pudiera ocupar su lugar sin dificultad. Una vez sentado, miró al Papa, quien se encontraba a su lado. Este asintió, dándole permiso para hablar.
—Pueden levantar la cabeza.
La voz suave, como era de esperar de un niño, no mostraba dudas, inseguridad ni dificultad para pronunciar las palabras. Era clara y firme.
Los nobles levantaron la cabeza rápidamente, dirigiendo su atención al pequeño Rey. Aun conmocionados por su extraña apariencia, no lograban expresar sus inquietudes. El silencio era profundo, hasta que el Duque Bhaltar dio el primer paso y formuló la pregunta que todos pensaban pero nadie se atrevía hacer.
—Gloria y honor al pequeño sol de Castilla... Su Majestad, me presento ante usted, el Duque Bhaltar de Santillán lo saluda.
Por un instante, Alexander permaneció en silencio antes de responder.
—También es un gusto para mí, Duque Bhaltar. Las tierras del sur producen el mejor lino del reino. Todo es gracias a su liderazgo en el territorio. Permítame felicitarlo en nombre de la casa real.
El Duque y todos los presentes quedaron impactados por la manera en que el niño Rey hablaba. Nadie creía posible tal desenvolvimiento.
—¿Cómo es posible que este niño tenga tales conocimientos? Mi hijo, que tiene la misma edad y vive en el sur, no tiene idea de lo que se produce ahí. Además, teme hablar con desconocidos y suele ponerse tan nervioso que lo único que puede hacer es llorar. Pero este niño... ¿Qué clase de educación le brindó el Papa?.—Pesó él Duque y miró de reojo al Papa, que permanecía firme a un lado del trono. Le costaba imaginar al Papa siendo abusivo o demasiado exigente, pero no podía evitar preguntarse qué métodos había utilizado para enseñar tanto en tan poco tiempo.
—Me alegra que Su Majestad me reconozca, pero... me resulta inevitable preguntar. Si no me despeja esta inquietud, podría llegar a pensar que Su Majestad está enfermo. Lo que quiero saber es... ¿Por qué Su Majestad se cubre el rostro con una máscara?.
Incluso a través de la distancia que los separaba y el hecho de que solo pudiera ver los ojos del Rey, el Duque sintió la frialdad de su mirada, así como la del Papa.
La pregunta del Duque desató una oleada de murmullos entre los nobles, que comenzaron a compartir sus especulaciones, hasta que el salón se convirtió en un caos de voces.
El Rey levantó una mano, y la guardia real hizo sonar sus lanzas al golpear fuertemente el suelo, llamando la atención de todos. Los nobles miraron al frente, donde el Rey había dado la señal para que guardaran silencio. Esta vez, fue el Papa quien respondió.
—Creo que su pregunta se debe a una simple curiosidad, y no a una verdadera preocupación. Pero despejaré sus dudas. Gracias a Dios, Su Majestad se encuentra en perfectas condiciones de salud. Utiliza la máscara por seguridad.
—¿Seguridad?
—Así es... Podemos continuar con la presentación de los nobles. Su Majestad necesita dormir el tiempo adecuado para su edad, y se hace tarde.
Después de esto, los nobles siguieron presentándose. Para cada uno de ellos, Alexander tuvo algo que decir, logrando impresionar aún más a todos.
Sin embargo, tras la fiesta, los comentarios más repetidos no fueron sobre su inteligencia, sino sobre la máscara que el Rey llevaba.
Los rumores más comunes eran:
— El Rey debe tener alguna enfermedad que lo desfiguró, o nació así, y tratan de ocultarlo.
— El Rey debe tener un rostro horrible, por eso lleva una máscara.
— El Rey debe ser algún tipo de monstruo. Quizás sea un castigo de Dios hacia el difunto Rey Johan.
Miles de comentarios comenzaron a extenderse por todo el reino, y las personas empezaron a creer que el Rey estaba enfermo. Esto trajo consigo otro problema: demostrar lo contrario sin que el pequeño Rey se quitara la máscara.
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Comments
Angelina Bagatella
él: pronombre personal
el: artículo determinado singular masculino
2024-01-29
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