El cuerpo del pequeño temblaba. Reiner sentía cómo un calor nacía en su pecho, extendiéndose por todo su cuerpo. Era un sentimiento primitivo. La ira se apoderó de él.
Reiner, que aún era algo ignorante por no haber recibido una educación adecuada, se dejaba llevar por impulsos y pensamientos descontrolados.
Se lanzó sobre Alexander. Como este estaba de rodillas y ni siquiera lo miraba, Reiner pensó que sería fácil derribarlo. Pero no fue así.
Antes de que pudiera entender lo que sucedía, Reiner sintió el impacto de su cara contra el frío suelo de la sala de oración y una fuerza aplastante sobre su espalda.
—¿Cómo...? —pensó Reiner, desesperado—. ¿Cómo ha pasado esto? ¡Él ni siquiera me estaba mirando y ahora me tiene inmovilizado!
Comenzó a forcejear, intentando liberarse del agarre, pero era inútil. La fuerza de Alexander era absurda, completamente desproporcionada para alguien de su tamaño.
—Es muy bajo atacar a alguien cuando no te está viendo —dijo Alexander, con voz tranquila—, pero te entiendo. Te han traído contra tu voluntad a un lugar donde no conoces a nadie, te han maltratado y te obligan a hacer cosas que no deseas. Es natural que estés confundido, asustado, y que no confíes en nadie. Pero no tienes otra opción. Lo que sí puedes elegir es si vivirás aquí cómodamente o si vivirás un infierno. Y eso depende de en quién decidas confiar.
—¡Suéltame! ¿Por qué debería creerte? —gritó Reiner, con rabia y frustración.
—No te soltaré hasta que me digas qué harás —contestó Alexander, imperturbable—. Seguramente su Santidad no te ha explicado nada adecuadamente. Déjame decirte algunas cosas: no solo tendrás que aprender a rezar y a cumplir con tus obligaciones, también tendrás que aprender a defenderte. El Palacio Real y la Santa Sede no son lugares seguros.
—¿Por qué debería confiar en ti? —protestó Reiner—. ¡Hablas de peligros cuando tienes escoltas y miles de paladines que te protegen!
—Confiar en mí es tu decisión —respondió Alexander—. Pero si crees que estoy seguro solo por tener un escolta, estás equivocado. No sabes nada todavía. Te lo repetiré: serás el próximo Papa. Estás aquí para aprender a serlo. Desgraciadamente, te ha tocado en uno de los peores momentos del reino, con un tutor despiadado que disfruta humillando a los demás, creyéndose todopoderoso. Hablo de Su Santidad Benedic. No es difícil de entender, ¿verdad? Responde, ¿has comprendido lo que te he dicho?
—Sí... sí —respondió Reiner, con la voz temblorosa.
—Entonces escucha con atención. Su Santidad es inteligente, pero no tanto como él cree, lo cual es una ventaja para mí... y para ti. Si quieres vivir sin sufrimiento, ¿tomarás mi mano y te convertirás en mi aliado? O, ¿serás el próximo juguete del Papa?
Reiner, aún atrapado bajo Alexander, reflexionó en silencio.
—Es cierto que el Papa me ha maltratado desde que llegué, y este niño Rey es el único que me ha dicho algo así. ¿Debería confiar en él?
Finalmente, después de un momento de vacilación, Reiner tomó su decisión.
—Yo... yo tomaré tu mano.
Bajo la máscara de Alexander se dibujó una sonrisa victoriosa. Sin decir más, lo liberó.
Reiner se incorporó rápidamente, frotándose las muñecas adoloridas por la presión. Miró de reojo a Alexander, quien ya estaba nuevamente de rodillas, con las manos juntas, como si fuera a rezar otra vez.
—¿Cómo puede ser que este niño, más pequeño que yo, tenga tanta fuerza? Y, además, ¿por qué parece no estar ni un poco preocupado después de liberarme?—se preguntó Reiner.
—¿Qué esperas? —dijo Alexander sin voltear—. Ven rápido, imita mi postura y guarda silencio.
Reiner aún dudaba, pero obedeció y se arrodilló junto a él. Fue una suerte que lo hiciera, porque en ese preciso momento las puertas se abrieron de golpe y el Papa ingresó a la sala, con una expresión severa en el rostro.
—Disculpe la interrupción, Majestad —dijo el Papa, con una sonrisa forzada—. ¿Este pequeño inmundo le ha causado algún problema?
—De ningún modo, Su Santidad —respondió Alexander, sin perder la compostura—. Reiner es un excelente aprendiz. Su rapidez para entender todo y su facilidad para aprender me hacen pensar que el verdadero problema era el anterior maestro...
Alexander había dicho aquello sabiendo muy bien que era el propio Papa quien había "enseñado" a Reiner, más bien, lo había golpeado. La expresión distorsionada en el rostro del Papa le confirmó lo fácil que era herir su orgullo.
—Por cierto, Su Santidad —continuó Alexander—, dado que este niño será el próximo Papa, ¿no sería más adecuado llamarlo por su nombre o sucesor? El uso de esos términos vulgares denigra la imagen de la propia Iglesia, ¿no lo cree?
El Papa, visiblemente herido por las palabras de un niño de diez años, hizo un esfuerzo por recuperar la compostura. Su sonrisa suave y ensayada volvió a su rostro.
—Su Majestad es muy sabio, tiene razón. Debo ser humilde y reconocer mi error. A partir de ahora, lo llamaré sucesor. Nos retiramos. Su Majestad debe continuar con sus plegarias.
—Un momento, Su Santidad —dijo Alexander con tono inocente—. Creo que sería mejor si me encargara yo de las oraciones del sucesor. Somos casi de la misma edad, y eso facilitaría su aprendizaje y lo haría sentirse más cómodo.
El Papa, quien pensaba ya en cargar a Alexander con más responsabilidades, no vio nada extraño en la petición.
—Suena bien, siempre que no sea un inconveniente para Su Majestad —respondió el Papa.
—De ningún modo —contestó Alexander—. Hasta mañana, Reiner.
El Papa y Reiner se retiraron, dejando a Alexander solo en la sala. Una vez más, se arrodilló, pero sus pensamientos estaban lejos de la piedad, y sus oraciones parecían más confesiones.
—Señor, estos días he leído un libro interesante. Trata sobre la domesticación de perros y cómo hacer que sean completamente leales a su dueño. Me pregunto si lo mismo se podrá aplicar a los hombres. Es una idea descabellada, pero necesaria si quiero sobrevivir. Necesitaré más de un perro fiel... No me juzgues por mis acciones, después de todo, fuiste tú quien me puso en esta situación. ¿Debería disculparme por querer vivir?
Bajo la máscara de Alexander, su verdadera naturaleza seguía oculta, igual que su estrategia. En Castilla, nada era lo que parecía.
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Comments
Rebecca H
estoy impactada...
que niña tan adelantada a su época.
deseo mucho seguir leyendo.
gracias.
2024-12-31
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Stella maris Guerrero
Muy muy interesante todo Autora!!!
2024-11-29
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Momoko_Kori
Y si necesitas alguien tan leal como un perro para sobrevivir
2024-01-24
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