Capitulo 7

Ni el primer día, ni el segundo, ni el tercero; fue recién una semana después de su llegada cuando Alexander pudo volver a ver al sucesor del papa.

Ahora con un corte de cabello nuevo, ropa limpia y casi idéntica a la suya, algo había cambiado en el joven, pero lo que no había cambiado era su actitud: aún alerta, casi agresiva. Al menos, esta vez dijo su nombre.

La gran sala de oración estaba en completo silencio, como se acostumbraba. Alexander, en la primera fila, realizaba sus "oraciones de comienzo de mes", cuando la aparente paz del lugar fue interrumpida por una voz que reconoció de inmediato.

— ¡No quiero! ¡No quiero estar aquí! —gritó el niño.

— ¡Silencio, bastardo! —le reprendió el papa—. ¿Cuándo entenderás? ¿Quieres que la ira de Dios te castigue otra vez?

El papa aún no se había percatado de la presencia de Alexander. Cuando finalmente giró hacia el frente y vio a Sir Herman de pie, entendió que el rey debía estar allí, pues de otro modo Herman no se encontraría en la sala.

—Oh, Majestad... qué grata sorpresa encontrarlo aquí —dijo el papa, intentando disimular su incomodidad.

—Lo mismo digo, Santidad. Y tú... aún no me has dicho cómo te llamas —respondió Alexander, mirando directamente al joven, que lo observaba con una mezcla de sorpresa y miedo.

El niño abrió la boca para lanzar otro insulto, pero se detuvo al cruzar mirada con Sir Herman, cuyos ojos fríos lo advirtieron.

—Reiner... —murmuró finalmente.

—Vaya, esperaba que volvieras a gritarme e insultarme —dijo Alexander con una sonrisa leve—, pero parece que has escuchado mi consejo. Es un placer, Reiner. Yo soy Alexander.

—Majestad, no debería permitir que alguien lo trate con tanta informalidad —intervino el Papa—, y mucho menos alguien de tan baja estirpe...

—Entiendo, Santidad —respondió Alexander, sin voltear a mirar al papa. Luego, continuó— Por cierto, he notado que tiene problemas para que Reiner aprenda las oraciones. Me gustaría ayudarlo y enseñarle. ¿Qué le parece, Santidad?

La propuesta sorprendió tanto a Reiner como a Sir Herman, e incluso al Papa, quien tardó unos segundos en responder.

—No cabe duda de que sería un buen maestro, Majestad, pero no debería molestarse con estos problemas. Con un poco más de disciplina, incluso este muchacho, de origen tan bajo, se doblegará ante la voluntad de Dios.

Las palabras del Papa y la severa mirada que lanzó a Reiner lo hicieron temblar sin darse cuenta. Alexander, percibiendo la situación, insistió.

—No es ninguna molestia para mí, y de hecho, no es esta una buena forma de conocer al futuro sucesor. Santidad, él estará a mi lado en el futuro, así que debemos conocernos lo mejor posible. ¿No lo cree?

El papa forzó una sonrisa extraña, que intentó ocultar con la mano, pero Reiner la vio y le pareció profundamente inquietante.

—Está bien, Majestad... está bien. Le concederé una hora a solas con él, aunque este niño carezca de cualidades. Pediré a Dios que lo ilumine —aceptó el Papa.

El papa se retiró, dejando solos a Alexander, Reiner y Sir Herman. Sin embargo, Alexander pronto pidió a Herman que se retirara también, dejándolo a solas con el muchacho.

—Bien —dijo Alexander—. Ahora que estamos solos, ven aquí. Ponte de rodillas a mi lado.

Alexander caminó hacia el frente y se arrodilló, cruzando las manos y cerrando los ojos como si estuviera a punto de comenzar sus plegarias. Reiner, que aún estaba parado, le habló con desconfianza.

—Me das la espalda... ¿crees que no puedo hacerte daño o huir?

—En primer lugar —respondió Alexander sin voltear—, si tuvieras la intención de hacer cualquiera de esas cosas, no me lo dirías. Segundo, aunque intentaras hacerme daño, sé cómo defenderme. Y tercero, sabes que no puedes huir de este lugar. Así que, ¿qué esperas? Ven a mi lado e imita mi postura.

La voz de Alexander, ligeramente distorsionada por la máscara que usaba, aún transmitía una calma y seguridad que desconcertaban a Reiner. Extrañamente, el joven sintió la necesidad de obedecer. Se arrodilló a su lado e imitó su postura.

Para Reiner, todo era extraño. Había escuchado una vez, mientras vagaba por las calles en busca de comida, que había nacido un rey monstruoso, tan horrible que debía ocultar su rostro tras una máscara. Pero nunca había prestado demasiada atención a los rumores sobre los gobernantes; después de todo, pensaba, ellos nunca se preocupaban por gente como él.

Ahora, sin embargo, todo había cambiado. El rey del que se hablaba estaba justo a su lado. La curiosidad de Reiner creció tanto que apretaba fuertemente sus manos cruzadas para resistir el impulso de arrancarle la máscara y ver qué ocultaba detrás.

De pronto, el pequeño rey comenzó a hablar, diciendo algo que al principio confundió a Reiner, pero que pronto entendió.

—En el nombre de Dios, por el bien del Reino... porque Dios así lo ordena. Es un pecado que disgusta a nuestro Señor. Necesitas rectificar ese pensamiento. Yo repito lo que Dios dice, por ello debes obedecerme. Si te arrepientes, entonces recibirás con obediencia el castigo correspondiente —recitó Alexander con calma—. ¿No es esto lo que has escuchado desde que estás bajo la tutela de su Santidad?

Reiner estaba sorprendido. Esas palabras las había escuchado muchas veces, siempre acompañadas de castigos. ¿Cómo sabía Alexander todo eso? ¿Acaso él le había ordenado al papa actuar de ese modo?

—¿Cómo... cómo lo sabes? —preguntó Reiner, desconcertado.

—El Papa es alguien que miente odiosamente en el nombre de Dios —respondió Alexander, abriendo los ojos—. Dice que debemos doblegarnos ante Dios, pero en realidad trata de quebrarnos para someternos a él. Te diré algo, sabes que no puedes huir. De ahora en adelante, tu vida será esta. Haz lo que él te diga, hazle creer que lo obedeces. Al final, como él mismo dijo, la justicia divina existe, y se encargará de los malvados. Dime, ¿crees que su Santidad es malvado?

Reiner no comprendía todo lo que Alexander le decía, pero entendió que le estaba aconsejando que fingiera ante el Papa para evitar ser lastimado. Entonces, un recuerdo doloroso invadió su mente.

—Son veinte monedas de oro por el niño. A partir de ahora, él le pertenece al templo. Ustedes no tienen ningún derecho sobre él —dijo el paladín que lo había llevado al templo.

—Llévenselo. De todos modos, nunca lo quise —respondió su madre, sin mirarlo, mientras tomaba el dinero.

Reiner, desesperado, había suplicado que no lo dejaran, pero su madre se marchó sin volver a verlo.

Ese desprecio lo llenó de furia. ¿Qué valor podía tener alguien que ni siquiera su propia madre quería? El joven estaba a punto de llorar cuando sintió una pequeña mano sobre su hombro, brindándole una extraña calma.

A pesar de ello, el enojo hervía en su interior. ¿Cómo podía alguien como Alexander, que aparentemente lo había tenido todo, entender su situación? Sus palabras lo irritaban.

—¿Te estás burlando de mí? —exclamó Reiner, furioso.

—¿Qué? —Alexander lo miró, sorprendido.

La tensión aumentó. Reiner estaba a punto de atacar a Alexander.

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Comments

Quica Romero

Quica Romero

Sólo espero que no esté "poseído por el espíritu del Rey loco” y quiera imitarlo.
O peor aún que quiera manipularlos para que el "Rey” quedé embarazada del "niño papa”.🤔🤨😔🤯😳😮‍💨

2023-06-02

0

Quica Romero

Quica Romero

¡Ajá!. Ahora esté tipo ya sé creé Dios.😒🤨🙄 Con está clase de gente donde vamos a parar.🤔😑😮‍💨

2023-06-02

1

Quica Romero

Quica Romero

¡Uy!. ¿Y con ésa boquita reza?.🤔😒🤨🙄😑
Pues...¡Que Dios nos agarre confesados!😮😮

2023-06-02

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