La presentación del rey no salió exactamente como el Papa esperaba.
Su desempeño en la fiesta fue magistral; todos quedaron impresionados por sus capacidades intelectuales, su personalidad y seguridad, pero lamentablemente todo eso fue opacado por su apariencia.
—Un rey de desfavorecida apariencia. Tal vez tenga una enfermedad. ¿Será capaz de manejar una espada? ¿Podrá engendrar hijos?— Estas eran algunas de las preguntas y suposiciones que hacían los nobles, y que pronto se extendieron a todo el pueblo.
Lejos de calmar al pueblo, que había exigido ver a su rey, lo habían perturbado, llenando de dudas sobre su apariencia y sus capacidades en ciertos aspectos.
La idea original del Papa, sobre volver a confinar al rey ya no era una opción. Para despejar toda incertidumbre, el rey debía comenzar a participar activamente en muchas actividades y demostrar aquellas capacidades que ahora se ponían en duda.
El sol brillaba sobre Castilla cuando, en la habitación del rey, se llevaba a cabo una conversación. O más bien, el rey escuchaba mientras el Papa le hablaba, y él asentía a sus demandas.
—A partir de ahora, su Majestad deberá relacionarse con los nobles. Si no quiere escuchar cuán horrible es su rostro, nunca, pero nunca, debe quitarse la máscara. ¿Lo entiende?
— Lo entiendo.
—Su primera actividad será escoger a un caballero escolta. Usted elegirá a Sir Tomás.
—Lo haré.
—Bien, en dos días iremos al campo de entrenamiento, donde los caballeros estarán esperando para dar su demostración. Prepárese adecuadamente para ese día y no olvide en sus plegarias pedir que Dios no lo abandone y, sobre todo... pídale que nadie más que nosotros conozca su rostro.
—Lo haré.
Desde los cinco años, Alexander había escuchado la misma frase —Su rostro es tan horrible que asustaría a los demás, así que use esta máscara para no incomodar a nadie y ahorrarse escuchar malos comentarios, Majestad—
Alexander estaba creciendo con una visión distorsionada de sí mismo, y no le molestaba escuchar que era horrible, porque, al estar tan aislado, desconocía el verdadero significado de la belleza.
Pero, como el rey que era, debía comenzar a relacionarse con adultos y, al ser un niño, inevitablemente también lo haría con otros niños. En ambos lados, conocería el más odioso y cruel aspecto de los humanos: lo superficiales que podían ser, y su crueldad al expresarse sobre otros.
También Alexander, al desobedecer por primera vez una orden del papa Benedic, descubriría otro aspecto de su tutor, uno que hasta el momento había estado oculto.
El día en que el rey haría su segunda aparición para escoger a su caballero escolta llegó, y todos estaban expectantes. Pensaban que tal vez lo verían sin su máscara, pero eso no sucedió. Nuevamente, el pequeño rey se presentó con su máscara, su velo y ropa que lo cubría de pies a cabeza.
Los nobles que tenían la posibilidad de asistir al campo de entrenamiento lo hicieron, entre ellos, el duque Clovis Blanch, un hombre reservado que gobernaba las tierras del norte y que ahora, por formar parte del consejo real, residía en la capital.
Al igual que todos, el duque tenía curiosidad por el pequeño rey y, al estar a cargo de la guardia real y de la ciudad, su presencia era necesaria en el campo de entrenamiento, donde se presentarían los candidatos a caballero escolta del monarca.
Con el simple acto de escoger a un caballero, se podía saber mucho sobre el pequeño, ya que para elegir a un caballero se solía tener en cuenta su linaje y luego sus capacidades. Para el duque, esta costumbre era ridícula, ya que por ello se perdían talentos increíbles al dar prioridad al origen familiar.
El duque Clovis estaba en una esquina del campo, esperando la llegada del rey, cuando escuchó una conversación entre algunos caballeros que hacían sus calentamientos previos al combate.
—¿Lo has oído?
—¿A qué te refieres?
—Dicen que el caballero del rey ya está escogido.
—No lo sabía... ¿De quién hablas?
—Dicen que será Sir Tomás. Proviene de la mejor familia, es obvio que será él.
—¿Entonces por qué nos presentamos?
—Solo es mera formalidad... Siempre importa más el origen que las habilidades.
—Tienes razón... Podremos confirmarlo hoy.
—Todo es una falsa formalidad...
—Entonces, eso es lo que el papa ha decidido... Veremos si el pequeño rey es lo que aparenta...— Pensó él Duque Clovis, mientras observaba a los caballeros desde una distancia prudente.
Las trompetas sonaron y todos se formaron para recibir al rey.
El papa parecía haberse tomado en serio lo de ser su tutor, ya que nuevamente estaba al frente del rey.
Los nobles se decepcionaron al ver al rey con su atuendo que lo cubría por completo, sin poder ver más que sus ojos.
Un palco con la mejor vista fue preparado para que Alexander se sentara. Antes de hacerlo, dedicó unas palabras a los caballeros, que lo miraban con sorpresa y curiosidad.
— Hijos del Dios Único, les deseo suerte en sus combates. Demuestren sus habilidades sin olvidarse que el de al lado es su hermano. Pueden comenzar.
Las palabras del rey fueron confusas para los caballeros; no entendían su significado, pero más tarde Alexander lo revelaría.
Casi toda la tarde transcurrió observando los combates, y llegó el momento de elegir a su caballero.
Para la mayoría de los caballeros, el resultado era obvio: Sir Tomás sería el elegido. Habían oído que el papa lo había decidido, pero, para sorpresa de todos, el pequeño rey escogió a otro.
El pequeño rey había observado con atención el combate. Aunque aún no había tocado una espada, había estudiado la teoría en los libros, y gracias a ello pudo identificar las habilidades y la técnica de un hombre en particular.
—Tú, ¿cómo te llamas? —Alexander señaló a un joven de unos dieciocho años, de cabello rubio y ojos casi dorados.
El joven dio un paso al frente y se presentó.
—Herman Karamveer, es un honor, Majestad.
Rápidamente, el papa intervino, sin entender qué estaba haciendo el pequeño rey. —Es solo un hijo bastardo del conde Karamveer. La casa Karamveer no tiene relevancia actualmente. No debería preocuparse por él. ¿Qué tal Sir Tomás Solan? Es la opción ideal, Majestad.
A pesar de la advertencia del papa, el pequeño rey siguió haciendo preguntas a Herman, y después de escuchar sus respuestas, dijo. —Sir Herman Karamveer, un hombre que escuchó la palabra del rey, respetó a todos sus oponentes e, incluso cuando ganó, no fue soberbio. Su técnica es increíble y aún es muy joven. Sin duda, usted es mi elegido.— Me honra, Majestad.
De rodillas, frente al rey, Herman hizo su juramento y se convirtió en su caballero escolta. Esto conmocionó a todos los presentes, que daban por hecho que Sir Tomás sería el elegido.
Desde algún lugar del campo de entrenamiento se pudo escuchar un aplauso. Todos dirigieron la mirada hacia el origen del sonido y se encontraron con el duque Blanch, que parecía divertirse con lo que estaba pasando. Se acercó hasta el rey.
—Me presento ante el sol de Castilla... Majestad, es un gusto verlo nuevamente. El duque Clovis Blanch lo saluda.
—Duque Blanch, capitán de la guardia real y de la ciudad... También es un gusto verlo.
—Su elección es algo que jamás imaginé, Majestad.
—Ya veo... ¿Por qué lo dice exactamente?
—Sin intención de ofender a Sir Herman, él es alguien de un estatus muy bajo para estar al lado de su majestad. ¿No lo cree, santidad?
El papa frunció el ceño al escuchar aquello, y su expresión, ya tensa por el repentino cambio de elección del rey, se oscureció aún más ante la provocación del duque.
—Su Majestad es alguien sabio... Por algo lo escogió, incluso cuando es alguien de tan bajo origen.
—Oh... Entonces, Su Santidad está de acuerdo, incluso cuando recomendó a Sir Tomás...
—Así es. Al final, la decisión es de su Majestad. Yo solo le di mi recomendación... Ahora creo que es momento de retirarnos. Su Majestad debe seguir con sus actividades.
Rápidamente, el Papa y el rey se retiraron. Mientras tanto, el recién nombrado caballero escolta fue llevado por los paladines a su nueva habitación, donde le proporcionarían ropa nueva y le explicarían el protocolo para estar cerca del rey.
Mientras el duque Blanch veía alejarse al rey y al papa, una sonrisa burlona cruzó su rostro y pensó. — Esto fue tan divertido...Su santidad estaba tan irritado.
De regreso a la habitación del rey, por primera vez, Alexander vio a su tutor realmente enojado con él. El Papa, con el ceño fruncido, despidió abruptamente a las sirvientas. Apenas salieron, se escuchó el estruendo de un cristal al romperse, un gran florero de vidrio que el Papa había arrojado al suelo, haciéndolo añicos.
El joven rey se estremeció ante la actitud y acciones del Papa. Entonces, el Papa se acercó bruscamente a él, lo tomó por los hombros de manera poco sutil, con una expresión aterradora en el rostro, y le dijo.
—Majestad... me gustaría saber por qué desobedeció mis órdenes, que al final son órdenes de Dios... un pecado, un pecado que ha disgustado profundamente al Señor es lo que ha cometido.
—Su Santidad... yo... yo solo escogí al mejor, de eso se trataba... —balbuceó Alexander.
—El mejor era Sir Tomás —interrumpió el Papa, con voz fría—. Y ahora no hay vuelta atrás. Dios está enojado por su desobediencia... Nunca más desobedecerá mis órdenes, ¿entiende?
—Lo entiendo... No lo haré, Santidad, estoy arrepentido, por favor, perdóneme.
—¿Arrepentido? —repitió el Papa, con una sonrisa gélida—. Si de verdad lo está, entonces arrodíllese ahí mismo y suplique a Dios que lo perdone. Dígale en sus oraciones cuánto se arrepiente de su desobediencia.
—¿Ahí...? —preguntó Alexander, señalando el lugar donde los fragmentos de vidrio estaban esparcidos.
—Sí, ahí, Majestad —respondió el Papa con firmeza.
Con lentitud y vacilación, Alexander caminó hacia el lugar indicado y se arrodilló sobre los fragmentos de vidrio. Apenas empezó a orar, pequeños trozos de cristal comenzaron a clavarse en sus rodillas, pero no se atrevió a moverse. Mientras tanto, el Papa lo observaba impasible.
El enojo del Papa no solo se debía a la desobediencia del rey. Sir Tomás, además de provenir de una familia noble, había pagado una considerable suma de dinero al templo para asegurar su lugar como caballero del rey. Con la elección de otro caballero, ese dinero debería ser devuelto, o el Papa y sus seguidores corrían el riesgo de ser expuestos por haber vendido el puesto, un acto que escandalizaría a la sociedad.
Aunque el Papa mantenía una fachada de rectitud y devoción, en su interior solo reinaban sus deseos y codicias terrenales. Algunos lo sabían, y por eso desconfiaban de él. Pero nadie podía imaginar hasta qué punto su fe en Dios era tan falsa como su moral.
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Comments
Rebecca H
que papa tan ojete...
dejarle el O eso de su horrible apariencia la cual no es verdad a una inocente creatura ...
y todo lo que traer a en el futuro.
2024-12-31
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Ceci del Castillo
por eso digo,que ojalá maten,el papa es un engendro del demonio,desgraciado lo odio!
2024-12-07
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Rebecca H
por eso me caen gordos algunos clérigos...
nos envían a las ramas del infierno cuando el diablo ni enterado está de nuestro supuesto pecado
2024-12-31
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