Los primeros rayos del sol se colaban entre las finas cortinas de la habitación de Alexander. A la misma hora de siempre, abrió los ojos y se encontró rodeado por el silencio sepulcral de su cuarto. La estancia, exageradamente grande y llena de lujos innecesarios, se sentía tan fría como ningún otro lugar.
— Todo está en silencio, pero hay demasiado ruido en mi cabeza... Voces que repiten lo mismo, me están agotando. Hoy es una de esas mañanas en las que creo que lo mejor es callar, de lo contrario podría arruinar todo lo que he conseguido con tanto esfuerzo.
Suspiró, hundiéndose en sus pensamientos mientras observaba las paredes imponentes de su cuarto.
— Debe ser porque hoy es ese día... El día en que hace trece años nací. El aniversario número trece de la muerte de mi padre. El aniversario número trece de la muerte de mi madre. No es que me sienta triste por ellos; ni siquiera los conocí. No hubo tiempo de formar un lazo. Sé muy bien que mi padre intentó matarme, al igual que hizo con mis hermanos. Mi madre... No sé cómo sentirme al respecto, lo único que puedo hacer es llevar flores a su tumba. Y hoy, han organizado un gran baile, celebraciones para conmemorar mi nacimiento. Pero no hay nada que festejar. Aunque, de momento, esa escena que Su Santidad monta es beneficiosa para mí.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios al pensar en lo predecible que era todo.
— En cualquier momento, estoy seguro de que Ann y María entrarán, llenas de energía, sonriendo... No quiero escuchar sus felicitaciones, pero no merecen que desprecie sus buenos deseos. Son las únicas que se han atrevido a cuidarme y tratarme bien siempre.
Tal y como lo predijo, las puertas de su habitación se abrieron con rapidez. Ann y María entraron con rostros llenos de entusiasmo, y se dirigieron a él para saludarlo.
— ¡Buenos días, Majestad! ¡Gloria y bendiciones para usted! —exclamó Ann, inclinándose respetuosamente—. Muchas felicidades por su nacimiento. Es un honor verlo crecer tan magníficamente.
— ¡Buenos días, Majestad! —añadió María con una sonrisa—. Felicitaciones por su cumpleaños. Estoy tan feliz por usted, su madre estaría orgullosa de verla crecer tan saludable.
— Gracias a ambas —respondió Alexander con un suspiro—. Se ven muy animadas.
— ¡Por supuesto, Majestad! —contestó María—. Estamos felices por usted. Deberíamos comenzar a prepararlo, el día estará lleno de actividades.
— Bien, hagan lo que crean mejor —murmuró Alexander, dejando que ellas lo atendieran. —Escuchar la forma en que me llaman... sería un problema si alguien más lo escuchara. Su Santidad no tiene idea de que Ann y María siempre me han tratado como a una niña en privado. Porque, después de todo, mi madre dio a luz a Alexandra, no a Alexander. Pero Alexandra era insignificante para la corona, así que fue Alexander quien tuvo que existir. Como sea, empecemos este tedioso día— Pensó él joven Rey mientras aceptaba su situación.
Alexander se preparó como de costumbre, aunque ese día llevaba una ropa más formal que la habitual. Fuera de su habitación, ya lo esperaba Herman, quien realizó su saludo obsoleto.
Hincó una rodilla y ofreció su espada, extendiendo sus felicitaciones y renovando su juramento de protegerlo con absoluta lealtad.
Después de aquello, Alexander se dirigió a la sala de oración. Era costumbre que el monarca agradeciera en sus plegarias por cumplir un año más bajo la gracia del Dios único.
Durante una hora, Alexander permaneció de rodillas, pero no dijo una sola plegaria. No agradeció, no reprochó. Solo estaba ahí, libre de pensamientos, al menos por un instante. Hasta que Reiner llegó.
Reiner se arrodilló junto al rey, pero tampoco rezó. Observaba discretamente a Alexander hasta que fue sorprendido por la voz suave del monarca.
— Sucesor, debes mirar al frente —dijo Alexander sin girar la cabeza.
— ¡Oh! Majestad, disculpe... —respondió Reiner, sorprendido—. Felicidades por su nacimiento. No tengo mucho que ofrecerle, pero si hay algo que desee, pídamelo.
— Te lo agradezco, Sucesor. —Alexander mantuvo su mirada fija al frente—. Nunca he pedido nada, pero hay algo que siempre he querido. Es mío, y alguien más lo tiene. Ha llegado el momento de que vuelva a mis manos. Y pensé que tú podrías ayudarme con eso, porque quien lo tiene es Su Santidad.
Reiner no respondió de inmediato. Sabía que tocar algo en poder del Papa traería consecuencias. Sin embargo, el deseo de Alexander era claro, y Reiner sintió que era su oportunidad de corresponderle.
— ¿Qué es lo que su Majestad desea? —preguntó finalmente—. Lo conseguiré para usted.
Una astuta sonrisa se dibujó bajo la máscara de Alexander. Esperó un instante antes de responder.
— Un pequeño sello con la forma de un león. El sello del rey. Su Santidad lo ha tenido desde que nací, y parece que no tiene intención de devolverlo. Eso me limita en muchas cosas, me resta autoridad y soberanía sobre la corona. Es como si todo lo que hago no valiera sin ese sello. Agradecería mucho si lo recuperas para mí.
—Un sello en forma de león... —murmuró Reiner, meditando sobre lo que Alexander pedía—. Majestad, ¿qué sucederá cuando Su Santidad se dé cuenta de que usted tiene el sello?
— Lo que suceda... —Alexander hizo una pausa, su voz sonaba casi divertida—. Estoy ansioso por ver su expresión cuando vea que todo lentamente se le escapa de las manos. No te preocupes, Reiner. Yo te protegeré. Ese sello me dará aún más autoridad para hacerlo.
La conversación terminó y, aunque Alexander sabía que lo que pedía era complicado, no esperaba que esa misma mañana Reiner lo sorprendiera entregándole el sello.
Con el símbolo de su poder en mano, Alexander se dirigió al palacio donde se reunía el Consejo del Rey. Nadie en aquella sala esperaba ser interrumpido, y mucho menos por el joven rey.
Los hombres, enfrascados en sus debates, enmudecieron al ver la figura vestida de blanco, con el rostro cubierto por una máscara de plata. Sin vacilar, Alexander avanzó y tomó su lugar en la mesa principal.
— Parece que han visto un fantasma. ¿Qué pasa, lores? —dijo Alexander, con una voz que cortaba el aire—. ¿Han olvidado sus modales? ¿No saludan a su rey?
Los lores se levantaron apresurados para saludarlo, aunque la incomodidad era palpable. El Marqués de Braganza fue el primero en hablar, su voz fría y despectiva.
— ¿Qué hace aquí, Majestad?
— Estoy aquí porque quiero estar —respondió Alexander con una sonrisa burlona—. ¿Algún inconveniente, marqués? Oh, casi lo olvido... Hoy es mi cumpleaños. ¿No es su deber felicitarme y presentar sus respetos? Es un día de celebración, marqués. Muestre algo de entusiasmo.
El comentario hizo que el marqués apretara los dientes. Alexander sabía bien del odio que su tío le tenía, pero no iba a recibir ese desprecio sin devolverlo con creces.
Alexander se recostó en su silla, satisfecho. El día apenas comenzaba.
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Comments
Rebecca H
el sello es el poder de un rey
es conveniente que lo tuviera el Papa para sellar los edictos ...
cuanto poder tenía este hombre vil Dios mío.
pero ya es tiempo que regrese a sus manos.
2024-12-31
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Momoko_Kori
Jajaja es el rey puede hacer lo que quiera
2024-01-24
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