Capitulo 6

A los cinco años, Alexander entendió que si no hacía lo que él Papa quería, siempre habría consecuencias. Sin embargo, cuando estaba convencido de que algo era lo correcto, no dudaba en seguir su voluntad, aun sabiendo que recibiría castigo.

La actitud del pequeño rey, cada vez más difícil de controlar, ponía a él Papa al borde de perder el autocontrol. El tiempo pasó rápidamente, y cuando Alexander cumplió diez años, ya era un niño que actuaba como un adulto, aunque aún no podía ejercer todo su poder. Estaba limitado por el Consejo del Rey, que compartía la autoridad con él Papa.

Ese año, cuando Alexander cumplió diez años, ocurrió un hecho esperado: la aparición del sucesor del papa. Alexander no lo sabía, pero esto sería una buena noticia para él.

—Se nos ha informado que un niño con la marca divina fue visto en los barrios bajos de Aparicia, Santidad.

Un paladín daba la noticia al papa en su oficina. La reacción de Su Santidad no fue la mejor; si su sucesor había aparecido, era una señal de que no le quedaba mucho tiempo de vida. Además, el hecho de que el niño fuera de los barrios bajos lo disgustaba profundamente.

—¿Están seguros?

—La marca es inconfundible, Santidad.

—Nuestro Dios parece haber tomado gusto por la clase baja, dándole el honor a un hijo bastardo de ser el caballero del Rey, y ahora bendiciendo a un plebeyo de lo más bajo con la gracia de ser el próximo papa... Tráiganlo lo más pronto posible.

—Como ordene, Santidad.

El Palacio Real y la Santa Sede se vieron revolucionados por la noticia. Alexander caminaba hacia la biblioteca cuando se encontró con un escuadrón entero de paladines, lo cual le pareció inusual, por lo que los detuvo.

—¿Qué está ocurriendo? ¿A dónde se dirigen?

—Gloria y bendiciones al Sol de Castilla. Su Majestad, estamos en la misión de traer al sucesor del papa, que ha sido encontrado.

—El sucesor del papa... ¿por qué no sabía nada de esto?

—Es una noticia reciente, Su Majestad. Su Santidad seguramente se lo informaría esta misma mañana. Disculpe.

—Está bien, pueden seguir.

Alexander dejó que los paladines continuaran su marcha mientras se preguntaba en silencio:

—Qué clase de persona será el sucesor del papa? ¿Será como Su Santidad? Espero que no...

Herman, su caballero escolta desde hacía cinco años, notó el cambio en su actitud, a pesar de no poder ver su expresión debido a la máscara que Alexander siempre llevaba.

—¿Se encuentra bien, Su Majestad?

—Estoy bien... Sigamos, Herman. Debo terminar esta última parte de mi formación académica.

A sus cortos diez años, Alexander estaba culminando con su formación para ser rey, lo que normalmente tomaría quince años de estudio para un heredero. A Alexander le había llevado la mitad del tiempo. También había comenzado a practicar con la espada y el arco desde los ocho años, destacándose en todo. En su mente siempre resonaban las palabras del papa. —El rey debe ser mejor que todos en todo—. Y no solo lo mentalizaba; trabajaba duro para lograrlo, a tal punto que ni siquiera distinguía cuándo debía detenerse, siendo Herman quien le sugería que tomara descansos. A veces Alexander lo hacía, pero la mayoría de las veces, no.

Herman, reconocido por el rey, tenía una absoluta lealtad hacia Alexander, e incluso se había encariñado con el pequeño monarca, quien era mucho más bondadoso de lo que había imaginado. Al principio, pensó que Alexander sería un niño malcriado, con todo a su disposición por ser rey desde su nacimiento. Pero la realidad era muy diferente. Alexander no actuaba como un niño; su actitud, su forma de hablar y sus acciones parecían las de alguien sabio por años de vida. Esto hizo que Herman lo admirara, aunque también le daba lástima ver cómo ese pequeño cuerpo, que aún no había crecido lo suficiente para parecer adulto, soportaba una carga tan pesada.

Al día siguiente, la curiosidad de Alexander sobre el sucesor del papa fue finalmente saciada, aunque lo que vio no era nada de lo que había imaginado. Cuando se dirigía a su entrenamiento matutino de espada, un escándalo en los pasillos frente a la oficina del papa llamó su atención.

—¡Déjenme! ¡Maldición, suéltenme! ¡No quiero, he dicho que no quiero! ¡Libérenme!

La voz de un niño gritaba desesperado mientras era rodeado por un grupo de paladines. Alexander se acercó e intervino en la escena.

—¿Puedo saber qué significa este escándalo?

Al oír su voz, los paladines se volvieron inmediatamente y se inclinaron en señal de respeto.

Cuando despejaron la ronda, Alexander pudo ver al causante del alboroto, un niño más alto que él, con cabello negro y ojos azules, vestido con ropas viejas, desgarradas y sucias. Lo miraba con furia en sus ojos, pero al cruzar la mirada con Alexander, se sintió intimidado y dejó de forcejear.

—Disculpe el escándalo, Su Majestad... Él es el niño del que le hablé ayer.

—Oh... ¿Es este el sucesor del papa?

Con curiosidad, Alexander se acercó al niño, quien lo observaba con sorpresa ante su peculiar apariencia.

—¿Cómo te llamas?

Por un momento, el sucesor del papa permaneció en silencio, viendo a Alexander con expresión de sorpresa. Un paladín lo instó a responder.

—¡Su Majestad te ha hecho una pregunta! ¡Vamos, contesta!

La respuesta no fue la esperada. El niño, con una expresión de ira renovada, intentó forcejear y golpear a Alexander.

—¡Maldito! ¡Libérenme! ¡No quiero estar frente a alguien tan horrible y desagradable! ¡Suéltenme!

El niño había intentado tocar el rostro de Alexander, pero fue detenido por la espada de Herman, quien lo apuntó con severidad.

—No importa quién seas, esta falta de respeto hacia Su Majestad debe ser pagada.

—Detente, Herman. Baja la espada.

Herman obedeció de inmediato, aunque su mirada hacia el niño seguía siendo severa. Pero Alexander, como siempre, mostró una nobleza que superaba a los demás, al juzgar la situación con comprensión.

—Entiendo que estés molesto y asustado, pero no olvides que has sido escogido por Dios. No hay nada que puedas hacer para ir en contra de su voluntad. Te aconsejo que te calmes y razones con más tranquilidad. Esa actitud no te ayudará en nada.

—¿Tú qué sabes de mí? ¿Quién eres para hablarme de esa forma? ¡No sé quién eres, pero te odio!

El pequeño estaba confundido y asustado. No sabía nada sobre la marca de Dios ni lo que significaba ser el próximo sucesor del Papa. Había crecido en extrema miseria, y para aquellos que suplicaban por un pedazo de pan sin recibirlo, el Dios del que tanto hablaban en el reino no existía.

Las puertas de la oficina del papa se abrieron entonces, revelando a la máxima autoridad de la iglesia. El Papa dirigió una mirada de desprecio hacia el niño.

—Buenos días al Sol de Castilla. Gloria y bendiciones para usted, Majestad.

—Buenos días, Santidad...

—He escuchado el escándalo. Me disculpo en nombre del sucesor por su insubordinación y falta de respeto hacia usted, Majestad.

—No hay nada que disculpar, Santidad. Solo es un niño asustado.

—Se equivoca, Majestad. Este niño necesita disciplina y entender cuál es su lugar y su deber. Pero no se preocupe, me encargaré personalmente de guiarlo por el camino correcto.

Las palabras del Papa hicieron estremecer a Alexander, quien conocía bien los métodos de educación de Su Santidad. El joven sucesor no parecía del agrado del papa Benedic, y Alexander presentía que guiarlo por el "camino correcto" tendría un gran costo, tanto para el sucesor como para él mismo, pues su incapacidad de ignorar el sufrimiento ajeno lo arrastraría inevitablemente a las consecuencias de la rebeldía del niño.

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Momoko_Kori

Momoko_Kori

Ella si era una escogida

2024-01-24

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