Capitulo 3

En la mesa de reunión, por un lado estaban los que pensaban que el recién nacido no podía ser nombrado rey, los que querían hacerse cargo de él, y los que deseaban tomar el poder de la corona con la excusa de ocupar ese lugar hasta que el pequeño rey fuera capaz de manejarlo por sí solo. Irónicamente, además del papa, que escuchaba el debate en silencio, la otra persona que no dijo una sola palabra fue el marqués de Braganza, tío del recién nacido.

En la mesa, los que debatían trataban de elevar su tono de voz, uno más que otro, como si eso validara sus argumentos.

Los hombres hablaban como si fueran la máxima autoridad, olvidando la presencia del papa, que los observaba y escuchaba con atención.

El debate se había prolongado demasiado a los ojos del papa, y no había escuchado nada convincente.

El papa habló, provocando un silencio sepulcral en la mesa de debate. Solo entonces, los hombres recordaron que quien tenía más autoridad en ese momento era él.

Las miradas de los hombres se dirigieron al que ocupaba el lugar principal, con su característica sotana de un blanco puro, su cabello castaño que ya estaba perdiendo color por la edad, y sus intensos ojos negros. El papa habló.

—Desde que entramos en esta mesa de debate, no he escuchado a nadie articular una oración con sentido... y me sorprende. Me sorprende que personalidades como ustedes estén siendo tan incoherentes en este momento.

El papa, que siempre mostraba un rostro amable y suave, ahora se veía serio y dominante. Su cambio de actitud denotaba la gravedad del asunto.

El duque Osier Justine, quien gobernaba grandes tierras al este de la capital y poseía minas de diversos metales utilizados en la creación de armaduras, espadas y escudos, tenía un pensamiento crudo y expuso sin reparos su postura.

—Siempre he admirado a su santidad por la forma en que ha llevado a la iglesia, siempre correcta y tomando decisiones en base al bien común. Sin duda, es un digno representante de nuestro Dios, pero... ahora me temo que el juicio de su santidad está errado. ¿De qué forma cree que un niño en el trono es una buena idea? Lo mejor es que alguien capacitado ocupe ese lugar definitivamente, y tal vez por fin...

—¿Por fin qué, duque? —interrumpió el papa—. ¿Y a quién propone para ocupar ese lugar? ¿Cuando se refiere a alguien adecuado, habla de usted? Recuerde, duque, que aunque no lo diga en voz alta, nuestro Señor conoce incluso sus pensamientos más oscuros. Así que replantee qué está mal en ellos... Y hay algo que todos parecen olvidar: la familia Castilla es diferente a nosotros, fueron bendecidos con la gracia de Dios y elegidos para guiarnos.

—Es así —replicó el duque Osier—. Qué ironía. Tan bien nos han guiado que uno de ellos es conocido como un hombre sin escrúpulos, que asesinó a su propia sangre y debilitó al reino, arrastrándolo con su locura.

—¿Y las acciones del rey son culpa de este niño? —dijo el papa, elevando la voz—. Nadie defendería las atrocidades del rey, pero nosotros no podemos juzgarlo, ya que estamos por debajo de él. Así como Dios ve lo que hay en nuestros corazones, no es diferente con la familia real. El rey actuó de mala forma, y lo pagó. Y, duque, usted sabe por qué la sangre de Castilla debe permanecer en el trono. Todos lo sabemos, así que me parece estúpido discutir sobre la ocupación del trono. Nadie sabe cuándo se desatará la gran guerra, y si este niño será quien guiará al ejército santo. Nadie lo sabe, solo nuestro Dios... Entonces, solo los que tengan esa sangre pueden ocupar el trono.

Las palabras del papa eran claras. Daba a entender que el rey Joshua murió como castigo de Dios por sus actos, y que su muerte no fue tranquila: el rey sufrió y agonizó durante mucho tiempo, lo que parecía, en efecto, un castigo divino.

El duque Osier intentaba proponer la destitución completa de la familia real y su reemplazo, pero eso no era posible. Había una profecía en Castilla que decía que, un día, el mundo intentaría rebelarse contra el Dios verdadero, y solo aquel guerrero que portara la sangre bendecida por Él podría detenerlos y someterlos. Por eso, la iglesia había tolerado tantas de las acciones del rey Joshua.

—Entonces, su santidad —intervino el conde Karman—, ¿cuál es el propósito de esta reunión, si usted ya sabía que la ocupación del trono era algo indiscutible?

—Claro que hay otro propósito —respondió el papa—. Ustedes, lores, deberán encargarse de los asuntos de estado hasta que el rey sea capaz de hacerlo. Aunque solo yo podré firmar con el sello real.

—El sello real redobla su poder, santidad —interrumpió el marqués de Casares—. No quiero creer que está siendo tentado por la miseria de los instintos terrenales...

—Nadie está libre de ser juzgado —replicó el papa, sin alterarse—. Puede que a sus ojos me vea así, pero yo seré el tutor de su majestad Alexander...

—¿Alexander? —dijeron todos a la vez.

—Sí, Alexander es como lo nombró su majestad, la reina. ¿Qué le parece, marqués de Braganza? Alexander, que significa "defensor de los hombres", es un buen nombre para un rey. Su majestad Elena, a pesar de su juventud, era sabia.

El joven marqués de Braganza miró al papa con ojos llenos de enojo, y sin dudarlo dijo:

—Si mi hermana fuera sabia, no hubiera dado a luz al que la mató. No tengo nada más que decir. Cumpliré con mi obligación.

Después de una larga charla en la que se ajustaron los detalles del rol que cumpliría cada uno, el papa procedió a salir con "Alexander" en brazos para presentarlo al pueblo como su nuevo rey.

El papa mostró por unos minutos al recién nacido y regresó. Alexander de Castilla nació siendo rey, y a falta de sus padres, la máxima autoridad de la iglesia se hizo cargo de él.

La confirmación de un consejo real, formado por las diez personas más influyentes del imperio y el líder de la iglesia, pareció traer tranquilidad a Castilla, al menos durante cinco años fue así.

Sin embargo, un rumor corría por el reino y era repetido a viva voz: el pequeño rey Alexander estaba enfermo o era tan feo que por eso debía usar una máscara.

En realidad, nadie había visto al joven rey, solo el papa y las dos doncellas que estaban a su cuidado.

—Es por su seguridad —dijo el papa en un comunicado para calmar al pueblo.

Pero la agitación no cesaba, y la curiosidad del pueblo, junto con la impaciencia de los nobles que exigían ver al rey, continuaba. Incluso el consejo real presionó al papa para que mostrara al pequeño, lo que lo obligó a presentar por primera vez al joven rey.

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Dora Guzman Pacherres

Dora Guzman Pacherres

Sabio el l Papa ocultar su verdadera naturaleza por un fin mayor. Cómo hará cuando sea mayor y como le hara entender su cambio.

2024-12-27

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