Todos los presentes habían escuchado la conversación del Rey con el joven Duque Jameson, y aunque pensaron que era una locura, ninguno se atrevió a intervenir. Sabían que alguien podía salir herido, pero el joven Duque aceptó el desafío, y eso los dejaba sin poder, para cambiar la situación.
Jameson, tembloroso y lleno de dudas, se ubicó en el blanco. Sobre su cabeza, colocaron una pequeña manzana, el objetivo. Alexander, con calma, cargó su arco. Herman se acercó y le susurró con preocupación:
—Majestad… ¿está seguro de esto? Después será su turno en el lugar del joven Jameson, y él… no es precisamente hábil con el arco.
—Te preocupas en vano, Herman —respondió Alexander, sin desviar la mirada de su objetivo—. Eso no ocurrirá.
Herman frunció el ceño y dio un paso atrás. Todos observaban, aterrados por lo que estaba a punto de suceder.
Jameson, completamente asustado, suplicaba en silencio a Dios. Nunca había sido devoto, pero en ese momento cualquier ayuda divina parecía bienvenida. Alexander tensó la cuerda del arco y disparó la primera flecha.
Instintivamente, Jameson cerró los ojos con fuerza. El silbido de la flecha cortando el aire fue lo único que escuchó antes del golpe seco de la flecha al impactar. Aturdido, abrió los ojos solo para encontrar la flecha incrustada en la madera del blanco, a escasos centímetros de su rostro.
Jameson comenzó a arrepentirse de haber aceptado el reto, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Antes de poder moverse, otra flecha silbó en el aire y sintió un pequeño dolor en la mejilla. La segunda flecha había rozado su piel, dejando una fina línea de sangre que se escurrió por su rostro. Su cuerpo temblaba, el miedo lo dominaba. El terror de que la próxima flecha pudiera golpearlo de lleno lo invadió.
Alexander, sin embargo, no le dio más tiempo para reaccionar. La tercera flecha voló antes de que Jameson pudiera moverse. Las mujeres que observaban se cubrieron el rostro, esperando lo peor. El sonido de la flecha al impactar pareció perforar la carne, lo que provocó un horror momentáneo en la audiencia. Pero, cuando el silencio continuó, se vieron obligadas a abrir los ojos.
La tercera flecha había atravesado la manzana.
Un murmullo de sorpresa recorrió a los presentes. La manzana partida resbalaba por el rostro de Jameson, que tenía una expresión de puro terror. Parecía alguien que acababa de sufrir un trauma irreversible. Cuando la incredulidad se disipó, los aplausos comenzaron a resonar por todo el lugar.
Alexander hizo una ligera reverencia en agradecimiento y se dirigió hacia Jameson, quien aún no reaccionaba. Fue solo después de que el Rey lo llamó varias veces que el joven duque pareció recuperar algo de compostura, aunque solo por un momento.
Con la mano que había usado para disparar, Alexander tocó suavemente el rostro de Jameson, justo donde la flecha lo había raspado. Nadie más podía ver ese gesto, pero para Jameson fue suficiente. El Rey presionó la herida, provocando un intenso dolor en el joven que no pudo evitar quejarse. Sin embargo, cuando vio la mirada del Rey, no se atrevió a decir más.
—El joven duque no confiaba en mí… —dijo Alexander con voz fría—. De hecho, Jameson, lo que te dije antes fue una mentira. No existe tal cosa como una prueba para caballeros. Esto fue solo para hacerte saber que, si vuelves a abusar de tu autoridad o me mientes en mi cara, te pondré de blanco de nuevo. Pero la próxima vez, las flechas atravesarán tus extremidades hasta dejarlas inservibles. ¿Quedó claro?
Jameson sintió que su corazón estaba a punto de explotar. Respiraba con dificultad y temblaba sin control. La mirada de Alexander era aterradora, como si lo atravesara solo con los ojos.
—Supongo que entiendes a qué me refiero —continuó el Rey—. Pero, si no, te lo diré más claro: golpeaste y humillaste al sucesor del Papa. No toleraré otro insulto a la iglesia. ¿Entendido?
Jameson asintió débilmente. Alexander dio un paso atrás y, con un tono mucho más alegre, dijo:
—Bien, ahora es mi turno de ser el blanco, joven Jameson. Y tu turno de disparar las flechas. Entonces…
—¡No! —Jameson se tambaleó, pálido—. No-no…
—¿Qué ocurre, joven duque? —preguntó Alexander, como sí no entendiera aquella reacción.
—No me siento bien… disculpe, Majestad, debo retirarme.
Sin esperar respuesta, Jameson huyó del lugar, su paso rápido y torpe. Frente a todos los presentes, parecía que el joven duque había huido por no sentirse capaz de cumplir con éxito la prueba.
Alexander rió para sí mientras lo veía desaparecer en la distancia. Luego, al volverse, se encontró con las miradas de los presentes. Su sonrisa desapareció al instante. Esas miradas lo juzgaban, llenas de prejuicios y críticas. Pero Alexander respiró profundo y decidió no darles importancia, regresando a su lugar con la cabeza alta.
Bastián, que había estado observando todo, lo interceptó, tomando su antebrazo con firmeza.
—Majestad, necesito hablar con usted —dijo Bastián con seriedad—. Por favor, vayamos a un lugar más privado.
Alexander bajó la mirada hacia el brazo que Bastián había tomado, pero antes de que pudiera moverse, otro tirón lo detuvo. Al otro lado, alguien más lo retenía. Vestido con una sotana blanca y negra, el cabello oscuro ondeando al viento, y unos ojos azules que lo miraban con frialdad, estaba Reiner, el sucesor del Papa.
—Disculpe, Sucesor —dijo Bastián, intentando mantener la compostura—, pero debo hablar con Su Majestad.
—Su Santidad lo busca, Majestad —intervino Reiner, ignorando completamente a Bastián—. Necesita discutir un asunto importante con usted.
Era una escena extraña, el Rey siendo retenido por dos hombres a ambos lados, cada uno intentando ganar su atención. Los dos jóvenes se miraban de forma desafiante hasta que Alexander se liberó de sus agarres y los observó con visible irritación.
—Su Santidad espera… —dijo con frialdad—. Joven Blanch, tendremos la oportunidad de hablar en otra ocasión. Parece que debo atender el llamado de Su Santidad. ¿Es urgente, Sucesor?
—Eh… sí… —Reiner pareció nervioso de repente.
Alexander hizo un gesto a Herman para que lo esperara fuera de la sala de oración y caminó hacia allí con Reiner. Apenas pusieron un pie dentro, Alexander lo detuvo con una sola pregunta:
—¿Por qué mientes?
Reiner se detuvo en seco, estremecido. Con voz temblorosa, murmuró:
—Su Majestad… lo sabía. Su Majestad también mintió…
—¿Cómo?
—Fingió no importarle lo que ocurrió conmigo y los jóvenes Sandor y Jameson… pero luego los intimidó a ambos. Así que… usted también mintió.
Alexander pasó a su lado y se sentó en una silla en el centro de la sala, el lugar reservado para el Papa. Imponente, sin decir una palabra, su sola presencia imponía respeto.
Reiner sintió que su corazón se aceleraba. Sin poder contenerse, susurró:
—Wow…
Alexander lo observó en silencio, luego le hizo un gesto con el dedo.
—Ven aquí.
Reiner, como hipnotizado, caminó hacia él sin dudar. Se arrodilló a su lado y apoyó la cabeza en el regazo del Rey. Alexander, sin sorprenderse, posó su mano sobre el cabello negro y lo acarició. Cualquiera que viera aquella escena podría malinterpretarla fácilmente.
—Tienes razón… les di un poco de lo que merecían. Aun así, no fue suficiente. Pero tú… quiero que me digas, ¿qué estás dispuesto a hacer por mí?
Reiner levantó la cabeza rápidamente, sus ojos brillaban con devoción.
—¡Yo haría todo por usted! ¡Moriría por usted!
Alexander frunció el ceño. Aunque Reiner no podía ver su rostro debido a la máscara que llevaba, la desaprobación en sus ojos era evidente.
—¿Morir? —dijo con dureza—. ¿Crees que hago todo esto porque quiero que mueras por mí?
—Bueno, yo…
—Shhh. Escucha bien, Reiner. Morir por alguien es fácil de decir, más cuando sabes que no es cierto. Pero vivir por alguien… eso es más difícil. Lo que quiero es que vivas. ¿Puedes hacerlo? ¿Puedes vivir por mí?
—Puedo… yo puedo hacerlo por Su Majestad.
—No siempre podré defenderte —continuó Alexander—. Tú eres el sucesor. Serás el próximo Papa. Lo que fuiste antes ya no importa. Ahora tienes autoridad; te deben respeto y lealtad. Tú debes exigir ambos. Pero, ¿vas a vivir esa vida de forma miserable, permitiendo que todos te pisoteen? ¿Es esa la manera en que deseas seguir viviendo? Si es eso lo que quieres, o lo que permitirás que hagan contigo, prefiero que mueras —declaró Alexander, con una intensidad fría.
-¡No! ¡No lo permitiré! Yo... se lo juro, viviré de forma digna por su majestad. Seré alguien útil para usted. Haré todo lo mejor posible —aseguró Reiner, con fervor.
—Eso es... muy bueno de oír —comentó Alexander, aliviado.
Alexander continuó acariciando el cabello de Reiner durante un rato. Reiner parecía un perro desesperado por el cariño de su dueño, y sin saberlo, se estaba convirtiendo en algo muy similar a eso.
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Comments
moon 1
jajajaja como poner en su lugar a quienes serán sus aliados cuando no lo son... reinado de terror para los enemigos /Joyful//Joyful//Joyful/
2025-02-19
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Laura Aguado
No va a continuar?
2023-11-24
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pedro man
Si no pueden subir capítulos nuevos mejor borren esta novela al fin que esta mu fea
2023-09-27
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