Capitulo 16

Desde las gradas de los nobles comenzaron a escucharse murmullos. Las miradas se dirigieron hacia el Marqués de Braganza, quien, apoyado en la baranda de su estrado, lucía furioso; incluso sus manos temblaban.

El escolta del marqués, al verlo tan alterado, se acercó con cautela.

—¿Mi señor, se encuentra bien? —preguntó, preocupado—. No luce nada bien...

—¡Aléjate, incompetente! ¡Fuera de mi camino ahora! —gritó el marqués, escandalosamente.

—Lo-lo siento, mi lord... —respondió el escolta, retrocediendo con rapidez.

La abrupta retirada del marqués generó una oleada de comentarios entre los nobles que presenciaron la escena. Mientras tanto, Reiner, a un lado del Papa, se esforzaba por contener su ansiedad. Quería correr a socorrer a Alexander, cuya mano seguía sangrando, pero sabía que no era el momento adecuado.

A medida que los minutos pasaban, la tensión en el ambiente disminuyó. Sin embargo, los aplausos del público no fueron tan efusivos como antes; fueron más bien escasos y tímidos, producto de la intimidación generada por lo que acababan de presenciar. Aquel rumor sobre que el rey era un monstruo cobró fuerza en la mente de los presentes.

Alexander, ajeno a las murmuraciones, regresó al área donde se encontraban los participantes. A estas alturas, solo quedaban él y Bastian. Al llegar, Herman lo recibió con una expresión seria. Sin decir una palabra, tomó la mano herida de Alexander y la envolvió con su pañuelo.

Los ojos dorados de Herman, llenos de tristeza, se encontraron con los de Alexander. Por un momento, el rey sintió una punzada de culpa, pero desvió rápidamente la mirada. Fue entonces cuando vio al joven duque Bastian Blanch, observándolo desde una esquina. A diferencia de los demás, Bastian no mostraba emoción alguna. Parecía completamente indiferente a lo que había visto en el combate anterior.

Herman rompió el silencio.

—Majestad, el médico estará aquí pronto...

—No lo necesito —respondió Alexander con firmeza—. Esto es suficiente.

—Pero, Majestad, la herida es profunda.

—He dicho que estoy bien, Herman. Agradezco tu preocupación, pero no es necesario.

El tono decidido de Alexander dejó claro que no aceptaría la ayuda del médico, y Herman no tuvo más opción que ceder.

Tras unos combates de la categoría mayor, se anunció la final de la categoría menor, protagonizada por Alexander y Bastian. Desde su lugar, el papa observaba con atención, golpeando rítmicamente el posabrazos de su silla. Impaciente, pidió una copa de vino mientras estudiaba la postura de Alexander.

—¿Cómo puede estar de pie y haber combatido de ese modo? —se preguntaba el papa, pensativo—. Estoy seguro de que sus pies están heridos... Esto es algo que debería preocuparme. Ya no es un niño fácil de manejar... Debo encontrar una forma de controlarlo.

Los dos finalistas ocuparon sus posiciones en la arena. El público aplaudía con entusiasmo y los nobles hacían sus apuestas. Frente a frente, Alexander y Bastian se miraban fijamente. Ambos lucían seguros, con posturas impecables de combate. Ninguno parecía intimidado por el otro.

El juez dio comienzo al combate, y Bastian fue el primero en atacar. Alexander, en cambio, se limitó a defenderse. En medio de un intercambio de golpes, Bastian le habló.

—Su Majestad es el rey y es menor que yo, pero no piense que por eso seré compasivo. Sé que es muy capaz.

—Nunca esperé lo contrario, joven duque —replicó Alexander, con voz firme.

A pesar de los embates de Bastian, Alexander continuaba defendiéndose sin contraatacar. El joven duque lo atacaba con tal intensidad que no parecía darle oportunidad alguna de reaccionar. Finalmente, Alexander encontró un momento para alejar a Bastian de un empujón y tomó su espada con ambas manos, atacando con decisión. Sin embargo, Bastian se defendió con facilidad y, en un contraataque rápido y preciso, desarmó al rey. El sonido metálico de la espada de Alexander rodando por el suelo resonó en la arena.

Con la espada de Bastian apuntando a su pecho, Alexander levantó las manos en señal de rendición.

—Me has vencido —dijo con serenidad.

Bastian, sin embargo, no parecía satisfecho. Sus ojos ardían de furia. Antes de que pudiera decir algo, el juez del combate se interpuso entre ambos. Bastian no se había dado cuenta de que había mantenido su espada apuntando al rey por demasiado tiempo, un gesto que no se veía bien.

El juez declaró a Bastian como el vencedor, y el público estalló en aplausos eufóricos, vitoreando su nombre. Pero, a pesar de la ovación, Bastian no parecía nada feliz.

En una situación algo irónica, Alexander, como rey, fue el encargado de entregar el premio al vencedor. Este consistía en una corona de laurel de oro puro, símbolo de gloria. Al entregársela, Alexander miró a los ojos de Bastian, quien aún lucía enfadado, y dijo:

—Felicitaciones, joven duque Blanch. Ha tenido un desempeño maravilloso, a la altura de la famosa familia de caballeros Blanch.

Bastian, ignorando las felicitaciones, preguntó con voz tensa:

—¿Por qué? ¿Por qué ha hecho eso?

Alexander, como si no hubiera escuchado la pregunta, continuó entregando los premios, indiferente a la frustración de Bastian.

Después de la ceremonia, Alexander se retiró, pero Bastian no estaba dispuesto a dejarlo ir sin una respuesta. Intentó seguirlo, pero fue detenido por su escolta. El caballero Herman, interponiéndose en su camino, lo miró con una expresión severa.

—Su Majestad no desea ser molestado —advirtió Herman, su tono amenazante.

Bastian no fue el único sorprendido por el combate. El duque Blanch, tras observar detenidamente lo sucedido, llegó a una conclusión: el rey había centrado su atención únicamente en Sandor, empeñándose en humillarlo. Y, en el combate con su hijo, estaba claro que se había dejado ganar. Tanto el duque como Bastian no comprendían las razones detrás de esa actuación.

El torneo había durado toda la mañana, pero en la tarde aún quedaba una actividad de interés: la competición de tiro con arco. En esta, ni el marqués de Braganza ni su hijo estuvieron presentes, y todos sabían el porqué.

Alexander evitó a todos hasta que llegó el momento de la competición, y lo hizo con un propósito claro. En el campo de entrenamiento de los caballeros reales, ya se habían colocado los blancos para las flechas. Todos estaban concentrados en sus disparos cuando el ambiente se volvió tenso con la llegada del rey.

Alexander, tomando un arco y unas flechas, se colocó junto al joven duque Jameson.

—Su Majestad... —balbuceó Jameson, nervioso—. ¿También participará en esta actividad?

—Es evidente —respondió Alexander, con una leve sonrisa torcida tras su máscara.

—Pero... su Majestad tiene la mano herida... ¿Cómo... cómo es posible?

Jameson estaba visiblemente nervioso, como si intuyera las intenciones del rey. Alexander lo miró con frialdad y, tras una pausa, dijo algo que atrajo la atención de todos los presentes.

—Sabes, joven duque, he oído hablar de una interesante costumbre en un país extranjero. Dicen que, para que un aspirante a caballero obtenga su título, debe superar dos pruebas. La primera consiste en disparar a un objetivo colocado sobre la cabeza de otra persona. El aspirante tiene tres oportunidades. La segunda prueba es colocarse él mismo como objetivo. ¿Qué te parece, joven duque? ¿No sería esta la ocasión perfecta para intentarlo? Y el joven Bourdieu sería la persona ideal para esta prueba, ¿no crees?

Jameson, quien estaba a punto de disparar, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La flecha cayó de su arco mientras volteaba hacia Alexander con ansiedad.

—¿Su... Su Majestad está bromeando...? —preguntó, tembloroso.

—En absoluto —replicó Alexander—. Lo digo en serio, joven duque. Pero... ¿acaso careces de valentía y confianza para realizar esta prueba? Tal vez me equivoqué al pensar que no eras un cobarde.

Herido en su orgullo, Jameson respondió de inmediato.

—¡No soy ningún cobarde! Acepto su propuesta.

—Lamento haber pensado mal entonces —dijo Alexander con frialdad—. Ya que la idea fue mía, te propongo que seas el primero en ser el objetivo. Después, lo seré yo. ¿Te parece bien?

—S-sí... —aceptó Jameson, aunque en su mente solo repetía: —¿Por qué está haciendo esto?

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