Capitulo 19

Alexander regresó al palacio con la ira bullendo en su interior. La visión desoladora de la disparidad entre la opulencia del templo y la miseria de los barrios bajos lo atormentaba. Con cada paso que daba, sentía el peso de la injusticia y la impotencia.

Al llegar, en medio de la profunda noche se dirigió hacia el campo de entrenamiento, y ahí su furia no encontró límites.

Sin considerar las heridas en sus pies o la mano cortada, Alexander empuñó su espada con un ímpetu devastador, golpeando una y otra vez en un intento desesperado de liberar la ira y el desaliento que lo consumían.

El sonido metálico resonaba en el aire, acompañado por el rugido de la frustración y la rabia contenida.

Herman, presenciando la escena desde la distancia, se alarmó ante la violencia de los movimientos de Alexander. Sin embargo, el rey estaba tan absorto en su furia que omitió su propio dolor, impulsado únicamente por la necesidad de liberar la tormenta que rugía en su interior.

Fue solo cuando Herman irrumpió en el campo de entrenamiento, con la mirada llena de preocupación y dolor por ver a su maestro lastimarse de ese modo, que Alexander se detuvo.

—Disculpe mí grosería Majestad, pero es suficiente.—dijo Herman con voz firme.

El Rey, agotado física y emocionalmente, se dejó llevar por Herman, quien, a pesar de la perturbadora situación, mantuvo su compostura habitual.

Herman cargó a Alexander hasta su habitación, donde la tensión y la desesperación se entrelazaban en la mirada del leal sirviente.

Con una voz llena de angustia, Herman suplicó a su Rey que no se hiciera más daño, rogándole que se calmara y se permitiera sanar.

—Majestad esto... Por favor Majestad ni siquiera piense en volver a lastimarse de este modo... Por favor se lo suplico.

Con gestos decididos, Herman cuidó de las heridas de Alexander, limpiando las cortaduras y aplicando los remedios necesarios.

Alexander se mantenía en silencio, aún aturdido por sus propias emociones, observaba la dedicación de Herman al tratarlo, aunque Alexander no lo sabía, Herman estaba siendo un apoyo emocional silencioso indispensable para el.

La habitación se llenó de un silencio abrumador, interrumpido solo por el sonido de los artículos que Herman utilizaba para curar las heridas de Alexander, así fue hasta que llegaron las doncellas a cargo del Rey e hicieron que Herman se retirará para que ellas le brindarán asistencia.

Cuando Ann y María llegaron finalmente Herman tuvo que retirarse, luego de escuchar el sermón por parte de sus doncellas, Alexander tomó un baño y llegó la hora de dormir, pero a pesar del día ajetreado que había tenido no pudo conciliar el sueño, entonces se levantó y se dirigió a la sala de oración.

La sala de oración estaba impregnada de un silencio sagrado cuando Alexander se arrodilló, su figura se destacaba en la penumbra. Sus ojos fijos en la distancia, reflejaban la tormenta interna que lo consumía. El susurro de las velas y el suave eco de sus pensamientos eran la única compañía en aquel recinto sereno.

De repente, la tranquila escena se vio interrumpida por la entrada sigilosa de Reiner.

La sonrisa sutil en el rostro de Alexander indicaba que este momento había sido anticipado.

El aire se volvió denso cuando Reiner se arrodilló a su lado, como si estuviera a punto de participar en una oración conjunta.

Sin embargo, sus ojos no estaban cerrados en devoción, estaban clavados en Alexander, inspeccionando cada detalle de las heridas del rey. La memoria de la lucha con Sandor pesaba sobre ellos cuando Reiner se encontró con la mano vendada de Alexander.

La culpa se apoderó de Reiner, una mezcla confusa de satisfacción por la lección recibida por Sandor y al ser defendido por Alexander, lo inundaron estallando en confusión.

El silencio se rompió cuando Reiner, nervioso, habló con voz entrecortada.

—El sello que te di... no era un verdadero regalo. Siempre fue tuyo desde el principio. Deberías pedirme algo más... algo que realmente desees. —Expresó Reiner, tratando de aliviar la carga de su propia conciencia.

El silencio que siguió se volvía cada vez más insoportable para Reiner. Temía que Alexander lo odiara por algún error que hubiera cometido, la falta de respuesta del rey lo enloquecía.

Finalmente, la sorpresa llenó los ojos de Reiner cuando Alexander giró hacia él, extendiendo su mano y pasándola suavemente en su mejilla. Reiner, sorprendido y ligeramente sonrojado, se quedó sin palabras mientras los ojos fríos de Alexander no expresaban nada tangible, pero su voz resonó con dulzura.

—Eres muy amable... Aprecio todo lo que haces por mí —dijo Alexander con calma.

La caricia se intensificó, trazando pequeños círculos en la mejilla de Reiner, quien, desconcertado, no se apartó.

—Si hay algo que me gustaría pedirte —continuó Alexander, con un tono aún más suave—, es que me ayudas con una investigación. Una investigación sobre el Papa.

Reiner, atrapado en la confusión de sus emociones, asentía sin dudar.

Mientras Alexander se retiraba satisfecho por haber logrado lo que buscaba, Reiner se quedó en la sala de oración, sus pensamientos envueltos en una tormenta de sensaciones y pensamientos inciertos.

La caricia de Alexander había dejado una impresión profunda en Reiner, quien se quedó atónito por la sorpresa y la suavidad del gesto.

El amanecer se acercaba lentamente mientras Reiner permanecía absorto en sus propios pensamientos. La sensación de confusión, unida a una extraña sensación de anhelo y deseo, llenaba cada rincón de su ser. No podía evitar rememorar una y otra vez la cercanía y el contacto de la mano de Alexander en su mejilla.

Los recuerdos de esa breve pero significativa interacción persistían en la mente de Reiner, llevándolo a cuestionarse sobre las complejas dinámicas entre él y el rey. La dualidad de sentirse abrumado por la confianza que Alexander había depositado en él y, al mismo tiempo, lleno de desconfianza y preguntas sin respuesta, lo mantenían en vilo hasta la llegada del amanecer.

La sala de oración, testigo silencioso de este encuentro, presenció cómo Reiner se sumía en una larga reflexión, sumergido en el eco de aquella caricia mientras el sol se alzaba en el horizonte, trayendo consigo un nuevo día cargado de incertidumbre y nuevas posibilidades.

Al día siguiente Reiner estaba más que listo para comenzar a ejecutar el pedido de Alexander.

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Comments

Veronica Orea

Veronica Orea

Ese Rey (reina) es todo un loquillo mmmmm......🫣🤫 a parte de ser fieles a él va a lograr q se enamoren también, q tremendo. Pero no cabe duda de q en fuerza y estrategia es un geni@

2025-01-11

0

Diana A Zevallos Mejia

Diana A Zevallos Mejia

Debido a la actitud del rey van a empezar las equivocaciones y las dudas. El panorama no es tan agradable

2024-11-23

0

Quica Romero

Quica Romero

¡Que manipulador es Alexánder!.🧐🤔 Se parece al Papa, pero más peligroso, porque utiliza "el cariño y la bondad", haciéndolo más peligroso.🤨😒

2023-12-08

3

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