Capítulo 20

Mi tía llegó a los pocos minutos junto con la vizcondesa, lo primero que hizo fue asomarse en mi búsqueda, como si tuviera que algo me hubiera pasado. Me rasqué los ojos mostrando el sueño que tenía y restándole importancia.

-es un alivio que te encuentre aquí- dijo ella, como si hubiera olvidado las palabras del exorcista.

-estoy bien, te estaba esperando para poder dormir- respondí, ella asintió.

La vizcondesa se dio media vuelta y salió de la habitación, cerrando la enorme puerta tras de sí.

-debes estar cansada- dijo ella con cierta preocupación.

-lo estoy- respondí, aparte de que no podía hacer otra cosa más que descansar, dado que tendría prohibido salir de la habitación.

Me dejé acostar en mi cama después de ponerme mi pijama. El familiar se acurrucó a mi lado.

No supe cuando cerré los ojos, ni cuando horas habían pasado en las que había encontrado consuelo. Solo supe cuando desperté de un salto, como si alguien hubiera silbado en un tono agudo a mi lado.

La mitad de mi cuerpo se había levantado, el sueño que tenía había desaparecido. Volví a sentirme observada, me abracé tratando de apaciguar los escalofríos que saltaron en mi piel.

Observé a mi tía, ella no se había levantado, estaba dormida en un profundo sueño que sus ronquidos se dejaban escuchar por la habitación. Después observé a la ardilla, estaba en frente de la puerta, con una señal de alerta, como si estuviera pidiendo que abriera la habitación.

-Pelusa, ven- dije en voz baja, pero el familiar pareció no escuchar, continuaba erguida en frente de la habitación, como si se hubiera convertido en un tipo de estatua inmóvil.

-Pelusa- repetí con temor, dado que sentía como aquel ser que me observaba se estaba acercando. Era como si sintiera el fuego venir en mi dirección, lo podía ver a la distancia, pero sabía que si no me movía, llegaría a abrazarme.

No me atreví a decir alguna otra palabra cuando perdí la voz. Sentí como mi garganta se secaba y mi cuerpo se paralizaba.

La tierra empezó a temblar por debajo de nuestros pies y de pronto se escuchó un sonido, como de un globo gigante estallando en el aire.

Mi tía despertó de un salto. Nuestras miradas se cruzaron y entonces negué con la cabeza.

-Iris- dijo ella poniéndose de pie. Empezó a acercarse al tiempo que empecé a escuchar varios pasos a lo lejos. No sabía que tan lejos, podría estar afuera de la habitación o en las afueras de la ciudad, pero sentía la presencia de que aquellas pisadas se acercaban hacia mí.

-estoy bien tía- quise decir, pero no salió palabra alguna.

Mi tía me acercó a su pecho y me abrazo, tratando de consolarme, lo que hizo que perdiera algo de miedo, pero no que dejara de escuchar el sonido que provenía del exterior.

Pensaba que estaríamos a salvo mientras estuviéramos dentro de la habitación y de pronto descubrí la verdad en mí, era una cobarde, me había engañado a mí misma por haber invocado un alma y de pronto me sentí débil al saber que tenía miedo de sentirme observada.

-todo estará bien- repetía mi tía, mientras me abrazaba en mi pecho.

No me di cuenta cuando empecé a llorar, no hasta que sentí mis labios húmedos debido a las lágrimas, pero por alguna razón no podría dejar salir mis lamentos, estaba paralizada, tan solo lo que veía era al espíritu familiar erguido en frente de la puerta, mientras una oscuridad empezaba a invadir mi mente.

La puerta fue golpeada varias veces, como si usaran un enorme martillo. Entonces supe que la barrera no había servido cuando la puerta cayó en frente del familiar.

Un hombre apareció, vestido con un traje negro y un sombrero que le ocultaba su identidad. Tan solo en él, pude distinguir unos ojos azules que iluminaban a través de la noche, en un rostro pálido. Detrás del hombre, estaba una figura redonda, de dos metros de altura, de un solo ojo, con unos enormes cuernos que giraban hacia atrás, sin boca alguna que mostrara la sed de sangre que traía consigo.

Mi tía me apretó con más fuerza, ocultando mis ojos a lo que debía de ver.

-no fue difícil encontrarte, tienes un poder que se puede oler a kilómetros de distancia. Pero sabes, tengo que ser rápido antes de que ellos lleguen- dijo el hombre, casi sin poder contenerme la risa.

-no te la llevarás a ningún lado- grito mi tía, el hombre soltó una carcajada.

-¿y qué puede hacer una mujer como tú?- dijo aquel hombre mientras se acercaba.

Pero antes de hacerlo, incluso antes de poner un pie, el chillido de una ardilla se escuchó en la habitación y le prosiguió una luz dorada.

Pude sentir algún tipo de sensación de alivio mientras mis escalofríos desaparecían. Mi tía aflojó su abrazo y pude apartar la vista para observar lo que pasaba.

El ser espiritual había creado un tipo de barrera, la cual había impedido que aquel hombre se acercara.

El hombre, al ver que no podría pasar, ordeno a la criatura que rompiera la barrera. El demonio se acercó con sus enormes patas flacas, alargo sus manos y formo un puño con el cual rompería la barrera.

Cuando el puño de la criatura tocó la barrera, aparecieron llamas doradas a su alrededor, llamas que empezaron a cubrir al demonio hasta completar todo su cuerpo.

La criatura soltó un chillido largo y agudo, hasta que su cuerpo desapareció en la oscuridad de la noche.

El hombre vaciló, mordió su lengua y al observar que no podía hacer nada se dio la media vuelta y empezó a correr, dejándonos aparentemente a salvo, aunque esa no fue razón para que mi tía me dejara de abrazar o yo tratara de apartarla.

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