Los guardias me escoltaron hasta la imponente oficina del vizconde, una estancia vasta y lúgubre que parecía ocultar secretos oscuros en cada rincón. El espacio medía al menos diez metros de ancho y veinte de largo, y estaba dividido en dos áreas distintas. A la derecha, se encontraba un pequeño escritorio donde el vizconde solía realizar sus tareas administrativas, mientras que en el lado opuesto se erguía una enorme mesa adornada con un detallado mapa de la ciudad.
Las paredes interiores estaban adornadas con diversos cuadros, quizás retratos de antiguos ancestros del vizconde o de otros individuos de importancia. En contraste, las ventanas de cristal que se encontraban en la pared exterior permitían que la luz natural inundara la habitación, aunque la atmósfera seguía siendo sombría. El conjunto de la oficina, con su tonalidad blanca contrastando con una alfombra de color café que cubría gran parte del suelo, creaba una sensación inquietante.
El exorcista Eduardo nos esperaba junto al vizconde, su mirada fija en mí con una curiosidad palpable. Me sentí abrumada y bajé la mirada, incapaz de sostener su escrutinio.
-Ahora estamos todos- declaró el exorcista Eduardo, su tono cargado de impaciencia. -A menos que haya olvidado a alguien más-.
-No- respondió el vizconde con sinceridad. -Pueden dejarnos a solas-.
Los guardias asintieron y se retiraron, cerrando la puerta tras de sí. La habitación quedó sumida en un silencio tenso.
-Nunca imaginé que en esta ciudad se experimentara una presencia tan antinatural- dijo el exorcista Eduardo, olvidando momentáneamente la etiqueta y la formalidad de su posición frente a un vizconde. El rostro del vizconde se tensó, pero se contuvo de replicar.
-Hace tres noches ocurrió algo de gran magnitud, y apenas nos enteramos de lo sucedido- continuó el vizconde. -Hubo un temblor, como si la tierra misma se resquebrajara, y un aire oscuro y siniestro pareciera emerger desde las profundidades. Fue una experiencia aterradora, como si algo maligno estuviera hirviendo bajo nuestros pies, pero, extrañamente, nada sucedió-.
-Ordené una investigación exhaustiva para detectar cualquier anomalía. Empezamos por el templo, luego la funeraria, mi propia mansión y el resto de la ciudad. Pedimos a los ciudadanos su cooperación, en caso de que hubieran visto algo inusual o tuvieran algo que reportar-.
-Parecía que no había ocurrido nada fuera de lo común, hasta que encontramos el cuerpo de un hombre muerto en una de las calles cercanas- prosiguió el vizconde. -Podría haberse pensado que se trataba de un robo o una pelea entre borrachos, pero no había signos de violencia. Lo más inquietante fueron las palabras pronunciadas por el Vedinti: "Su alma ha desaparecido por completo".
-Entonces envié una solicitud de ayuda a vuestro gremio, y aquí estáis, solo unas horas después- concluyó el vizconde. -Pensé que vuestra presencia era una respuesta a mi petición-.
-¿El cuerpo ha sido trasladado al Portal de Orbel?- preguntó el exorcista Eduardo. El vizconde negó con la cabeza.
-No, Felipe, el Vedinti de este lugar, decidió esperar hasta mañana por si lograba encontrar el rastro del alma perdida- respondió el vizconde.
-Es un buen punto de partida- afirmó el exorcista. -Nos dirigiremos a la funeraria, si no me equivoco, se encuentra al oeste de la ciudad-.
El vizconde asintió. -Haré que preparen un carruaje para llevaros-.
-Será mejor que caminemos- interrumpió el exorcista. -Siento que algo me sigue y deseo que salga a la luz-.
El vizconde expresó su preocupación. -Pero expondrás a la señorita Iris al peligro- advirtió con cautela.
-Ese es el punto- afirmó el exorcista con determinación.
Quise decir algo, pero las palabras se atascaron en mi garganta. No sabía si esa tarde sería mi última, ni por qué me utilizaban como cebo. Simplemente seguí al exorcista mientras salíamos de la oficina, caminando en silencio por los corredores hasta llegar al exterior de la mansión. Una vez afuera, mientras recorríamos las calles, volví a sentirlo: la mirada furtiva que me acechaba, la sensación de que una sombra se cernía sobre mí, dispuesta a envolverme en su oscuridad. Intenté negar esas ideas, pero la presión persistía, opresiva e ineludible.
-¿Tú también lo sientes?- preguntó el exorcista Eduardo, rompiendo el silencio después de un par de calles recorridas.
Asentí, incapaz de articular palabra alguna.
-¿Sabes por qué no puedes percibirlo dentro de la mansión?- continuó el exorcista, y yo negué con la cabeza.
-Dentro de la mansión hay un pequeño santuario que actúa como una barrera protectora contra los espíritus malignos- explicó. -En cada ciudad existen santuarios similares, que crean una barrera para resguardarla. En los pueblos más pequeños, esta protección suele ser menos pronunciada. Antes, esa barrera se extendía por toda la ciudad, pero parece que las cosas cambiaron hace tres días-.
-¿Fue el temblor el responsable?- pregunté. El exorcista asintió. -Un espíritu maligno fue invocado, eso explicaría por qué pude adentrarme en la barrera y destruirlo-.
-¿Por qué alguien se molestaría en invocar a un espíritu maligno?- inquirí. El exorcista reflexionó brevemente antes de responder.
-Porque prometen cosas. Incluso una persona hambrienta estaría dispuesta a entregar su alma por un poco de pan. Los espíritus malignos pactan con los humanos, al igual que nosotros lo hacemos con los espíritus de la luz. Sin embargo, mientras nosotros cumplimos nuestras promesas, ellos pagan con su cuerpo y alma-.
-Entonces, ¿debemos encontrar a la persona con la que hizo el pacto?- deduje. El exorcista meditó por un momento y luego asintió. -Eso parece lo más lógico. Si no detenemos a quien lo invocó, podría intentar invocar a otro espíritu maligno. Pero primero debemos averiguar quién fue-.
Cruzamos una calle y nos adentramos en una amplia avenida que atravesaba la ciudad. Siguiendo el camino, llegaríamos a las afueras donde se encontraba la funeraria.
Seguía sintiendo esa mirada sobre mí, como si en cualquier momento me atacaría. Sin embargo, nada ocurrió. De vez en cuando, desviaba mi mirada hacia el centro de la ciudad, donde se alzaban los edificios más altos.
-¿Por qué no nos dirigimos directamente hacia donde se encuentra el espíritu maligno?- me atreví a preguntar tras un rato de caminata.
-No nos serviría de nada si nos descubre y escapa- explicó el exorcista. -Si queremos atraparlo, debemos averiguar su método de caza y atacarlo cuando esté más vulnerable. Mantén la calma, incluso si sientes su presencia, no se atreverá a hacer nada. Al menos no ahora que ya ha pactado con otro. Le interesa más robar el alma de su víctima que enfrentarse a dos exorcistas cuyo nivel desconoce-.
Cruzamos la siguiente calle y llegamos a una mansión ubicada en las afueras de la ciudad, rodeada por unas pocas casas. La mansión era de un gris deslucido, con un techo de madera que le daba cierta vitalidad. A la entrada, se alzaban las estatuas de dos ángeles, similares a las que adornaban la mansión donde crecí. Eran guardianes de la Puerta de Orbel, guías hacia el mundo siguiente.
-No te he traído aquí para que actúes como cebo- dijo el exorcista Eduardo una vez que llegamos a la entrada de la mansión.
El exorcista Eduardo llamó repetidamente a la puerta de la mansión hasta que un hombre vestido de negro nos abrió la puerta.
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