Capítulo 16

Al abrir la puerta, apareció un hombre de un metro ochenta de altura. Su mirada parecía incierta, como si algo lo detuviera. Debía tener unos cuarenta y cinco años, tal vez más. Su cabello era negro como el de un cuervo y sus ojos pequeños. Llevaba un traje negro, como todos los Vedinti que conocía. Su rostro estaba alargado, su nariz enorme y su piel parecía ceniza.

-Maestro Homero, hace tiempo que no nos veíamos. Es una pena que nos encontremos en estas circunstancias-, dijo el exorcista Eduardo tratando de ser amable.

-Es algo que debía haber prevenido, pero no entiendo qué hace una niña contigo. No sabía que los exorcistas se habían rebajado a tal nivel- dijo el Vedinti. Aunque sus palabras no eran ofensivas, parecía que quería protegerme.

-Siempre nos hemos mantenido por diferentes tradiciones, aunque nos une el mismo vínculo de poder ver espíritus. Déjame presentarte a Iris Valer-.

Los ojos del Vedinti dejaron de mostrar sorpresa y se tornaron preocupados. Sus ojos se fijaron en mí y pude sentirme intimidada, si no fuera por el hecho de que su peculiar curiosidad parecía extrema.

-Valer, tu abuelo debió ser el maestro Abel. Fue una pena su pérdida. Siempre nos daba consejos cuando se los pedíamos. No logro entender cómo te has involucrado con los exorcistas, pero si estás aquí, no tengo más remedio que seguir las instrucciones del maestro Eduardo- dijo el Vedinti.

-Agradezco tu comprensión- dijo el exorcista.

-Bien sabes que no es comprensión. Ya me imagino las palabras que le dijiste al maestro Cristol- se excusó el Vedinti Homero con cierto enfado.

El exorcista Eduardo no respondió a su enojo. Así que entramos y caminamos por los pasillos hacia la sala funeraria. Si bien había varias personas en varias salas, no prestamos atención. El Vedinti nos condujo hacia una pequeña sala vacía donde se encontraba un ataúd con el cuerpo de un hombre.

Al acercarme, observé al hombre como si estuviera durmiendo, aunque su cuerpo parecía que lo habían sacado de un lago helado. Todavía se podía notar su piel cristalina, como si estuviera a punto de romperse. Debía tener unos cincuenta años, piel clara, con una barba mal aliñada que le llegaba hasta abajo del cuello y un bigote que le cubría casi todos los labios.

-Un desdichado de nombre Juvel. Se dedicaba a las apuestas. No se sabe nada de su familia o alguien que reclamara el cuerpo, por lo que es difícil encontrar su alma- explicó el Vedinti como si eso fuera una carga.

-Bueno, para eso Iris ha venido- explicó el exorcista.

Abrí mis ojos llenos de sorpresa. No sabía a qué se refería, ni siquiera me dejaban acercarme a los muertos o ver sus almas. ¿Cómo se suponía que podría ayudar?

-¿Ella es blanca? -preguntó el Vedinti, el exorcista asintió con orgullo.

-Iris -dijo el exorcista. Me exalté al escuchar mi nombre, como si un espíritu me agarrara por detrás.

-¿Qué tengo que hacer? -dije tartamudeando, mientras la saliva se ahogaba en mi garganta.

-Quiero que te enfoques, observa bien el cuerpo y cuando lo memorices en tu mente, di su nombre -dijo el exorcista como si fuera lo más fácil de hacer.

Por supuesto, no me sentí con facilidad de hacerlo. Tan solo al acercarme, sentí como mi estómago se apretaba y mi corazón empezaba a palpitar, pero algo me obligó a no darme por vencida.

-Si no quieres hacerlo, estás en disposición de negarte -dijo el Vedinti cuando empecé a acercarme. Negué con la cabeza. No quería negarme, quería ver cuáles eran mis límites, aunque eso me provocaba repulsión.

Observé el cuerpo tal como lo había dicho el exorcista. Primero miré el rostro, tratando de encontrar algo detrás de sus pupilas congeladas. Después, el resto del cuerpo.

Pasaron unos cinco minutos y estuve a punto de decir que era inútil, no sabía qué debía lograr, cuando sentí una fuerte sacudida en mis pies.

Sentí cómo mi cuerpo se congelaba, como una enorme brisa que empezaba a envolverme, pero no había viento en la habitación. Después, esas pupilas fueron envolviéndome poco a poco, sumergiéndome en su mundo hasta que mi mente fue transportada.

Me encontré en un parque. Era de noche, o al menos eso parecía, dado que no había luz de sol que alumbrara el día. Aunque en el cielo tampoco había luna o estrella alguna.

Observé una entidad a unos metros de mí: el alma de Juvel, quien me miraba como si yo no debiera estar ahí, pero al mismo tiempo lo sentía preocupado, como si tratara de escaparse de algo.

-Juvel -articulé mis labios con esfuerzo.

Su alma empezó a volar hacia mí, hasta que todo volvió a cambiar. Me encontraba en la sala funeraria, a unos metros del ataúd. En el pequeño altar apareció el alma de Juvel, mirándonos con cierto resentimiento.

-Fue difícil encontrarte. Por lo regular, las almas de los muertos están en todo momento con su cuerpo terrenal, esperando la llegada de uno de nosotros -dijo el Vedinti. Juvel sonrió como si se riera de sus palabras.

-Y ahora me tienen aquí, pero no me iré de buena gana -respondió Juvel, abriendo sus manos en señal de reto.

-Tienes que cruzar, si no tu alma empezará a pudrirse y no podrás cruzar al mundo de los muertos- explicó el Vedinti.

-Eso no lo temo, mi vida siempre estuvo podrida, desde tener que levantarme a buscar algo que comer, hasta dormirme con el estómago vacío. Ahora que nada me detiene, puedo ser libre en este mundo, aunque sepa que mi alma no podrá ser liberada- respondió el protagonista.

-Déjame ser claro- interrumpió el exorcista Eduardo, -si no decides cruzar junto con tu cuerpo, los exorcistas vendrán por ti, y será una experiencia peor que pasar hambre-.

-Quiero que te enfoques, observa bien el cuerpo y cuando lo memorices en tu mente, di su nombre- dijo el exorcista, como si fuera lo más fácil de hacer.

Por supuesto, no me sentí cómodo haciéndolo. Tan solo al acercarme, sentí cómo mi estómago se apretaba y mi corazón empezaba a palpitar, pero algo me obligó a no darme por vencido.

-Si no quieres hacerlo, estás en disposición de negarte- dijo el Vedinti cuando empecé a acercarme. Negué con la cabeza. No quería negarme. Quería ver cuáles eran mis límites, aunque eso me provocaba repulsión.

Observé el cuerpo tal como lo había dicho el exorcista. Primero miré el rostro, tratando de encontrar algo detrás de sus pupilas congeladas, después el resto del cuerpo.

Pasaron unos cinco minutos y estuve a punto de decir que era inútil. No sabía qué debía lograr cuando sentí una fuerte sacudida en mis pies.

Sentí cómo todo se congelaba, como una enorme brisa que empezaba a envolverme, pero no había viento en la habitación. Después, esas pupilas fueron envolviéndome poco a poco, sumergiéndome en su mundo hasta que mi mente fue transportada.

Me encontré en un parque. Era de noche, o al menos eso parecía dado que no había luz de sol que alumbrara el día. Aunque en el cielo tampoco había luna o estrella alguna.

Observé una entidad a unos metros de mí, el alma de Juvel, quien me miraba como si yo no debiera estar allí. Pero al mismo tiempo, se sentía preocupado, como si tratara de escaparse de algo.

-Juvel- articulé mis labios con esfuerzo.

Su alma empezó a volar hacia mí, hasta que todo volvió a cambiar. Me encontraba en la sala funeraria. A unos metros del ataúd, en el pequeño altar, apareció el alma de Juvel, mirándonos con cierto resentimiento.

-Fue difícil encontrarte. Por lo regular, las almas de los muertos están en todo momento con su cuerpo terrenal, esperando la llegada de uno de nosotros- dijo el Vedinti. Juvel sonrió como si se riera de sus palabras.

-Y ahora me tienen aquí, pero no me iré de buena gana- respondió Juvel abriendo sus manos en señal de desafío.

-Tienes que cruzar, de lo contrario tu alma comenzará a pudrirse y no podrás cruzar al mundo de los muertos- explicó el Vedinti.

-No temo eso. Mi vida siempre estuvo podrida, desde tener que levantarme para buscar algo que comer hasta dormir con el estómago vacío. Ahora que nada me detiene, puedo ser libre en este mundo, aunque mi alma no pueda ser liberada- dijo Juvel.

-Déjame ser claro- habló entonces el exorcista Eduardo- si usted no decide cruzar junto con su cuerpo, los exorcistas vendrán por usted y será una experiencia peor que pasar hambre-.

-Me burlaré de ellos si intentan hacerlo- resopló el alma- así que si eso es todo, me iré-.

Entonces, el alma del ser intentó moverse, pero sus ojos se abrieron de repente, como si estuviera sorprendido por algo que no podía hacer. No nos miró con odio, como si quisiera maldecirnos.

-Tu juego de esconderte no funcionará. Has sido invocado y debes cooperar- mencionó el Vedinti mientras cruzaba las manos, lo que hizo que el espíritu se enfureciera aún más.

-¿Qué quieren de mí?- preguntó después de un momento.

-Queremos saber cómo moriste- dijo el exorcista. El alma del ser resopló y después de un tiempo respondió.

-Era de noche, me estaba acomodándo en el parque para dormir. De repente, las farolas se apagaron, dejando solo la luz de las estrellas que no eran suficientes para iluminar ni la palma de mi mano. Algo más sucedió, un frío que es imposible de explicar y entonces mi cuerpo se sintió debilitado, como si mil agujas se clavaran en mí-.

-¿Eso fue todo lo que lograste ver?- preguntó el Vedinti.

-Como dije, todo se volvió oscuro- repitió el alma del ser.

-Pero parece que ocultas algo- dijo el Vedinti con moderación, desafiándolo a hablar con la verdad. El espíritu resopló, pero no se atrevió a decir nada.

-Señor Juvel- entonces habló el exorcista, tratando de ser lo más amable posible- ¿Podría hablarnos de lo que nos oculta?

El alma del ser se quedó inmóvil por un tiempo. Su cuerpo empezó a entumecerse, apretó sus puños como si tratara de forzar algo y trató de apretarse los labios, al final habló, como si le costara hacerlo

-Un par de noches antes, observé algo que no debía haber visto justo cuando ocurrió el terremoto. En el parque, a unos metros de donde está el lago, vi a una persona frente a un círculo del que salía una figura negra: un pequeño demonio de un metro de altura, tan gordo que parecía una pelota, con dos cuernos en la cabeza y patas flacas que sostenían su cuerpo. Corrí tratando de que esa criatura no me viera.

Cuando morí, me encontré en un lugar como este, pero no había ninguna persona. Pensé que tenía toda la libertad que quisiera tener, hasta que fui invocado por ustedes- respondió el alma, y luego su boca calló, como si se sorprendiera de lo que había dicho.

-¿Qué me han hecho?- volvió a preguntar cuando recuperó la conciencia.

-No deberías juzgar el poder de un exorcista. Nos dedicamos a purificar espíritus y eliminar demonios- respondió el exorcista Eduardo con una sonrisa en su rostro.

-Parece ser que quien invocó a esa criatura tomó las medidas correctas, aunque debo reconocer que nadie prevé encontrarse con un exorcista de alas blancas. Deben tener mucho cuidado- dijo el Vedinti observándome con temor. Sabía por qué: alguien con poder era más vulnerable, y si la criatura sabía quién era, sería su siguiente objetivo.

-Nos ocuparemos de ello. Mientras tanto, debemos hacer algo con el alma del señor Juvel-.

-No, no hagan nada- resopló el alma del ser con esmero, como si quisiera ser escuchado. -Iré al portal de Orbel. No tienen que preocuparse por mí-.

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