Las sombras de los árboles se desataron, engullendo la luz en su voraz avance. El viento cesó su susurro, los pájaros enmudecieron y el río, que fluía a escasos metros de distancia, resonó con una profundidad aterradora.
Una figura envuelta en tinieblas se alzó frente a mí, emergiendo a dos metros de altura, deslizándose sin dejar huellas en el suelo.
Mi boca se cerró enmudecida, mis ojos se abrieron desmesuradamente. La figura se acercaba lentamente. Mis manos se aferraron a cualquier objeto que pudiera servir de defensa, y encontré algo puntiagudo entre mis dedos.
-Nos hemos visto antes- susurró aquella figura, con una dulzura que pretendía seducirme antes de cometer su acto.
-No recuerdo haberte visto- balbuceé apenas.
-Yo recuerdo a una niña de cabello castaño y ojos verdes, que presenciaba cómo su abuelo se desvanecía en la otra vida. Debes recordarme, me llamo Garjel, guardián de la puerta de Orbel en este lugar- su voz resonó.
-¿Por qué me hablas?- pregunté.
-No lo sé, tú me has invocado. Así que espero que me des una respuesta- respondió él.
¿Cómo lo había invocado? Solo había corrido hacia el bosque para derramar mis lágrimas. Lamentaba la pérdida de Erick, pero sobre todo lamentaba que no quedara rastro alguno de él. Tal vez Garjel tuviera las respuestas.
-¿Cómo sé que puedo confiar en ti?- cuestioné. Garjel dejó caer la oscuridad que envolvía su cabeza, revelando el rostro joven que recordaba de mi infancia.
No había envejecido, pero sus ojos mostraban una vejez implacable, como si hubieran presenciado el transcurso de incontables vidas.
-Tienes un gran poder espiritual. Percibí tu llamado a través del portal y vine en tu búsqueda- afirmó con seguridad, sus palabras imposibles de desconfiar.
-No te he llamado- respondí, y él asintió, buscando respuestas.
-Entonces algo en ti lo hizo. La razón por la que llorabas, supongo- dijo.
Asentí mientras mis lágrimas volvían a fluir.
-Se trata de un Necrol. Creo que se ha llevado a alguien que te importa- confesé, compartiéndole lo que había presenciado en la última aparición de Erick.
-Entiendo- respondió él, sin darle importancia. -¿Quieres volver a verlo?-.
-No, quiero encontrarlo- afirmé.
-Los espíritus tenemos conexiones. Puedo averiguar si hay un Necrol cerca y qué le sucedió a tu amigo, pero a cambio haremos un pacto- propuso.
-¿Quieres mi alma?- pregunté, recordando el quinto capítulo del Libro de las Letras.
Según la historia, los espíritus malignos habían sido condenados a vagar por el inframundo. Para aliviar su sufrimiento, debían recolectar almas humanas y llevarlas al otro mundo para ser recompensados. Sin embargo, Garjel negó con la cabeza.
-No, no la quiero- declaró. -Pero no veo la necesidad de hacer algo gratuitamente por alguien que posee un gran poder espiritual-.
-Las mujeres tenemos prohibido involucrarnos en tareas de Vedintis- recordé, y el espíritu Garjel sonrió.
-Son leyes creadas por hombres que no interesan a los espíritus. Escucha, te ayudaré a encontrar a tu amigo, pero a cambio, deberás purificar cien espíritus malignos. Quizás te parezca un trato injusto, pero no pido tiempo, solo que cumplas tu palabra- expuso.
Asentí, casi sin pensar. Garjel mostró una sonrisa satisfecha y luego desapareció, al igual que la oscuridad que me envolvía.
Las estrellas titilaban en la media noche, mostrándome el camino. El sonido del río cesó, dejando solo el crujir de las ramas movidas por el viento.
Limpié mis lágrimas, tratando de aferrarme a la esperanza de que Garjel cumpliría su palabra. Me puse de pie y comencé a caminar, buscando el camino de regreso a la mansión.
Pasaron varios minutos cuando escuché gritos detrás de mí. Me volteé y vi varias antorchas avanzando en la oscuridad.
-Grité que estaba aquí, pensando que alguien amigable me buscaba-.
A medida que las antorchas se acercaban, pude distinguir los rostros de Cristol, seguido por los de tía Beatriz y el exorcista Eduardo, acompañados de varios sirvientes.
Cristol extendió su brazo para abrazarme, apretándome con fuerza como si temiera perderme.
-Estaba preocupado- dijo. -No sé qué haría si te hubiera sucedido algo, si te lastimaran-.
Estoy bien, quise decir, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.
Bajé la mirada para no enfrentar los ojos de mi hermano, mientras él me envolvía en su capa, protegiéndome del frío de la noche.
Caminamos de regreso a la mansión, y en cada paso, Cristol no dejó de abrazarme.
Alllegar, la tía Emma nos esperaba en la entrada, sosteniendo una antorcha en su mano.
-Por los espíritus- susurró al verme. Era la primera vez que la veía desprovista de orgullo o enfado; en cambio, su rostro reflejaba alivio cuando una sonrisa asomó en sus labios.
-Tía- pronuncié, pero ella negó con la cabeza.
-Hablaremos de ello después. Lo importante es que descanses- dijo, intentando encontrar palabras para tranquilizarse.
Asentí y, poco después, ocurrió algo maravilloso.
La oscuridad lo invadió todo, devorando las estrellas del cielo y apagando el fuego de las antorchas.
El viento se apaciguó, dejando un frío penetrante que congelaba mis labios.
A lo lejos, se escuchó el sonido de una flauta, un silbido que entonaba una melodía trascendental.
Cuando el sonido se desvaneció, la oscuridad se disipó. Frente a nosotros, en medio del jardín, yacía el cuerpo de Erick tendido en el suelo.
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