El viaje hacia la ciudad de Éter, que prometía ser tranquilo, se convirtió en una pesadilla inesperada. Desde la primera noche supe que algo andaba mal. Al intentar cerrar los ojos en mi cama, sentí una mirada penetrante sobre mí. Era como si cientos de hormigas se congregaran en el techo, acechándome. Pero estas no eran simples hormigas, eran criaturas horripilantes que emergían de las sombras, sedientas de su próxima presa.
-¿Estás bien, querida?- preguntó mi tía Beatriz, recostada junto a mi cama.
-¿Puedes sentirlos?- inquirí, consciente de que ella, siendo una Vedintis más experimentada, podría percibir su presencia.
-¿Sentir a quién?- preguntó confundida.
-Tal vez sea solo mi imaginación- respondí con voz entrecortada.
Sabía que aquellos ojos acechadores estaban relacionados con el pacto que había forjado, pero no tenía idea de cómo enfrentar tal ira. Además, no podía hablar con el exorcista Eduardo mientras mi tía estuviera presente, solo lograría asustarla aún más. Así que intenté mantener la calma y evitar pensar en ello.
Aquella noche apenas pude conciliar el sueño durante un par de horas. Solo cuando el agotamiento se apoderó de mí y dejé de prestar atención a los seres acechantes, logré librarme de su asedio.
Al llegar al desayuno con el exorcista Eduardo, sentí un respiro temporal. Observé a mi alrededor y comprendí que todo estaba en mi imaginación. Sin embargo, la mirada del exorcista me indicaba lo contrario.
-No debes preocuparte, he establecido una barrera en la posada desde nuestra llegada- tranquilizó el exorcista Eduardo. Mi tía abrió los ojos, revelando sorpresa en su rostro.
-¿Eso será algo normal durante el resto del viaje?- pregunté, buscando confirmación. El exorcista asintió.
-Será así durante el resto de tu vida. Una vez que sellamos el pacto, nos volvemos vulnerables a los ataques, como si nos vistieran de rojo en un mundo vestido de negro. Destacamos y no podemos escapar de su mirada. Pero con el tiempo, nos acostumbramos- explicó el exorcista, intentando calmarme.
Sin embargo, en lugar de tranquilizarme, cada palabra era como una daga clavándose en mi espalda. El cansancio se apoderaba de mí, y mi apetito desapareció. Arrastré mi plato hacia el frente, intentando mostrar indiferencia, lo cual no agradó a mi tía Beatriz.
-Aun así, deberías comer algo para mantenerte fuerte- dijo mi tía, preocupada. Pero yo negué con la cabeza.
-Eso no importa- dijo el exorcista Eduardo, interrumpiendo. -Faltan varios días y tal vez sea mejor comenzar con el entrenamiento si deseas conciliar el sueño-.
Asentí, aunque no comprendía del todo sus palabras.
-¿El entrenamiento implica no comer?- preguntó mi tía Beatriz, mostrando su descontento al ver que el exorcista no tocaba su comida.
-Los exorcistas no comemos hasta después del mediodía- respondió el exorcista con calma, tratándola como si fuera una niña pequeña.
-Eso suena absurdo- exclamó ella, frustrada por la respuesta.
-Debilitamos el cuerpo para fortalecer el poder espiritual. Hay varias formas de hacerlo, pero esta es la más sencilla y menos arriesgada- explicó el exorcista, incapaz de hacerla entender.
-Espero que ninguno de su orden haya muerto de hambre- murmuró mi tía Beatriz, a lo que el exorcista respondió con una sonrisa.
-Puedo asegurarte que ninguno ha muerto de hambre- afirmó el exorcista.
Mi tía dejó de darle importancia a la comida, quizás sintiéndose culpable por ser la única que se alimentaba. Salimos de la posada y nos dirigimos hacia el carruaje.
Pasaron varias horas hasta que llegamos a un pequeño pueblo de tejas rojas, a mitad de camino. Me sentía mareada y exhausta, al borde del vómito, pero no dije nada. Quería descubrir qué significaba realmente fortalecer mi poder espiritual.
Una vez bajamos del carruaje, mi tía Beatriz tomó mi mano y me ayudó a caminar hacia la posada. Allí pude saborear una sopa de algas con un trozo de carne. Agradecí la comida, sintiendo cómo mi menguada reserva de energía comenzaba a recuperarse.
-Descansaremos aquí durante el resto del día- anunció el exorcista, intentando transmitir algo con su mirada, pero sin perder de vista a mi tía Beatriz, como si esperara su reacción.
-Me parece lo mejor- respondió ella, limpiándose la boca. -Aunque me gustaría saber cuáles son sus planes. Necesito una explicación de por qué nos quedaremos aquí cuando Ciudad Alba está a solo unas horas de distancia-.
-Este lugar es perfecto para enseñarle a Iris a meditar. Le ayudará a conciliar el sueño- explicó el exorcista.
Mi tía Beatriz me observó durante un breve instante, pero al final no dijo nada, solo frunció el ceño, tratando de restarle importancia.
-¿Puedo acompañarlos?- preguntó, buscando unirse a nosotros. El exorcista asintió.
-Sería lo mejor, aunque le pediría que mantenga cierta distancia- indicó el exorcista.
La tía Beatriz sonrió satisfecha.
Después de comer, el exorcista Eduardo nos condujo fuera del pueblo y nos adentramos en el bosque hasta llegar a un pequeño prado. El césped parecía recién cortado y en un extremo se erigía una pared vertical de unos veinte metros de altura, como si alguien la hubiera creado intencionalmente. Alrededor del prado se extendía el bosque. En el centro del claro, se alzaban dos estatuas de ángeles con las alas desplegadas, cubriendo sus rostros con capas que se extendían hasta los pies, dejando solo visibles los dedos de sus manos y pies. Aunque aquel lugar parecía haber sido un antiguo altar hacia el portal de Orbel, las estatuas lucían limpias, como si alguien se preocupara por preservar el sitio.
-¿Estamos aquí por casualidad?- preguntó mi tía Beatriz, confundida. El exorcista negó con la cabeza.
-No, este lugar es sagrado. Debemos quitarnos los zapatos para ingresar- informó el exorcista Eduardo. Mi tía asintió.
Me descalcé y seguí al exorcista, acercándonos a las imponentes estatuas, que fácilmente medían unos cuatro metros de altura. A medida que me acercaba, pude ver sus rostros. Un unicornio de metal atravesaba sus frentes. Sin embargo, no parecían sufrir. Más bien, sus miradas expresaban compasión, como si intentaran comprender el mundo.
-Señorita Iris- pronunció el exorcista, indicándome que me colocara entre las estatuas.
Tragué saliva con dificultad, asentí y obedecí sus instrucciones, posicionándome en medio de los ángeles. En ese momento, sentí como si algo aplastara mi cabeza, como si el peso del mundo recayera sobre mí.
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