Las papas peladas se amontonaban en la canasta, mientras la tensión invadía el ambiente. Mi tía Beatriz había planeado un banquete para celebrar la llegada de Julieta, la nueva novia de mi hermano. Ella provenía de la distante ciudad de Yale, a dos horas de distancia. Julieta, de cabello castaño, ojos color miel y pecas en el rostro, irradiaba una delicadeza y sinceridad que no pasaban desapercibidas. Con tan solo veintidós años, era una presencia encantadora. Al presentarse ante mi tía Emma, esta última no tuvo nada que criticar.
-Mira, mi niña- exclamó mi tía Beatriz apresuradamente mientras yo depositaba la vigésima papa en la canasta. -Ven conmigo a la sala principal. Los sastres del pueblo han venido a verte-.
Me sorprendí por la razón de su visita. -¿Por qué querrían verme?- pregunté, arqueando las cejas.
-¡Oh, por Dios! ¿No es obvio?- respondió con una sonrisa. -Se trata de tu vestido para la presentación. A tu edad, apenas podía dormir cuando se acercaba el momento de mi propia presentación-.
Guardé silencio y seguí a mi tía a través de los pasillos hasta llegar a la sala principal. Era un pequeño espacio con apenas cuatro sillones, donde mi tía Emma solía recibir a las novias de mi hermana y someterlas a todo tipo de interrogatorios.
Allí estaban ellos, mi tía Emma, mi hermano y los dos sastres. Estos últimos examinaban detenidamente un grueso catálogo repleto de diseños de vestidos. Mi hermano había cambiado con el tiempo, dejándose crecer la barba y el bigote. Aunque su cuerpo antes era fornido y musculoso, con el tiempo ganó peso y ahora se asemejaba más a mi tía Beatriz. Aun así, seguía siendo guapo, con su sonrisa sincera y unos ojos que siempre reflejaban honestidad.
Los sastres eran gente del pueblo, conocidos a lo largo del tiempo. La señora Martha dirigía el negocio y se encargaba de confeccionar todos mis vestidos, así como la ropa de mis tías y mi hermano. Era una vieja amiga de la familia y, cuando mi abuelo aún vivía, solía reunirse con él para jugar a las cartas. Fue así como conocí a su hijo menor, Erick, quien venía con ella en esas ocasiones. Él fue mi primer amigo, y quizás el único. Un chico travieso, de piel morena, ojos cafés y una sonrisa burlona. Cuando tenía diez años, se mudó a la ciudad con su padre y sus hermanos mayores. No volví a verlo hasta que regresó al pueblo unos años más tarde, ya convertido en un joven de veinte años. Había crecido lo suficiente como para casi alcanzar la altura de mi hermano, aunque seguía siendo delgado. Vestía una camisa blanca y pantalones negros que resaltaban su figura esbelta.
Sonreí al verlo y él respondió con una sonrisa. -Este parece ser perfecto para ella- dijo mi tía Emma, deteniendo el catálogo en una página que mostraba un vestido verde claro, adornado con un diseño azul de rosas en la falda. Negué con la cabeza, mientras mi tía Beatriz suspiraba. -Combinará con tus ojos- añadió ella.
-¿Acaso no podía tomar mis propias decisiones?- Pregunté, colocando las manos en las caderas.
-Sabes que te encantó el vestido- dijo mi hermano Cristo con una sonrisa. -Aunque, por supuesto, la decisión final será tuya-.
La señora Martha intervino amablemente: -Dejaremos el catálogo para que elijas con calma. Mientras tanto, tomaré tus medidas-. Aunque ya me las habían tomado hace seis meses, no dije nada. Levanté mis manos para que pudieran realizar las mediciones, mientras observaba a Erick durante todo el proceso. Él bajó la mirada, pero no dijo nada.
-Deberías haber avisado cuando llegaste. Hacía mucho tiempo que no te veía- le reproché. Erick negó con la cabeza.
-Llegué al pueblo hace un par de semanas. No sabía que debía venir a avisarte- respondió, desafiante. -Solíamos ser amigos. Me dolió cuando te fuiste a la ciudad- le reproché.
-Supongo que habrá tiempo y lugar para ponerse al día- intervino tía Emma, interrumpiendo el ambiente. Odiaba cuando hacía eso.
-Por supuesto- añadió la señora Martha. -Se acerca la presentación y tenemos que confeccionar el vestido. Iris, Erick me ayudará a partir de ahora, así que tendrán tiempo para hablar más tarde-.
Asentí con una sonrisa. Ellos se marcharon, dejándome sola en la sala principal con mis tías y mi hermano. Me di la vuelta, recordando que aún tenía varias papas por pelar, pero mi tía Emma me detuvo. -Aún no has elegido tu vestido- dijo con una elocuencia que me incomodaba.
-Pensé que ya lo habían decidido- respondí. -Vamos, no te pongas así solo porque interrumpí esa conversación con ese muchacho- dijo mi tía Emma, casi leyendo mis pensamientos.
-Mi abuelo, que está en el más allá, dijo que Erick siempre sería bienvenido en la mansión como un invitado- defendió mi hermano Cristo. -Fue grosero hablar así-.
-Yo solo dije que no era el momento ni el lugar. Por supuesto, podrán ponerse al día, pero no era correcto hacerlo mientras él estaba trabajando. ¿Y si la distracción causaba que tomara mal las medidas? Eso sería imperdonable-.
-Eso es correcto, tía. Invitaré a Erick a unirse a nosotros en la comida, junto con Julieta- dijo mi hermano, dedicándome una sonrisa juguetona que dejaba claro que él tenía el control de la situación. No pude evitar sentir alivio.
Mi tía Emma observó con horror, mientras que mi tía Beatriz parecía anticipar algo malo.
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