Capítulo 17

Salimos de la funeraria con una sensación de triunfo que me tomó por sorpresa. No tenía ni idea de lo que acababa de hacer ni cómo lo había logrado. Lo único que sabía era que había desatado el poder de un ala blanca y eso me había brindado respuestas.

-Seguramente te preguntas cómo utilizas tu poder, pero no podría explicártelo. Mi poder no se compara al tuyo- dijo el exorcista con una expresión de duda en su rostro.

-No tengo ni idea de lo que hice- respondí, esperando desesperadamente alguna explicación. El exorcista negó con la cabeza.

-Se dice que las alas blancas tienen el poder de invocar a los espíritus tan solo con pensar en ellos. Es la primera vez que veo algo así, por eso no quise desaprovechar esta teoría- dijo el exorcista, esbozando una sonrisa.

-¿Puedo invocar a un demonio?- pregunté de repente. El exorcista me miró con escepticismo, como si temiera esas palabras.

-Puedes invocar a un demonio, e incluso, con el entrenamiento adecuado, podrías dominarlo. Pero no sería lo ideal en este momento. Por el resto del día, regresarás a la mansión y te quedarás ahí. No te expondré al peligro- declaró el exorcista. Negué con la cabeza.

El vizconde y el Vedinti me habían advertido sobre los peligros a los que me enfrentaba. Eso era lo que creía, pero todo parecía estar fuera de lugar.

-Pensé que estaría ayudando- dije, tratando de ser útil. El exorcista negó con la cabeza.

-Prometí que llegarías a salvo a tu destino. Exponerte a luchar contra un demonio es muy distinto a hablar con un alma, y más aún porque eres un ala blanca- explicó el exorcista. Sus palabras resonaron en mi mente, llenas de misterio y advertencia.

-En este momento, seguramente te asaltan innumerables preguntas. No te limites, estaré encantado de darte respuestas- concluyó el exorcista. Yo solo sacudí la cabeza en silencio.

-Has mencionado que mi poder puede invocar y controlar espíritus. Tal vez eso fue lo que sucedió aquel día- planteé.

-Cuando rescataste a tu amigo, es probable. Los Vedinti y los exorcistas no se relacionan por una razón. Aunque ambos podemos ver a los espíritus, nuestras tradiciones difieren. Para convertirnos en exorcistas, hacemos un pacto con el espíritu de la luz a través de un ritual. Antes de eso, nuestros padres nos preguntan si deseamos seguir este camino. No te miento cuando te digo que la mayoría aceptamos- reveló el exorcista.

-Pero se dice que la mayoría muere. ¿Por qué aceptarían?- pregunté con curiosidad. El exorcista sonrió.

-Tal vez sea por un sentido de venganza hacia nuestros hermanos caídos. Tal vez porque desde el principio se nos enseña la importancia de nuestra labor al luchar contra los demonios. Tal vez porque seguimos las tradiciones, o simplemente porque, al haber sido marginados desde nuestro nacimiento, encontramos un lugar donde somos aceptados- reflexionó el exorcista.

-Hay una razón por la cual me uní. Tenía quince años en ese entonces, mis padres acababan de fallecer. Cuando me despedí de sus almas, no encontré consuelo en nada más que continuar su labor hasta el día de mi muerte- reveló el exorcista, dejándome con una sensación de tristeza en el corazón.

-Lo siento- respondí, sintiendo un nudo en la garganta.

-No lo sientas. Nuestro mundo es peligroso, pero si no hacemos nuestro trabajo, personas como tu amigo Erick morirán sin saber la causa, creyendo que es una extraña enfermedad. Otros utilizarán a los demonios contra personas inocentes, como el señor Juvel. Ahora que eres una exorcista, serás más consciente del poder que conlleva nuestro don- advirtió el exorcista, revelando la cruda realidad.

-¿Y qué sucede con los Vedinti? ¿Por qué no pueden ser exorcistas?- inquirí. El exorcista me observó por un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas.

-Ellos tienen sus propias tradiciones y, aunque quisiéramos unirlos en la lucha, no podemos interferir con su antiguo pacto. Ellos nos otorgan autoridad y, a cambio, respetamos su forma de vida- explicó el exorcista, poniendo fin a la discusión.

Era cierto. Tenía sentido que mi hermano Cristol y mis tías bajaran la cabeza cuando fui marcada como exorcista. No podían hacer más que obedecer.

El trayecto de regreso a la mansión fue breve. El exorcista me acompañó hasta la entrada y luego se dio media vuelta para adentrarse en la ciudad. Por mi parte, los sirvientes me condujeron hasta mi habitación.

Cuando abrí la puerta, mi tía se abalanzó sobre mí en un abrazo desesperado, como si me hubiera perdido. No era así, no me permitirían hacer algo peligroso hasta que completara mi entrenamiento.

En la pequeña sala, la vizcondesa Amarie estaba sentada. Parecía que habían estado tomando té mientras esperaban mi regreso.

-Estaba tan nerviosa- dijo mi tía con pesar. -No sabía qué haría si te perdiera-.

-No te preocupes, tía. El exorcista dijo que no me expondría a ningún peligro- intenté tranquilizarla. Pero mi tía negó con la cabeza.

-Te llevó al matadero y no pudimos hacer nada. No sabes lo impotente que me sentía- respondió mi tía Beatriz, lágrimas resbalando por sus mejillas.

En ese momento, supe lo que significaba sentirse impotente. Quería seguir ayudando, descubrir mi verdadero poder, pero me encontraba sentenciada a permanecer en una habitación mientras el exorcista Eduardo buscaba a ese demonio.

-Tía, hay algo que debo contarte- dije, y mi tía me miró con pesadez, pero asintió con la cabeza.

-Las dejaré a solas- dijo la vizcondesa, saliendo de la habitación y dejándonos en privacidad.

Le expliqué a mi tía cómo había invocado el espíritu de un difunto, nuestra breve conversación y cómo había sido arrastrada a la mansión. Mi tía me observó con horror en los ojos.

-Es verdad sobre el pacto, y eso es lo que más me pesa. Ellos logran afinar más sus poderes que los Vedinti, y por eso respetamos su autoridad. Si alguien de nosotros desafía ese pacto, vendrán por cada uno de nosotros para forzarnos a unirnos a su causa. Fue terrible para Cristol entregarte, todo debido a nuestras tradiciones- confesó mi tía, lágrimas brotando en su rostro.

-Pero yo acepté- le dije, mientras limpiaba las lágrimas de su rostro.

Podía comprender un poco a los exorcistas. Toda mi infancia había sido una marginada por ver a los muertos, y ahora, como exorcista, aún era excluida por los Vedinti. Era como vivir en un mundo aislado. Así que tomé la iniciativa de ayudar, de descubrir mi verdadero destino.

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