Capitulo 8

El dolor se apoderaba de mí, como si mil cuchillos atravesaran mi corazón. Sentía un vacío abismal en mi pecho, como si me hubieran arrancado el alma misma. Cada paso que daba era una lucha contra la desesperación, el miedo y la incertidumbre.

Mis pensamientos eran un torbellino caótico, apenas podía hilvanar una frase coherente. Mi mente era un remolino de imágenes aterradoras, reviviendo una y otra vez la sombra que me acechaba, con sus ojos penetrantes y su boca ansiosa de devorar todo lo que se cruzara en su camino. No entendía por qué Erick estaba involucrado en todo esto, y deseaba con todas mis fuerzas que no fuera así.

Fue entonces cuando me di cuenta de que mi hermano Cristol aún no había regresado. La ausencia de la carroza en el jardín me confirmaba mis temores. Sin pensarlo dos veces, me dirigí directamente hacia la oficina de mi tía Emma, sabiendo que ella era la única que podría darme respuestas. Aunque me costara pedirlas, era un sacrificio que estaba dispuesta a hacer, porque el tormento de la incertidumbre era mucho peor.

Abrí la puerta de la oficina apresuradamente, y al entrar, pude ver cómo mi tía levantaba una ceja ante mi estado agitado.

-¿Y bien?- preguntó ella con voz tranquila y simplona, -¿lo has conseguido?-.

-No se trata de eso, tía- respondí con voz entrecortada, -es algo grave-.

Le narré con todo detalle la aparición de la sombra, mientras mi tía Emma escuchaba con seriedad, tratando de no perder ni el más mínimo detalle. Sus palabras me reconfortaron, asegurándome de que hablaría con Cristol una vez llegara, y si se trataba de un espíritu maligno, llamaríamos a un exorcista. Sin embargo, su siguiente afirmación me golpeó como un puñetazo en el estómago.

-Tía- dije con voz temblorosa, y ella arqueó las cejas en señal de interrogación.

-No, Iris, aunque tengamos los ojos de un Vedintis, no se nos permite actuar por nuestra cuenta. Nuestra carga es más una maldición que una bendición, debes entenderlo- pronunció con solemnidad.

Era como si hubiera leído mis pensamientos más oscuros, forzándome a morderme los labios para contener las palabras que querían escapar. Pero no dije nada, me quedé en silencio, mientras las lágrimas inundaban mis ojos.

-Debes saber que, aunque pueda parecer odiosa, lo digo por tu bien- agregó, buscando mi comprensión.

-Lo sé- respondí con voz quebrada, aceptando su razonamiento.

-Has hecho bien en contarme lo de Erick, estoy orgullosa de ti- continuó mi tía Emma, aliviando un poco mi angustia. -Ve a descansar y no te preocupes demasiado. Iré al cuarto de aves a pedir un exorcista-.

Asentí, y mi tía me miró con cautela antes de ponerse de pie y salir de

la oficina. Quedé sola con mis pensamientos tumultuosos y un nudo en la garganta que parecía estrangularme lentamente.

Después de un momento, me dirigí al balcón, sin apartar la vista de la entrada del jardín. Observé cómo una paloma salía volando, llevando consigo el mensaje que mi tía Emma había enviado en busca de ayuda. El sol seguía su marcha indiferente en el cielo, pasando medio día sin que pudiera encontrar ni un instante de descanso.

Erick no cumplió su promesa de regresar más tarde. Cristol no apareció hasta dos horas después del anochecer.

Bajé las escaleras con el corazón en un puño, observando el regreso de mi hermano. Cuando nuestros ojos se encontraron, él negó con la cabeza, transmitiendo un mensaje mudo de pesar.

Mi tía Emma y mi tía Beatriz salieron al encuentro poco después. Aún llevaban puesta la ropa del día, esperando ansiosas por conocer las noticias.

Un acompañante llegó junto con Cristol, un hombre de unos cuarenta años, de rostro severo y cabeza cuadrada. Vestía una túnica negra que lo envolvía desde el cuello hasta los pies. Sus pequeños lentes cuadrados apenas ocultaban sus ojos, que parecían contener un conocimiento sombrío.

-Iris- dijo Cristol con voz entrecortada, -tenemos que sentarnos primero-.

-¿Primero?- pregunté con un nudo en la garganta, presintiendo que algo terrible había sucedido.

-Vamos, Iris- insistió Cristol con una expresión de profundo pesar.

Negué con la cabeza, pero mis tías obedecieron y me llevaron a la sala, en busca de respuestas que temía recibir.

-Él es el exorcista Eduardo- comenzó a hablar Cristol una vez nos encontramos sentados, -me acompañó a visitar a Erick cuando recibí la carta de tía Emma-.

El exorcista, llamado Eduardo, nos miró con seriedad mientras Cristol luchaba por encontrar las palabras adecuadas.

-Aquella figura que señalaste, aquel espíritu maligno se llama Necrol- comenzó Eduardo, su voz resonando con solemnidad, -es un espíritu que se acerca a las personas que están a punto de morir, buscando devorar sus almas una vez abandonen el cuerpo-.

Mis palabras se quedaron atascadas en mi garganta, incapaces de articular una pregunta coherente. No sabía que Erick estaba al borde de la muerte, no podía creer que sus últimas palabras se centraran en volver a verme y mucho menos que su cuerpo hubiera desaparecido. Si eso era cierto, los Vedintis no podrían cumplir con su deber.

-Tranquila, Iris- intentó consolarme mi tía Emma, pero al mirar los ojos de Cristol, supe que no había esperanzas.

-La señora Martha debe estar sufriendo en este momento- mencionó tía Beatriz con tristeza.

-Así parecía. De alguna manera, se había resignado a la enfermedad de Erick, pero sufría aún más al ver que su cuerpo había desaparecido. Dijo que, si no fuera por nosotros, al menos podría llevar

su cuerpo al otro mundo- agregó Cristol con la voz cargada de culpa.

-Iris- dijo Cristol, su voz llamándome a la realidad.

-Iris- repitió con más fuerza.

Mis ojos se abrieron de par en par y, como si no pudiera soportar lo que estaba por decirme, me puse de pie y salí de la sala. En algún momento dejé de escuchar las voces a mi alrededor, no porque se hubieran apagado, sino porque mi mente estaba sumida en una oscuridad abrumadora.

Caminé sin rumbo fijo, alejándome cada vez más de la casa, buscando desesperadamente alguna explicación a todo lo que sucedía. El bosque me rodeaba, imponente y misterioso. Sin detenerme a contar los pasos, incliné la cabeza hacia abajo.

Y entonces, me desmoroné.

Las lágrimas brotaron de mis ojos sin control, como un torrente incontenible. Mis manos cubrían mi rostro, tratando en vano de enjugar el dolor que me embargaba. No me importaba si mis sollozos resonaban en el aire o si alguien me veía en mi vulnerabilidad. En ese momento, solo deseaba que el mundo desapareciera y me llevara consigo en su olvido.

descargar

¿Te gustó esta historia? Descarga la APP para mantener tu historial de lectura
descargar

Beneficios

Nuevos usuarios que descargaron la APP, pueden leer hasta 10 capítulos gratis

Recibir
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play