Habían pasado días desde la última vez que vi a Erick, y la ausencia se había convertido en un tormento. La tía Emma parecía disfrutar de mi sufrimiento, mientras que la tía Beatriz guardaba silencio, incapaz de enfrentar la situación.
Mi mente estaba llena de confusión. Había decidido que solo quería ser amiga de Erick y que debía respetar los límites que él imponía en nuestra relación. Pero todo cambió durante la primera prueba del vestido.
La señora Martha llegó sola, cargando el vestido sobre sus hombros. Un nudo se formó en mi garganta mientras observaba desde la ventana. Bajé las escaleras apresuradamente, esperando encontrar alguna explicación que no tuviera que ver con el vestido.
Al entrar en la sala, la tía Emma y la tía Beatriz ya estaban allí. No tuve la oportunidad de hablar a solas con la señora Martha.
Me probé el vestido con desgana, levantando mis manos para que la señora Martha pudiera tomar medidas y hacer correcciones. Luego, la miré a los ojos, esperando que no se marchara de inmediato.
-Luces divina, como una princesa- comentó la tía Beatriz mientras acariciaba su barbilla, tratando de ocultar algo detrás de su sonrisa.
-El vestido estará listo en una semana, lamento la demora- dijo la señora Martha con un nerviosismo evidente. Era como si apenas pudiera contenerse.
-No te preocupes, aún hay tiempo para la presentación- respondió la tía Emma, minimizando la importancia de la situación.
Cuando me quité el vestido para que la señora Martha pudiera hacer los ajustes necesarios, la observé recoger sus cosas y prepararse para irse. No pude contenerme y hablé.
-¿Cómo está Erick?- pregunté cuando ella estaba a punto de salir.
-Fue a la ciudad a buscar materiales, volverá en unos días- respondió con una mentira mal ensayada.
Asentí y la vi salir de la sala. Me dirigí hacia mi habitación, sintiéndome impotente y frustrada. Odiaba que me mintieran de esa manera.
Antes de llegar a mi cuarto, la tía Emma me detuvo con una palabra. Me di la vuelta y la miré, notando la mirada penetrante en sus ojos. Era como si pudiera ver a través de mí, leer mis pensamientos y emociones.
-Si no quieres que tu mente divague y necesitas despejarla, mantén tu cuerpo ocupado- dijo con voz firme, como si estuviera dando una orden.
-Iré al pueblo, ¿necesitas algo que compre?- pregunté, esperando que pudiera distraerme con alguna tarea.
-No seré la excusa de tu salida. Si has tomado una decisión, simplemente hazlo. Ni yo ni tu tía te juzgaremos- respondió, negando con la cabeza.
-Parece que ya me has juzgado- murmuré, sintiendo una mezcla de enojo y resignación.
Mi tía Beatriz no dijo nada más. Se puso de pie, me miró por última vez y salió de la sala. Mientras salía de la mansión, sentí la determinación
crecer dentro de mí. Tenía que enfrentar lo que estaba sucediendo en mi mente y aclarar las cosas de una vez por todas.
Caminé hacia la cocina en busca de mi tía Beatriz, quien estaba amasando harina en una enorme tina. Cuando me vio, sonrió como si supiera lo que estaba a punto de hacer.
-No pienses en nada más y mantén tu mente ocupada- sugirió, leyendo mis pensamientos.
-Iré al pueblo, ¿necesitas que compre algo?- pregunté, esperando que aceptara mi oferta.
-No quiero ser la excusa para tu salida. Si has tomado una decisión, simplemente hazlo. Ni yo ni tu tía te juzgaremos- respondió, golpeando la masa con fuerza. No volvió a sonreír ni a decir nada más, centrada en su tarea.
Salí de la cocina, de la mansión y tomé el camino hacia el pueblo. No era un trayecto difícil, pero mis pies sabían que sería una caminata larga y agotadora. Me puse un sombrero para protegerme del ardiente sol del mediodía y comencé a caminar, sin siquiera considerar la posibilidad de regresar.
El pueblo de Jazmín no era ni grande ni pequeño, con alrededor de doscientas casas de colores diversos. Las calles eran lo suficientemente amplias como para que pasaran carruajes y caballos. Farolas iluminaban las esquinas y había banquetas para que las personas no pisaran el polvo del suelo.
Aunque el paso de las pocas carrozas levantaba polvo y el viento ocasionalmente lo dispersaba por el aire.
Me dirigí hacia el centro del pueblo, tratando de evitar las miradas curiosas que se posaban sobre mí. Bajé mi sombrero para ocultar mi rostro y llegué a una pequeña plaza. En su centro, había una fuente con una estatua de una sirena, rodeada de árboles y bancos. Desde allí, podía ver la sastrería.
Me senté en un banco y observé la sastrería, esperando encontrar el valor necesario para entrar y preguntar por Erick. No pasaron ni veinte minutos cuando lo vi asomarse para recoger algunos vestidos del mostrador.
Apreté los puños y comencé a acercarme. Mi corazón latía cada vez más rápido con cada paso que daba. Dejé de pensar cuando llegué a la puerta y entré sin siquiera presentarme. Nuestras miradas se encontraron de inmediato.
Quise sentir alivio al verlo, pero fue lo opuesto. Estaba más delgado que la última vez, con ojeras marcadas y labios resecos. Su mirada reflejaba tristeza, como si estuviera prohibido mirarme.
Había algo detrás de él, una sombra que parecía cobrar vida. Tenía una sonrisa maliciosa y devoraba a Erick con sus ojos sin pestañear siquiera.
-Iris- me saludó él. -¿Qué sucede?-
-¿No lo ves?- pregunté, y él volteó la cabeza hacia donde miraba. Pero negó con la cabeza después de un momento.
-¿Estás bien? Te ves asustada-
dijo con amabilidad.
-Erick, ¿qué está pasando?- pregunté nuevamente.
-Vamos a sentarnos. Supongo que estás teniendo alucinaciones por el calor- respondió, intentando tranquilizarme.
Pero no eran alucinaciones. Sabía cómo se veía un espíritu maligno, y esa cosa estaba detrás de Erick.
Me alejé cuando Erick intentó tomar mi mano y di la vuelta rápidamente, temiendo que esa criatura malévola prestara atención a mi presencia.
Los ojos de Erick se abrieron sorprendidos mientras me alejaba. Luego comenzó a toser, y la figura sombría lamió sus labios, como si se alimentara de su desgracia.
-Erick- dije cuando finalmente dejó de toser. -Algo te está persiguiendo-.
Permaneció mirando en silencio, sin atreverse a responder, como si temiera lo que estaba a punto de decir.
-Tienes que irte- dijo finalmente.
-Pero...-
-Tienes que irte. Hablaremos más tarde- repitió.
Asentí ante su mirada y caminé hacia la salida. Erick abrió la puerta para que saliera. No tuve más opción que aceptar su promesa de reunirnos más tarde. Le lancé una última mirada antes de salir del establecimiento y él cerró la puerta frente a mí, dándome la espalda como si no quisiera verme. La sombra lo siguió a lo largo de su camino, esperando el momento adecuado para atacar.
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