Habian transcurrido nueve años desde aquel día fatídico, lo que implica que me acerco rápidamente a la edad adulta y, con ello, mis responsabilidades aumentarán. En ese momento, mi única obligación era ayudar a mi tía Beatriz en la cocina y seguir aprendiendo de mi tía Emma. A estas alturas, no había mucho más que pudiera enseñarme. Me había leído la mayoría de los libros de la biblioteca y a veces se los recitaba. Ayudaba con la contabilidad de la funeraria y calculaba los impuestos. Sin embargo, había una parte de mi vida que no podía acercarme: el trabajo de mi hermano.
Era un trabajo destinado a los hombres, no porque las mujeres fuéramos débiles, sino porque estaba prohibido que participáramos en los rituales. Incluso si tan solo dudáramos por un instante, podríamos perder nuestras almas en el proceso. A nosotras solo se nos permitía encender velas o cambiar a los difuntos. Resultaba curioso presenciar a los espíritus despidiéndose, pero no se nos permitía entablar una conversación con ellos. No era algo que nos correspondiera, y mi tía Emma se había asegurado de dejármelo muy claro.
-¿Por qué podemos verlos?- me atreví a preguntar un día, ganándome una mirada de desaprobación de mi tía Emma. -Las reglas no te impiden hablar con ellos, simplemente no es nuestra labor- dijo ella con cierto desdén. -Deberías haber leído el capítulo cuatro del Libro de las Letras- agregó. -Entonces, sus miradas se cruzaron y ella se entregó a ellos- respondí, recordando un pasaje antiguo.
El motivo por el cual nos estaba prohibido levantar la vista cuando se llevaban el ataúd se remontaba a una antigua historia sobre uno de nuestros antepasados, quien poseía el don de ver a los muertos. Aquella persona se había acercado lo suficiente a un portal como para ver a los guardianes de las puertas, los ángeles que custodiaban el pasaje al mundo de los muertos. Había quedado enamorada y, sin pensarlo dos veces, cruzó el portal sin saber que perdería su vida al instante.
-Tu hermano se enojará mucho si sigues insistiendo en querer ayudar- me regañó mi tía Emma. -¿Qué sucede si tu hermano deja de cumplir su labor?- pregunté con curiosidad. La tía Emma sonrió. -Eso solo ocurriría si él muere, y no es momento de hablar de eso- respondió la tía Beatriz. -Debe haber un plan- dije con determinación.
-Bueno, tu hermano ya está en edad de casarse, así que más temprano que tarde dejará un heredero. Pero en caso de que ese plan funcione, vendrá otra persona con nuestras habilidades...- mi tía Emma titubeó. -Otro Vedintis- completé la palabra que se usaba para aquellos que podían ver a los espíritus de los muertos. Ella asintió. -Sí, otro Vedintis vendrá a esta mansión y asumirá la responsabilidad. Te sorprendería saber cuántos Vedintis hay en el mundo. Sin embargo, solo si no nace ningún Valer- dijo mi tía Emma.
-Supongo que está bien- dije, cerrando el libro que estaba leyendo y poniéndome de pie. -Hablando de responsabilidades- continuó la tía Emma, obligándome a sentarme nuevamente, -pronto cumplirás la mayoría de edad. Tu tía Beatriz debe estar preparando la lista de comida en este momento-. -Sí, me presentaré ante el mundo, me pondré un vestido bonito y habrá un baile- dije, recordando las presentaciones a las que había asistido en las ciudades y pueblos cercanos.
En esas ocasiones, debía acompañar a mi hermano Cristol, ya que él carecía de pareja. No era porque no lo intentara, simplemente había tenido mala suerte. La primera novia salió humillada de la mansión debido a los comentarios despectivos de mi tía Beatriz. Con la segunda ocurrió lo mismo, a pesar de que mi tía intentó ser más tolerante, al final abrió la boca y arruinó todo. Luego, mi hermano comenzó a acercarse a hijas de familias ricas, pero las cosas salieron aún peor. La tercera tuvo una discusión con mi tía Emma sobre cambiar el color de la casa o algo por el estilo, ni siquiera lo recuerdo bien. La cuarta lo engañó con un noble, y la quinta era tan excéntrica que intentó hacer algún tipo de hechizo con su ropa.
Mi misión era acompañar a mi hermano en las presentaciones y los bailes, informarle sobre las chicas disponibles y, si era posible, hacerme amiga de ellas. La mayoría de las veces, terminaba en fracasos, ya que muchas de ellas no consideraban a un guardián de los portales como algo serio. Nos veían más como seres con mala suerte.
-Las presentaciones de los Vedintis son diferentes- dijo mi tía con un tono serio. -No has ido a esas presentaciones porque no tenías la edad suficiente, así que habrá más que un vestido y un baile. Debes estar lista para la misión que se te encomendará- agregó.
-¿Podré unirme a los rituales?- pregunté con esperanza.
Mi tía Emma arrugó la boca. -Por supuesto que no- respondió con firmeza. -Todas las restricciones seguirán vigentes. Esto es por tu protección más que nada-.
-Entonces, no entiendo. ¿De qué debo estar consciente?- inquirí. -El capítulo XVIII del Libro de las Letras- respondió ella. Cerré los ojos en busca de respuestas. Según la historia, los Vedintis debían dejar descendencia, ya que ni los dioses ni los espíritus otorgarían su don a otras personas. No se podía permitir que los espíritus vagaran eternamente por el plano terrenal.
Entendí entonces que tendría que casarme y dejar un heredero. Negué con la cabeza y miré a mi tía con reproche.
-No puedo obligarte a nada, ya que yo misma tomé la decisión de no casarme, pero tenlo en mente. Tú misma mencionaste que estás preocupada por si tu hermano fallece y no deja un heredero- advirtió mi tía Emma.
-Eso es porque todas las novias de mi hermano te han parecido inadecuadas para él, aparte de las peores decepciones- expresé.
-Siempre he buscado lo mejor para ustedes. No quiero que salgan lastimados ni que nadie abuse de ustedes. Con el tiempo, habrá una buena chica para tu hermano. Solo hay que tener paciencia. Él se ha convertido en todo un hombre- respondió la tía Emma con cierta arrogancia.
No entendía por qué mi tía creía que buscaba lo mejor para nosotros. Apenas se me permitía salir de la mansión, y solo a las fiestas en las que debía acompañar a mi hermano. Sin embargo, recordaba que no se me permitía entrar a las salas funerarias para evitar tener contacto con la gente del pueblo o con aquellos a quienes mi tía consideraba inferiores.
-Me tengo que ir- dije, levantándome y saliendo de la biblioteca con la cabeza gacha. Se suponía que tendría que hacer mi presentación en un mes y encontrar un pretendiente de mi agrado para dejar un descendiente. No sabía si eso era lo que realmente quería. Aparentemente, era lo que todas las chicas de mi edad deseaban al llegar a la edad de casarse.
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