Henry se levantó muy cansado, solo había logrado dormir tres horas cuando su mayordomo lo despertó a las cinco de la mañana. Ya era habitual que no pudiera dormir con un horario normal; sin embargo, todo lo ocurrido con la maga lo había dejado más cansado de lo normal. Como ya se había bañado y la madrugada se sentía muy fría debido a la tormenta que apenas había mermado, solo se dispuso a colocarse su uniforme militar y lavarse muy bien el rostro.
—Señor, ¿Hoy no desayunará?—preguntó Israel bastante cansado, solo faltaban unos minutos para acabar su turno.
—No, hoy no—solo se limitó a decir el general para luego entrar a su carruaje rumbo al batallón.
Tenía hambre, su estómago ardía; sin embargo, si tomaba alimento el sueño empeoraría. Solo era cuestión de ir al consejo de seguridad que se organizaba todos los días a primera hora de la mañana y antes del medio día podía estar de vuelta en su mansión para dormir un poco más.
Israel entró a la cocina y pidió que le preparan su desayuno antes de retirarse a descansar. Don Joaquín, el chef que había estado con el general Henry desde que era un niño, le preparó con mucho entusiasmo el desayuno. Aquello no era normal en el hombre, si bien era muy cordial y amable con todos, jamás a esos niveles.
—¿Qué es lo que quieres, Joaco?—dijo el mayordomo llamando al chef por su apodo.
—Me enteré de que a quien le hice el chocolate esta madrugada fue a una invitada que trajo el niño Henry—exclamó dando unos pequeños saltitos—cuéntamelo todo, jamás en mi vida pensé que el señor trajera a su casa a una mujer. Si los anteriores patrones estuvieran vivos, estoy seguro de que estuvieran más emocionados que yo por esta noticia.
—Pues, mi querido compañero, te digo que bajes tu emoción. No es ninguna futura señora Green ni nada por el estilo—dijo luego de tomar un largo sorbo a su jugo—sé que es una maga porque en su capa tenía bordado el escudo de la torre efímera.
—¿La torre mágica que maneja Sir Arthur, cierto?—preguntó tomando asiento frente al mayordomo.
—La misma, Joaco—cuando quiso probar bocado de unos huevos al perico bastante apetitosos, se detuvo un momento—la pobre llegó muy mal, está muy débil. Me da tanta lástima, me recuerda mucho a mi nieta. Se ve por su altura que es mucho mayor que ella, pero su rostro no le da justicia. Parece una anciana joven.
El mayordomo no siguió hablando, esa noche había sido muy dura y cada que tenía un turno tan ajetreado le invadía una fuerte migraña. Terminó su desayuno, agradeció al chef, y salió de la cocina rumbo a su habitación. A lo lejos pudo ver a Julieta, quién se dirigía también a descansar.
—Julieta, ¿Le ordenó a las mucamas del turno diurno el cuidado de la señorita?—le preguntó al ama de llaves cuando se encontraron en el mismo pasillo.
—Sí, Israel. Estarán pendientes de ella hasta que las relevemos en la noche.
Ambos ancianos se despidieron con una leve reverencia y entraron con suma pesadez a sus cuartos. Mientras tanto, Henry se encontraba ya en la sala de conferencias rodeado de varios oficiales del ejército, entre ellos el capitán Alfonso, el cual gritaba criticando al general por lo sucedido con el coloso. El general estaba intentando contenerse mientras hablaba el hombre, el cual se creía por encima de todos debido a ser el sobrino de la madre del rey pese a tener un bajo rango. No obstante, si no le contestaba era por una simple razón que se encontraba sentado a su lado.
—¡Alfonso, insoléntente!—gritó el rey Anatole—¿Cómo te atreves a cuestionar el accionar de mi mano derecha?
—¡Pero majestad!—intentó defenderse.
—¡Si no te callas de una vez, te juro que te quitaré el rango que tienes!—dijo una vez se levantó iracundo de su asiento—agradece que Henry haya podido encontrar a un mago capaz de crear tal barrera. Gracias a su gestión se han podido salvar más vidas que todo el tiempo que has estado en el ejército. No se te olvide que por tu culpa perdimos el estrecho de Bering.
—Su majestad, no se enoje con el capitán Alfonso—salió en su defensa un hombre de mediana edad que vestía una larga túnica roja—él solo tiene la misma preocupación que tienen muchos en este lugar y es el comportamiento impredecible del general. Varias veces ha actuado sin consultar a ninguno de los miembros del consejo de seguridad, siendo ese el caso, ¿Entonces para que hacemos estas reuniones todos los días?
—Entiendo su punto, primer ministro. Sin embargo, autoricé al general a actuar de manera independiente cuando se necesitara. En vez de criticarlo o poner en duda mis decisiones, ¿Por qué no le enseña a su protegido a como diseñar una buena estrategia de guerra?—la ira del rey se sentía mucho más fuerte, por lo que la sala estuvo en silencio—¡Todos salgan!
Los miembros del consejo de seguridad salieron de la sala de conferencias con la velocidad de un rayo, sabían que cuando el rey estaba enojado era mejor esperar a que se calmara. La mayoría decidió esperar en la sala de espera del batallón y solo unos cuantos decidieron salir al jardín.
—¿Quiénes se creen que son?—se preguntó por lo bajo mientras se masajeaba las sienes—Henry, amigo mío, si se han puesto así y solo llevamos una hora de reunión, no me quiero imaginar como se pondrán con lo que se viene.
—¿A qué se refiere, su majestad?—cuestionó con mucha preocupación.
—Nuestros espías en Karmin nos enviaron información nueva—contestó extendiéndole un archivo con muchas páginas—esto es malo... muy malo.
La misma palidez que tenía el rey se le fue transmitida a Henry, quien leía horrorizado la información de aquellas páginas. Si lo que estaba frente a sus ojos era cierto, lo que se venía por parte del imperio de Azuri sería monstruoso.
—Henry, si tu maga es tan poderosa como para ser capaz de crear cosas tan descomunales como el coloso, entonces la necesitaremos para que nos ayude a evitar un genocidio—dijo observándolo con los ojos muy cansados—ella sería nuestra última esperanza, ¿Puedes traerla para hablar con ella?
—Sí, señor—contestó para luego levantarse, hacer una reverencia y marcharse del batallón.
Su corazón se aceleraba con cada paso que daba, jamás llegó a pensar que Azuri fuese capaz de tal barbaridad y todo por dominar y obligar a los demás pueblos a someterse a un dios que había muerto hace años. Debía llegar con rapidez a su mansión, solo tenían cuarenta y ocho horas antes de que la mitad de la población argelina fuera erradicada. La única persona que podía salvarlos era la maga moribunda que descansaba en esos momentos.
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Comments
Marina Hinostroza
ayy señor... qué pasará 😧
2023-10-25
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