A medida que avanzaban a la frontera norte de Argeli, donde se ubicaba la mansión del general así como el campo de batalla, tuvieron que detenerse en una pequeña posada a las orillas del rio Lena.
Una vez que el general pagó las habitaciones tanto para el, su ahora esposa y sus sirvientes, se encerró a descansar. La noche sería larga, en especial por la época de lluvias, por lo que prefería dormir todo lo que podía antes de volver a sus labores.
Las sirvientas que habían sido designadas a la maga, la habían acompañado hasta su habitación. Luego de prepararle la bañera, se dispusieron a quitarle la ropa. Sin embargo, un poco incómoda por la situación, Claire las detuvo enseguida.
—Pero, señorita, debemos ayudarla. Ese es nuestro trabajo—intentó calmarla, la mayor de las dos sirvientas.
—Lo sé y se los agradezco. Pero quiero bañarme por mi misma. No obstante, me gustaría que me ayudaran trayendo un poco de comida. Tengo un apetito muy feroz—respondió intentando que las sirvientas calmaran su actitud.
Sin poder hacer más, ambas hicieron una reverencia y salieron rumbo a la cafetería en búsqueda de comida. Una vez Claire quedó sola, se dispuso a cerrar con seguro la puerta. Le daba gracias a los dioses que aquel cuarto solo tenía una pequeña ventana con una cortina bien frondosa, de modo que nadie la vería desvestirse.
Poco a poco, con una debilidad muy evidente, comenzó a sacarse su vestido. Estando desnuda y frente al espejo que había al lado de su cama, comenzó a observar las múltiples razones por la que no quería que nadie viese su desnudez.
—¡Por el gran dios Aion, si que eres horrenda!—se reclamó mientras pasaba su mano por las diversas cicatrices que tenía su cuerpo.
La mitad de su torso estaba cubierto de quemaduras de cigarrillos y la otra mitad por latigazos. Su brazo izquierdo poseía una protesis que iba desde su codo hasta su mano, mientras que su brazo derecho estaba negro por una enorme quemadura. Su pierna derecha también tenía una protesis, aunque solo en su pie, y su pierna izquierda tenía inscrita múltiples runas malditas que la hacían tener un dolor extremo en las noches.
—Solo necesito su calor—dijo en un pequeño susurro, recordando la calidez que había sentido provenir del alma del general—mientras no seas un obstáculo para el, todo irá bien. ¡Haz tu trabajo!
Luego de recordarse varias veces la razón por la que estaba al lado de Henry, procedió a bañarse antes de que las sirvientas volviesen. La noche pasó entre truenos y fuertes brisas, hasta que la tormenta se detuvo a eso de las ocho de la mañana. Ya listos para partir, el carruaje siguió su rumbo a la frontera norte.
Mientras Claire observaba una carpeta con muchos de los documentos que le habían entregado para contextualizarse acerca de la situación tan fea que vivían en aquel lugar, Henry no dejaba de observarla.
—¿De dónde eres?—preguntó realmente como una pregunta al aire.
—De ningún lugar, señor—respondió sin apartar su vista de los papeles—hace diez años Sir Arthur me encontró desmayada a las orillas del Río Lena, cerca de la ciudad de Turín. No recuerdo nada antes de aquello, pero Sir cree que pude haber tenido un accidente mientras viajaba.
Después de eso no siguió indagando más. Si bien investigaría más a fondo a la que ahora era su esposa, al menos tenía un parte de tranquilidad de que no tenía a nadie detrás de ella moviendo los hilos; sin embargo, si resultaba traicionarlo no dudaría en degollarla.
El silencio invadió por una hora el carruaje, mientras Claire terminaba de leer todo el archivo. Una vez cumplió su tarea, colocó los documentos a un lado y se estiró un poco del cansancio.
—Entiendo todo lo que está ocurriendo en la frontera norte. Por lo que analicé, lo más urgente es evitar que el ejército de Azuri estalle una presa que hay cerca de un casco rural—dijo observando directo a sus ojos.
—Mis hombres han intentado que el ejército no llegue a la presa, pero sus magos nos superan en fuerza. Es cuestión de una semana antes de que entren en territorio de Argeli. ¿Crees poder hacer algo al respecto?—preguntó un poco preocupado, estaba cansado de tener que ver más sangre derramada.
—Apenas lleguemos a su territorio, general, lléveme de inmediato a la presa—respondió sin decir alguna palabra más.
El tiempo pasó con lentitud, el día le parecía extremadamente largo. Había hecho varios viajes largos de un extremo de Argeli a otro, y aunque tuvieran cristales de velocidad integradas a las ruedas del carruaje, seguía sintiendo todo demasiado lento.
—¿General?—escuchó a Claire llamarlo.
—¿Qué ocurre?—preguntó aun inmerso en sus pensamientos.
—¿Puede prestarme su mano?—pidió sin pena alguna.
Si bien era cierto que el trato para su colaboración involucraba aquello, aun le parecía extraño. No obstante, no mostraría su falta de entendimiento. Tomó su mano derecha y sacó su guante, luego la extendió a la joven maga.
Claire estaba atontada ante lo que estaba sintiendo, tan solo un simple toque de la mano de aquel hombre y un brillo muy cálido comenzaba a emanar de el y calentar su fría existencia. No amaba al general, eso era seguro. Pero lo deseaba, su existencia le traía felicidad a su vida o al menos lo que fuera que tenía su alma que la encantaba tanto.
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Comments
Marina Hinostroza
Realmente me da mucha tristeza, pobre chica, que es lo que pudo haberle pasado
2023-10-25
7
Sonia de la Torre
Prefiero seguir pensando que tuvo un accidente, no quiero ni imaginar lo que sufrió y quién se lo hizo 🫣
2023-09-16
2
Lorena Larios
Claire debe haber sufrido
2023-06-20
0