Con debilidad, se levantó de donde se había sentado. Cada que materializaba cosas tan grandes sentía que iba a morirse en cualquier momento, y si a eso sumaba el dolor que le ocasionaba las runas malditas que tenía en su pierna, estaba segura de que no pasaría una buena noche. Si bien no moriría, por lo menos no ese día, en situaciones como esas siempre se preguntaba cuando su alma sería reclamada por fin por las campanas de Caronte y llevada por las corrientes del río del más allá.
—¿Puedes ayudarme a entrar?—le preguntó al autónomo, quien asintió.
Aunque gracias a la barrera que desprendía el coloso, el viento había bajado de intensidad, aún se seguía sintiendo. Sin embargo, podía irse del lugar con la certeza que ningún barco azuriano podría ingresar a la ciudad. El autónomo la llevó a la oficina del antiguo encargado, para que pudiera recobrar un poco de fuerzas. Sus sistemas detectaban que la presión de la mujer estaba muy por lo debajo de lo normal.
—¿Desea que le traiga algo dulce?—dijo una vez la sentó en el sofá del despacho.
—No, lo dulce no me servirá. Solo necesito dormir, pero gracias por ser amable—respondió muy pálida pero con una sonrisa.
—No hay de que, estamos para serviles—exclamó luego de una reverencia.
—Déjanos solos—ordenó Henry.
Cuando observó que el autónomo había salido de la oficina, se sentó al frente de la maga. Con las piernas y brazos cruzados, se quedó mirando su semblante por un buen tiempo. Aquella maga despertaba su curiosidad a más no poder, pero temía que muriera sin antes darle una verdadera victoria.
—¿Te estás muriendo?—lo directo de su pregunta fue una daga dolorosa para Claire.
—Todos nos vamos a morir algún día, general. Lo que no sabemos cuál es el día exacto—respondió intentando desviarse de aquel tema—tome esta corona y ocúltela bien. Permitirá a su portador controlar al coloso a voluntad.
Henry tomó la corona que la débil chica le extendía. La pieza estaba adornado con bellos cristales de cuarzos que brillaban con un resplandor sobrenatural. Como si la corona tuviera una batería continua que le diera energía ilimitada. Enseguida recordó el mecanismo similar a los automóviles que habían creado en el antiguo Karmin y que lo había posicionado como una de las naciones más avanzadas en cuanto a la tecnología, dejando atrás su imagen de época antigua.
—¿Eres una tecno maga?—preguntó después de detallar por varios minutos la corona.
—Bueno, no pudiera decir eso al 100%. Los tecno magos y los magos de la materia tienen un punto en común, somos inventores a pasión—respondió subiendo sus pies al sofá—puede decir que somos como primos.
La maga observaba con una sonrisa el rostro lleno de curiosidad de su esposo. Le hacía recordar mucho a como reaccionaba Sir Arthur cuando la entrenaba, muchas veces hasta lo hacía caer de la sorpresa. Aunque con Henry no llegaría hasta ese punto, le causaba un poco de risa ver como sacaba de su zona de confort al general.
—Sabes que al entregarme esto, ya no te necesitaré. Ya que puedo controlar al colosal, sin tu ayuda. Siendo así, ¿Por qué me entregas tu seguro?—enfrentó sin tapujos a la chica.
—Porque aún me necesita, de lo contrario, después de haber materializado al coloso y puesto una barrera en toda la ciudad, usted me hubiera asesinado—respondió mientras bostezaba—quiero que usted entienda que yo no tengo segundas intenciones. Tampoco lo traicionaré, estaré con usted hasta el final. Aunque tenga una actitud desgraciada, sé muy bien cuál es mi posición—extendió su mano para tomar la de Henry y entrelazó sus dedos en ella—lo único que deseo, general, es a usted.
Luego de aclarar su accionar a Henry, se quedó dormida sosteniendo su mano. La maga no solo le hacía dudar sobre todo lo que pasaba, también lo sacaba de lo que siempre había creído. Le costaba creer que alguien hiciera algo de manera desinteresada, aun sabiendo que podía morir en el intento. También no entendía la razón por la cual su mano brillaba cuando era tomada por Claire. En definitiva seguiría manteniéndola cerca de él, no solo porque la necesitaba para tener una ventaja en la guerra, también porque quería descubrir más acerca de esa extraña calidez que ella sentía y ese brillo que supuestamente emanaba su alma.
—Uriel—dijo en voz alta.
De la oscuridad que había en la oficina, un extraño hombre salió. Vestía una armadura medieval que no dejaba ver ni un atisbo de su rostro y una túnica roja con el emblema de la familia del general.
—Esconde la corona en las bóvedas subterráneas, pídele a Gabriel que la proteja y no permita que nadie se le acerque—el extraño tomó la corona, hizo una reverencia, y desapareció de la misma forma que había sido invocado.
Henry se levantó del sofá. Tomó a Claire en sus brazos y salió de la oficina rumbo al carruaje que los estaba esperando para llevarlos a su mansión. Los siguientes días serían duros, había mucho trabajo por hacer, pero tenía una leve esperanza de que con la maga a su lado, la situación cambiase para bien.
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Sandra Martinez
la curiosidad del general lo llevará a descubrir que lo que a simple vista ve en la maga puede ser una ilusión que le dará una sorpresa
2023-07-16
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