Cedrik

Cedrik acababa de despertar. Era otro día en su vida tan abarrotada de estudios. Estaba pronto a graduarse, solamente debía presentar su tesis y todo estaría listo.

El joven de veintidós años tenía varios planes en mente: el primero era completar sus estudios y el segundo recompensar a sus padres por todo su sacrificio.

El corazón del chico parecía ser amplio y agradecido. En especial con su familia, quienes no dejaban de verlo con orgullo.

Sus orígenes no eran ostentosos, sino, por el contrario, bastante humildes. Siendo el mayor de cuatro hermanos, Cedrik tenía como objetivo convertirse en un motivo de inspiración para sus hermanos menores.

Quería superarse y demostrarles que sí se podía lograr con la suficiente constancia.

Desde temprana edad aprendió lo que era el trabajo y cómo ganarse el pan de cada día con su propio esfuerzo. Cedrik no tuvo todo al alcance de su mano, muchas cosas le faltaron durante su niñez y adolescencia, pero ese no fue motivo para desmotivarse y abandonar sus estudios, por el contrario, fue su motor para ser el más resaltante de su clase en cada año.

Cedrik quería superarse y estaba a tan solo un paso para conseguirlo.

—Lo sé, tío. Discúlpame con la señora Erika, por favor—habló el joven al teléfono—. Estaré allí el día de mañana, eso seguro—luego de decir aquello colgó la llamada.

Mañana tendría su primera tutoría y la expectativa bullía velozmente por sus venas. Necesitaba ese dinero extra y si no se había presentado antes era porque sus responsabilidades universitarias no se lo permitían.

Solo esperaba que la jovencita a quien debía de enseñar, no fuese otra más de aquellas niñas estiradas y antipáticas que sobraban en la universidad a la que asistía gracias a su beca.

Cedrik estaba cansado de lidiar con ese tipo de gente.

[...]

Isa caminaba distraída por los pasillos de aquella gran mansión.

—¡Señorita, Isa!—escuchó la joven que la llamaron.

La aludida volteó al reconocer aquella voz tan familiar. Se trataba del amable señor Girgma, con quien solía pasar gran parte de sus mañanas.

—¡Señor, Girgma!—saludó la castaña de forma cálida.

En ese tiempo compartido le había agarrado mucho aprecio al amable hombre. Girgma a parte de ser el jardinero, también se había convertido en su amigo. Un amigo que no dejaba de darle consejos y contarle de sus maravillosas experiencias a lo largo de su vida.

—La he estado buscando, señorita—confesó el hombre un poco agitado—. Mi sobrino ha venido para ayudarle con sus clases, ¿lo recuerda?

Isa parpadeó un par de veces procesando aquella información. De repente la evocación de una conversación en específico llegó a su confundida mente. A veces la joven podía ser muy olvidadiza.

—¡Sí, lo recuerdo!—dijo exaltada, como si fuese algo de suma importancia lo que acababa de recordar.

El amable señor le había comentado que su sobrino, estaba pronto a graduarse de la universidad como educador. Aparentemente, el joven, tenía una fuerte vocación por la docencia.

—Es él—señaló Girgma.

Un joven de cabello corto y ondulado, dio algunos pasos al frente. Isa quedó sorprendida, detallando atentamente el color negro de su pelo. Era un negro tan intenso, que pareció perderse al contemplar los mechones de su cabello.

—Un placer, señorita Isa—el mencionado extendió su mano con galantería—. Mi nombre es Cedrik Osamu—se presentó el chico.

A pesar de que la joven se encontraba asombrada, puesto que, se había imaginado a un muchacho completamente diferente, correspondió rápidamente al saludo.

—Muchas gracias por haber venido hasta aquí para ayudarme con mis estudios—agradeció Isa de manera atenta—. Prometo dar mi mayor esfuerzo, para que el tiempo de tutoría sea el mínimo—se comprometió decidida.

Instantes antes de que el señor Girgma la encontrará, había pasado gran parte de la mañana en la biblioteca. Isa llevaba justo en ese momento, un par de libros que había tomado de la misma, con la finalidad de repasarlos.

—Veo que ya has empezado—apuntó Cedrik, notando entonces las manos ocupadas de Isa.

—Oh, sí—contestó ella con una sonrisa.

Girgma noto la maravillosa química que parecía existir entre ellos.

—De acuerdo, jóvenes. Los dejaré solos para que se pongan al día—se despidió el jardinero.

Los dos jóvenes se quedaron solos, de pie uno frente al otro. Isa pudo notar entonces que su nuevo tutor era un muchacho bastante joven. Al parecer le llevaba alrededor de un par de años o, al menos eso parecía.

Cedrik era un chico bastante guapo. Sus ojos esmeralda tenían un tinte de misterio, el cual captó rápidamente la atención de la muchacha, quien se quedó un par de segundos detallándolos o más bien intentando descifrarlos.

Ésto no pasó desapercibido para el joven, quien arqueó una ceja ante la perplejidad de la chica. Isa sintió su cara enrojecer al verse descubierta en su curiosa inspección.

A veces era demasiado curiosa. Aquel era un defecto que no había podido domar en sus dieciocho años de vida. La curiosidad parecía ser un rasgo fuerte de su personalidad extrovertida.

—P-por favor, acompáñeme—mencionó ella con disimulo, interrumpiendo la tensión que parecía haberse apoderado del ambiente en ese momento. Aunque esa tensión no era para nada desagradable, todo lo contrario, era bastante llamativa.

Así fue entonces, como ambos jóvenes llegaron a ocupar un pequeño estudio en aquella casa. Ellos no perdieron más tiempo y se pusieron de inmediato a tratar los temas más básicos.

Isa se sintió complacida por los avances realizados. Se le hizo muy cómodo el tiempo de tutoría, puesto que, Cedrik además de tener gran destreza para explicar de una manera que fuese entendible, se portó muy caballeroso y amistoso con ella.

Al parecer había hecho un nuevo amigo.

Luego que culminaron sus clases se despidieron y acordaron verse dos veces por semanas. Martes y viernes propuso él, ya que eran los días que tenía menos ocupados. A Isa le pareció perfecto dicho horario. Más tarde le informaría a su prima sobre sus nuevas clases y cómo serían las mismas costeadas.

Ese martes antes de dormir, Isa deseo que los días transcurrieran rápidamente, para que así el viernes llegará en menos de lo que dura un parpadeo para poder ver nuevamente a Cedrik.

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