Las paredes de aquella mansión eran altas y elegantes, las mismas se encontraban decoradas con miríficas obras de arte, de artistas de fama emblemática.
A veces le daba la impresión de estar encerrada en una prisión con barrotes de oro. Una que ella misma había escogido y, que quería convertir en su santuario, sin embargo, aquello parecía ser simplemente una fantasía, porque su esposo no era ningún santo…
—Deberíamos intentarlo—señaló la mujer con vaga esperanza.
—No pienso cumplir ninguna más de sus exigencias—habló Heinrich, refiriéndose a su padre.
Erika suspiró.
Ella no quería que lo viera simplemente como un requisito que debía ser cumplido. Quería que lo viera como la posibilidad de sacar a flote aquella farsa de matrimonio.
—Esto no solo se trata de la empresa—dijo.
—¿No?—el hombre la escaneó lentamente por unos segundos que parecieron interminables.
—No, se trata de nosotros y de…
—¿De nuevo con eso, Erika?
Heinrich Müller dio un paso al frente. La mujer quedó muda ante su intensa mirada, y ante la frialdad característica desbordándose de sus ojos.
—¿Nosotros?—preguntó pasando uno de sus largos dedos por su cuello.
Aquel contacto podría parecer una caricia, pero Erika sabía que no era así, era la antesala para algo peor y ya no se sentía tan valiente.
—No existe ningún nosotros—la voz de Heinrich salió como una cachetada, fuerte y cruda.
La mujer soltó un alarido de dolor, cuando sus largos dedos se enredaron en su cuello. De nuevo se había ido y había dejado en su lugar al monstruo que tanto miedo le tenía. Aquel que no dejaba de mirarla con disfrute, mientras luchaba por obtener un poco de aliento.
Los segundos se volvieron interminables. Hasta que finalmente la soltó de un movimiento brusco dejándola libre, pero también dejándole en claro que no existía ni existiría nada que los uniera más allá de un simple papel firmado.
Erika regresó a su habitación con sus ojos aguados. No se consideraba una mujer sentimental ni débil, pero su corazón no dejaba de sufrir por los constantes desprecios de su esposo.
Sin embargo, no siempre fue así. Hubo un tiempo donde las cosas parecieron fluir, dónde se sintió conectada a aquel hombre… El sexo siempre había sido satisfactorio y parecía ser la única fuente de enlace entre ellos. Aunque de un tiempo para acá aquellos encuentros se volvieron mínimos y su indiferencia se volvió más evidente.
A veces se sorprendía a sí misma justificando todos sus desplantes, disculpando sus faltas de respeto. Sabía que la carga que pesaba sobre sus hombros era grande, debía mantener su corona a como diera lugar.
Erika también sabía que existían otras razones, unas mucho más profundas. Un día lo descubrió por mera casualidad, fue un accidente… Aquel frasco de pastillas le dio a entender que algo no marchaba bien con su marido, al menos no a nivel mental.
Desde ese momento comenzó a prestar más atención a sus reacciones, pudo apreciar al Heinrich centrado que sabía solucionar los problemas con suma tranquilidad, y también pudo conocer al Heinrich que tenía instintos más maquiavélicos.
Ella un día trató de preguntar, sin embargo, el hombre de mirada fría le dejó en claro que no debía meterse en sus asuntos.
—¿Te gusta hurgar en mis cosas, Erika?—había preguntado Heinrich con una sonrisa siniestra.
Erika ese día descubrió de primera mano el alcance de su lado más inhumano. Otra en su lugar hubiese huido, hubiese corrido para escapar muy lejos de sus garras, sin embargo, ella no lo hizo. De igual forma, estaba dispuesta a lo que sea con tal de mantener su corona en su sitio. Aquella corona que le había otorgado el simple hecho de ser su esposa y que ella había aceptado en el altar…
[...]
Cuando la mujer despertó ese domingo, no se sorprendió de encontrarse sola en la cama. Aquello era algo a lo que se había acostumbrado en ese tiempo, sin embargo…
—¿Dices que no durmió aquí?—cuestionó Erika a la empleada del servicio.
—Así es señora—confirmó la mujer su duda.
Erika soltó un resoplido, frustrada. Nuevamente, su esposo se había ido a pasar la noche con otra mujer. Aquella era otra de las cosas que ya no le sorprendían, pero sí le escocían el alma.
De regreso a su habitación se miró con atención en el espejo. Sus rizos rojos estaban completamente alisados y sus ojos verdes relucían igual que un par de esmeraldas. Le gustaba su apariencia. Era precisamente gracias a su belleza que había podido llegar tan lejos, sin embargo, la misma en esta ocasión no parecía ser suficiente.
Al menos no para su esposo.
La mujer salió de sus cavilaciones, cuando el sonido de su móvil la distrajo de sus pensamientos. Erika miró un momento el número que titilaba en la pantalla, se trataba de un número proveniente de Suiza…
—¿Diga?—contestó la llamada.
Hubo un instante de silencio antes de que se escuchará una voz femenina:
—¿Prima?
Erika abrió sus ojos de forma desmesurada, esperaba cualquier tipo de llamada, menos una proveniente de la familia que había abandonado en el pasado.
—¿Isa?
A pesar de los años transcurridos no le quedaban dudas de que aquella voz pertenecía a su pequeña prima. Un sentimiento de añoranza se instaló en su corazón, cuando la persona al otro lado confirmó sus sospechas.
—Murió, prima—el sollozo de la chica se escuchó desgarrador—. Murió la abuela, prima. Ya no está, se ha ido para siempre—recalcó el motivo de su llamada.
La mente de Erika quedó completamente en blanco. No había tenido la mejor relación con su abuela Sylvia, sin embargo, aquello no negaba el hecho de que había sido importante en su vida. Era la única persona que cuidó de ella, porque realmente la había apreciado.
—Estoy sola de nuevo—murmuró la joven tras la otra línea.
—No estás sola, Isa. Me tienes a mí—respondió Erika con el corazón en la mano.
Una lágrima se deslizó de su mejilla, mientras procesaba la información del fallecimiento de su abuela. Su pequeña prima Isa, había quedado huérfana desde muy pequeña y ella no pensaba dejarla sola.
—Isa, ven conmigo—propuso de repente, sin darse cuenta.
—¿Contigo?—la chica se sorprendió.
—Sí—confirmó ella—. Te enviaré dinero. Ven a vivir conmigo, Isa—invitó.
Un corto "sí" fue toda la respuesta que obtuvo.
Cuando la llamada terminó, Erika se permitió llorar a sus anchas. La mujer no solamente lloraba por su abuela muerta, sino que aquella noticia pareció ser el detonante para que el dolor saliera desbordado en forma de lágrimas.
Sin embargo, luego de que las lágrimas se secaran, se percató de que aquella llamada representaba una nueva posibilidad… Isa, el nombre de su prima era corto, pero estaba cargado de esperanza.
Ella era la respuesta que tanto necesitaba. La solución a su problema y aquella luz que guiaría su camino.
¿Podría Isa prestarle su vientre en alquiler?
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