—Heinrich, somos personas inteligentes—la mujer acababa de adoptar su papel de negociante—. ¿No crees que esto sería más fácil, si tú también pusieras un poco de tu parte?
La expresión de Heinrich no cambió en lo más mínimo. El hombre únicamente la veía con atención, esperando que dijera lo que sea que tenía para decir.
—Créeme, te conviene más la imagen de esposo abnegado y padre de familia—explicaba Erika, confiada—. Aunque tu padre y la mayoría de los accionistas, te tengan en buena estima, sabes perfectamente que pueden cambiar de opinión con mucha facilidad.
—No me importa lo que piensen de mí, esa bola de viejos incompetentes—soltó el hombre con sorna.
Aquella cuerda de vejetes le tenía sin cuidado…
—Debería importarte.
—Ya he demostrado ser lo suficientemente competente. No existe nadie mejor para el puesto que yo—refutó Heinrich con entera confianza.
Él no quería tener que utilizar otros métodos para convencerlos, pero aun así, se le ocurrían un par de ideas para que aquellos viejos en corbata no dudarán de que solamente él era el digno para ocupar aquel puesto.
—Lo eres—concedió Erika—. Pero te falta algo que te dé estabilidad y tu padre lo sabe.
—¿Estabilidad?
—Tengamos un hijo—la mujer se había acercado de manera melosa, y había empezado a acariciar el pecho de su marido.
¿Hijo?
—Tu padre estará contento y finalmente nadie dudará de tu buen juicio—Erika susurraba todas las razones por las cuales aquella era una buena idea.
Por primera vez pudo ver en los ojos de su esposo que lo estaba considerando. No pudo evitar sonreír complacida ante la posibilidad de ser madre.
—Isa puede ayudarnos—le dijo.
Y como si le hubiese salido una segunda cabeza, el hombre la había mirado de una manera bastante extraña…
[...]
Cuando Isa se despertó aquella mañana se sintió inmediatamente incómoda. No pudo escuchar el canto de los ruiseñores al pasar por su ventana, ni mucho menos sintió el aroma fresco del lago llegar a sus fosas nasales. En su lugar había una esencia aromática que envolvía la espaciosa habitación, pero que, a pesar de ser agradable a su olfato no era lo que su instinto buscaba con añoranza.
Nuevamente, pensó en su abuela y en el sonido de su voz por las mañanas. También pensó en la anciana mujer parándose apresurada a preparar el desayuno, y pensó en ella con su pijama desgastada siguiéndole los pasos para ayudarla. Más que pensamientos, aquellos eran recuerdos de su antigua vida. Una vida que había quedado en el pasado, y que había enterrado junto con su preciada abuela.
Ahora debía adaptarse a una vida diferente, una vida rodeada de lujos, con extensas cortinas que adornaban las ventanas, las cuales ya no le daban una amplia vista del lago ni de las montañas, ahora…
Isa sonrió al ver que aquel par de ventanales le dejaban ver el bello jardín de aquella casa.
—Es hermoso—se maravilló la joven y rápidamente quiso cambiarse de ropa y explorar aquella pequeña porción de naturaleza.
A los pocos minutos, una Isa apresurada bajaba las escaleras. La joven en realidad no tenía idea de cómo llegar al jardín, pero aquello no fue impedimento para aventurarse en recorrer los extensos pasillos.
Afortunadamente, se encontró con un hombre amable de edad avanzada. El señor Girgma se presentó, informando de inmediato que él era el jardinero de aquella casa. Isa no dudó ni un segundo en ofrecer sus servicios para ayudarlo en cada mañana.
—Pero… señorita, usted no puede hacer algo como eso.
—¿Por qué?—preguntó ella con inocencia.
—Tengo entendido que es la prima de la señora, no se vería bien que hiciera este tipo de trabajos—explicó el hombre con paciencia—. Eso es solo responsabilidad del personal, señorita.
—Solamente quiero ayudar, no creo que mi prima se moleste—sonrió la joven con dulzura.
Girgma se quedó impresionado de la bondad que parecía habitar en el corazón de aquella joven. La sencillez de su propuesta y aquella emoción que parecía embargarla ante la idea de ayuda en tareas tan tediosas, le hizo sentir cierto grado de admiración por ella.
—Acompáñeme le mostraré dónde queda el jardín—concedió el jardinero avanzando con la joven siguiendo de cerca sus pasos.
De esa manera, Isa dio un paso más en su camino de adaptación a su nueva vida. Una vida que empezaba a parecer genial y no solamente por no tener las preocupaciones del día a día—respecto a aspectos como la comida y otras necesidades básicas—, sino que además podía sentirse útil.
—¿Es cierto que has estado ayudando en las labores domésticas?
Isa asintió, no tenía caso ocultarle aquello a su prima.
—Isa, no te traje aquí para esto.
—Lo sé, pero…
—No deberías hacer algo que no te corresponde, tengo mejores planes para ti—Erika relajo su semblante—. ¿Te parece si retomas la escuela?
La joven no pudo ocultar la emoción que se apoderó de ella con aquella simple cuestión.
—¿En serio?
—Claro.
—¡Me encantaría!—dijo entusiasmada.
Había tenido que abandonar sus estudios para trabajar cuando su abuelita enfermo. Ahora tenía la posibilidad de retomarlos nuevamente y sentía que aquello era algo que anhelaba hacer desde hacía mucho tiempo.
—¿Cuándo empiezo?
—Ya casi acaba el ciclo escolar, pero podrías comenzar para el siguiente—explicó su prima—. ¿Te parece si te consigo un tutor para que te ayude a ponerte al día mientras tanto?
Casualmente, el sobrino del señor Girgma estaba a punto de graduarse de educador, por lo que pareció ser la mejor opción para ocupar aquel puesto. Pero las tutorías no iniciarían hasta la próxima semana, mientras tanto Isa seguía conociendo un poco más de aquel joven gracias a las palabras de su tío, quien solía hablar muy bien de él.
[...]
Isa se encontraba junto a su prima en una de las boutiques más lujosas de la ciudad de Munich. Era un lugar elegante y con un amplio exhibidor de vestidos.
—Señorita, pruébese éste—le indicó una de las asistentes de aquella tienda.
Erika la miró expectante, invitándole también a hacerlo.
—Se ve muy costoso—dudó.
—Basta de peros, Isa. Ya hablamos—recordó su prima.
Sintiéndose aún insegura al respecto, aceptó probarse aquel hermoso vestido color lila. Al entrar al probador, le resultó inevitable no pensar una vez más, en lo que había presenciado hace un par de días.
Estaba casi convencida de haber visto al esposo de su prima, agarrándola del cuello en el momento en que entró a la habitación. Aunque la imagen de esa noche era cada vez más borrosa, algo en su interior le decía que no se estaba equivocando. Ella no sabía nada sobre asuntos de parejas, pero su abuela le había hablado un poco sobre el tema.
—Isa, eres joven y hermosa—le había dicho su abuelita, mientras ambas se encontraban sentadas bajo la sombra de un cerezo—. Sé que un día conocerás a un hombre del cual posiblemente te enamores—la mirada que la anciana le regalaba en ese momento era de comprensión y afecto—. Te casarás y formarás una familia. Y aunque ahora sientas que lo único que quieres para el resto de tu vida, es permanecer a mi lado, debes comprender que un día yo dejaré de estarlo.
Una lágrima resbaló por su mejilla. Una parte de aquellas palabras se habían cumplido. Y como le había dicho ese día, ella se había marchado para nunca más regresar. De esa tarde de aprendizaje con su abuela, le habían quedado un par de lecciones:
—Isa, debes verte a ti misma como una delicada flor, una flor que debe ser cuidada y admirada. Si un día consigues a una persona dispuesta a regarte y cultivarte con amor, entonces siéntete libre de casarte con ese hombre.
Ésa era su perceptiva del matrimonio. La de dos personas dispuestas a cuidarse y amarse mutuamente. Era así, como debía de serlo. Tal vez estaba pensando demasiado las cosas. Tal vez solo se había asustado por la imagen de un hombre y una mujer a punto de besarse. Sí, tal vez había visto mal. O eso quería creer.
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Comments
Carmen Corona
esto está muy intersante
2023-02-23
5