Atención

Heinrich continuó con su camino a pasos lentos, mientras no dejaba de pensar en la jovencita que acababa de ver. La prima de su esposa le parecía peculiar, su mirada asustadiza de alguna manera despertaba su instinto más primitivo. O tal vez debía decir, su otro yo. Aquella personalidad que trataba de mantener a raya para que no le trajera problemas con su padre ni con sus futuros planes.

El Heinrich más siniestro quería interponerse, podía sentirlo acechando las paredes de su conciencia. Instándole a cometer un par de locuras, a hacer cosas que incluso para él en su lado más desinteresado, podrían resultarle aterradoras.

Nuevamente, las palabras de Erika resonaron en su cabeza.

¿Un hijo?

¿De verdad tendría que engendrar un mocoso para que su padre lo dejara en paz?

Era tan ridículo, que de alguna manera no pudo evitar reírse.

Sandeces.

Él no iba a cumplir ni uno más de los caprichos de su padre, aun cuando la idea de hacerle un mocoso a aquella muchacha le atrajera un poco.

Curiosidad, podría decirse, sentía curiosidad de saber que mezcla formarían sus fuertes genes en conjunto con los de alguien tan débil.

«No te quedes con las ganas. Solo hazlo.»

—No pienso hacer nada—dijo Müller a nadie en particular, mientras subía a su auto.

Los gemelos Yadav lo seguían de cerca en un auto aparte.

Heinrich no podía darse el lujo de estar sin protección, aunque el lado más oscuro de su vida estuviese oculto, eso no implicaba que no tuviese una larga lista de enemigos. Enemigos que no conocían su verdadera identidad, sino que mantenían cierta sospecha.

Müller era muy precavido a la hora de llevar a cabo sus negociaciones, su identidad era algo que protegía con gran recelo, puesto que una parte de su ser, aquella que insistía en ser buena no quería causarle una decepción semejante a su padre.

Hermann no tenía ni la menor idea de la joyita que tenía como hijo. El hombre creía que su primogénito era un joven correcto. Y en parte, Heinrich lo había sido. Sin embargo, no pudo evitar dejarse llevar por aquella parte que se rehusaba a ser buena. Era como vivir en un constante dilema, ¿qué hacer?

Heinrich no lo sabía. Pero en lo que mató a la primera persona se sintió revitalizado e incluso rejuvenecido. La adrenalina corría velozmente por sus venas aclamando para que derramare más sangre, era como una especie de hobbies que acababa de ser descubierto. Y le había fascinado, aparte de tener sexo, matar era su segunda entretención.

Y hablando de sexo…

El hombre maldijo al volante. La imagen de su rubia secretaria le llegó de repente, ese día en su oficina no pudo descargarse como había planeado en un principio. Y sabía cuál era la razón de aquel inconveniente. Las malditas pastillas. No las tomaría nuevamente, buscaría la manera de que su otro yo no saliera a flote sin esas porquerías, a como diera lugar.

[...]

Los días poco a poco se fueron transformando en semanas. Un mes había pasado desde su llegada a esa enorme casa. Desde aquel día de inexplicable tensión en el pasillo, le había tocado ver más constantemente al esposo de su prima. Dos o tres veces por semana compartían la mesa, a la hora del desayuno. Por supuesto no estaban solos, y eso lo agradecía.

Por lo general esa hora de alimentos, transcurría en un completo silencio. En ese tiempo compartido pudo notar que ambos esposos, apenas y cruzaban palabras. Según su prima, eso era algo completamente normal, ya que su esposo, Heinrich, contaba con un carácter bastante hermético e inexpresivo. Y sí, ella también había notado esa particularidad.

Heinrich se mantenía concentrado en atender la información contenida en su tablet, que ni siquiera despegaba los ojos de la misma a la hora de la comida. El hombre siempre se mostraba muy ocupado.

De vez en cuando había sentido la mirada de Müller sobre ella. Y las pocas veces en que tuvo el valor de voltear y comprobar si realmente la observaba, había descubierto aquella mirada penetrante viéndola como si se tratara de un bicho raro.

Pero esa no habían sido las únicas oportunidades en la que se había sentido observada. En algunas ocasiones se había topado con el hombre, subiendo las escaleras mientras él las bajaba, o de camino al jardín, y en todas y en cada una de ellas, él la miraba como si intentará descifrar algo en su persona.

Luego de esos extraños sucesos, solía correr a su habitación y estudiar su imagen en el espejo durante horas.

¿Qué tenía de raro?

¿Por qué verla lo molestaba tanto?

¿Acaso era su color de cabello?

¿Su atuendo?

Realmente sentía que nunca iba a poder agradarle al esposo de su prima, y eso en parte la desanimaba.

Pero a pesar de ese sentimiento de desánimo, había procurado poner su mente en otras cosas. Su prima le había hablado de la posibilidad de estudiar y se sentía muy emocionada al respecto. Había tenido que abandonar la escuela, cuando su abuelita enfermó y ahora tenía nuevamente la oportunidad de retomarla.

Sintiéndose positiva nuevamente salió de su habitación. Era de tarde, y estaba pronto a anochecer. Tenía ganas de hacer algo y se le ocurrió que tal vez podría ayudar en la cocina. Isa se dirigió a la misma, pero al entrar se encontró con un ambiente bastante agitado.

—Es la segunda vez que lo devuelve—decía angustiada una muchacha del servicio.

—No lo entiendo. Lo hemos preparado como le gusta—respondió la cocinera.

—Si lo devuelve nuevamente, perderé mi trabajo.

—¿Ocurre algo malo?—preguntó ella preocupada.

—Sí—dijo escandalizada la muchacha—. El señor está muy irritado, creo que va a despedirme—lloraba.

—Ten—una de las ayudantes de cocina, le entregó una bandeja preparada—. Llévalo y esperemos que esta vez sí le guste.

La chica que tenía la terrible tarea de llevar el recado. Limpió sus lágrimas y tomó el encargo en sus manos. Luego de respirar profundamente abandonó la cocina.

Isa no pudo evitar que la curiosidad moviera sus piernas por ella. La joven sin darse cuenta, se hallaba siguiendo a la muchacha que tenía la arriesgada misión. La vio tocar la puerta, la vio entrar y a los pocos minutos la escuchó sollozar. Sintió el fuerte impulso de entrar e intervenir, pero su intención había quedado en el aire, cuando la chica abrió repentinamente la puerta y salió corriendo para huir despavorida.

—Pasa—escuchó la muchacha que le ordenaban.

descargar

¿Te gustó esta historia? Descarga la APP para mantener tu historial de lectura
descargar

Beneficios

Nuevos usuarios que descargaron la APP, pueden leer hasta 10 capítulos gratis

Recibir
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play