Reencuentro

Heinrich arrojó el cigarrillo al suelo con una mueca de molestia. El sabor de la nicotina instalándose en su paladar le proporcionaba cierta tranquilidad, pero no la suficiente, necesitaba de algo más fuerte…

—Más les vale que el cargamento llegué a tiempo a Bélgica—ordenó con voz atronadora a sus secuaces.

Los gemelos Yadav asintieron cautelosos. Eran hombres de pocas palabras, pero de hechos notorios. No en vano se habían ganado la fama de los asesinos a sueldo más respetados de toda Alemania.

El par eran de origen hindú y habían sido reclutados por el primogénito de los Müller en medio de un enfrentamiento con bandos enemigos.

Heinrich se quedó impresionado de las capacidades de combate de aquel dúo, los cuales no solo peleaban cuerpo a cuerpo con gran agilidad, sino que también eran diestros en el uso de las armas.

El hombre abandonó aquel galpón de empaquetamiento de golosinas, el cual fungía de fachada para sus negocios sucios.

Müller tenía un gran obstáculo en su camino hacía la grandeza: su padre. Hermann, estaba empeñado en inmiscuirse en su vida y ponerles trabas en su ascenso en la empresa. Heinrich necesitaba obtener la presidencia a como diera lugar, puesto que, aquello complementaría su fachada perfecta para poder ampliar sus negocios de tráfico de drogas. Obviamente, su padre no tenía ni la menor idea de que su hijo había dejado de ser un joven honrado hacía mucho tiempo, y que en su lugar se había convertido en un ser despiadado.

Un ser despiadado que disfrutaba de matar como si esa fuese su otra naturaleza. Müller luchaba por contener aquel lado sádico y mantenerlo al margen, mientras que su otra personalidad se mostraba como el hijo perfecto y el esposo abnegado.

Cuando el hombre llegó a la empresa de su padre se dirigió directamente hacía su oficina, se sentía estresado y necesitaba un poco de distracción. En su trayecto hacia la misma, fue inevitable no pasar al frente del cubículo de su exuberante secretaria.

Karla sonrió con coquetería y eso fue suficiente para ordenarle sin palabras que lo siguiera.

La rubia cerró la puerta tras de sí con un leve sonido, rápidamente la mujer se ofreció a relajar los músculos tensos de sus hombros, comenzando con una especie de masaje que se transformó en un apasionado encuentro.

La mujer se subió sobre el regazo de Müller y comenzó a batir sus caderas contra su virilidąd, la cual empezaba a despertar con ese roce. El hombre magreó los sen0s de la rubia con rudeza, provocando que de lo más profundo de su garganta emanará un jade0.

En cuestión de segundos la mujer se encontraba desnudą y muy dispuesta en satisfacer todas las perversiones de su jefe. Con un movimiento deliberado, Müller la arrojó de cara contra el escritorio, haciendo a un lado su ropa íntimæ y golpeando con su miembr0 su entrada, pero sin llegar a penetrarl@.

—Por favor—suplicó ella.

El hombre siguió en lo suyo, torturándola. Sus ojos grises se habían oscurecido, mientras detallaba atentamente sus muecas de dolor.

Karla g¡mió cuando jaló de su pelo nuevamente, el agarre era duro y sentía que su cráneo palpitaba ante la cruel maniobra. Aunque, en realidad, ella no se quejaba, puesto que aquel era el trato que estaba acostumbrada a recibir en esos encuentros.

El sex0 siempre era duro. Por lo general, el dolor formaba parte de la jornada, pero las cosas siempre se tornaban placenteras en un determinado momento, el cual en esa oportunidad se estaba tardando demasiado en alcanzarla…

—¡Por favor!—suplicó con mayor fuerza.

Heinrich la empujó otra vez, reduciendo cualquier distancia entre el cuerpo de la mujer y la madera del escritorio. Karla alzó el traser0, deseando sentirse finalmente llena, sin embargo, nada sucedió.

La rubia estuvo a punto de girarse e indagar qué ocurría, pero un fuerte gruñido la hizo olvidar sus intenciones.

—¡Lárgate!—rugió el hombre, echándola de su oficina de manera imprevista.

Karla recogió sus ropas y se vistió como pudo. La rubia cerró con fuerza la puerta de aquella oficina, sintiendo que su dignidad desaparecía con cada encuentro.

Sus compañeras la observaron atentamente con los ojos entrecerrados, sospechando que algo había ocurrido de nuevo. Lo que no sabían era que estaban completamente equivocadas, puesto que Heinrich la había dejado con las ganas.

Evidentemente, ella no iba a dejar que lo supieran. La mujer alzó el pecho y contoneo las caderas. De alguna forma retorcida, se sentía privilegiada de ser la amante de ese hombre, puesto que había que ser todo un icono de la belleza para poder acercársele.

Heinrich Müller era egocéntrico y muy exigente.

Karla mantenía la esperanza de dejar de ser su amante algún día. Ella aspiraba a convertirse en la segunda señora Müller y poder posar sonriente para miles de cámaras…

[...]

Erika se subió al auto, ansiosa. Finalmente, había llegado el día en que volvería a ver a su pequeña prima.

—Llévame al aeropuerto—indicó a su chófer.

El hombre se puso en marcha enseguida. Ella no dejo de ver por la ventanilla del vehículo, tratando en vano de distraerse. Cada minuto que transcurría le parecía eterno, no podía esperar un segundo más.

Habían sido muy cercanas desde que se conocieron. A pesar de la diferencia de edad que existía entre ambas, aquello no había sido impedimento para crear un lazo de hermandad inquebrantable.

Isa había quedado huérfana con tan solo seis años. Sus padres habían muerto en un incendio en una fábrica maderera donde trabajaban, la cual luego del incidente se había hecho responsable de todos sus gastos.

La abuela Sylvia se había convertido en la cuidadora de Isa. La vieja mujer había criado a la niña de una manera muy tradicional. Su primita era una jovencita recatada y muy angelical, completamente diferente a lo que ella era a su edad.

Era por esa razón que la abuela mantenía un carácter fuerte y normas estrictas que debían ser cumplidas. Sylvia no quería que ella terminara convirtiéndose en una mala influencia para su pequeña Isa.

Sin embargo, esa nunca había sido su intención. Ella no había crecido en un ambiente sano, pero tampoco estaba dispuesta a corromper la inocencia de su primita. Realmente sentía un afecto grande por la niña, la cual seguramente se había convertido en toda una mujer.

Erika confirmó aquello cuando vio a la joven correr hacia sus brazos. Su primita ya no era tan pequeña como antes, su cuerpo se había alargado y sus curvas eran prominentes.

Isa se había convertido en una hermosa joven.

—¡Prima!—exclamó con júbilo la chica, lanzando su maleta al suelo para poder abrazarla.

—Mi pequeña, Isa, que rápido ha pasado el tiempo—dijo Erika con ternura, mientras estrechaba más a la chica contra sí.

Las dos mujeres no pudieron contener las lágrimas, eran muchos años sin verse.

—Murió, prima. No volveremos a verla nunca más—Isa parecía muy afectada.

Erika solo pudo abrazarla más, sabía que para ella el fallecimiento de la abuela era un hecho desgarrador. Sylvia se había convertido en su madre, en su amiga y en todo lo que la chica conocía.

Luego de la bienvenida, ambas mujeres se dirigieron a la mansión Müller. Erika había tratado de informarle a su esposo sobre la llegada de su prima, sin embargo, el hombre llevaba una semana entera sin aparecer en la casa.

Ella se había presentado en su oficina para encararlo, pero Heinrich decidió ignorar su existencia nuevamente.

—¡Soy su maldita esposa!—gritó ella, colérica.

No podía creer el descaro que tenía para rehusarle la entrada a su oficina de esa manera.

¿Quién se creía que era?

—Te lo advierto, si no me abres esa maldita puerta, te arrepentirás—amenazó.

—Fueron órdenes directas del jefe—dijo el hombrecito, dejándole en claro que no temía a perder su puesto.

Erika bufó, frustrada. Su matrimonio era un completo asco.

—Es un lugar hermoso—se maravilló Isa, trayéndola de vuelta a la realidad.

—Lo es—asintió Erika.

—¿Y tu esposo?—preguntó la menor viendo hacía todos lados, como si esperara verlo aparecer tras uno de los pilares de aquella casa.

—Él está de viaje—Erika tuvo que inventar una mentira. Simplemente, no quería ahondar en detalles.

Isa se creyó aquello sin chistar, y, por lo visto, el hecho de no tener que conocerlo todavía pareció aliviarla de inmediato.

—¿Tanto te emociona conocer a mi esposo?—ironizó la pelirroja.

La joven le regaló una sonrisa triste, la verdad era que no le emocionaba en lo absoluto. En realidad, ella preferiría estar en otro lugar, dónde únicamente estuviesen las dos.

Isa también quería agradarle al esposo de su prima y no convertirse en una molestia en su matrimonio. Lo que la chica no sabía era que terminaría agrandándole al hombre más de la cuenta…

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Comments

Victoria Ruiz

Victoria Ruiz

agradandole.. jajajajaja

2023-09-22

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