—Mírate, tan indefensa —caminó la enfermera hasta Agatha. Apoyó su mano en la frente de la detective y sonrió—. Tienes más vida que un gato, pero esta vez terminaré yo misma contigo —dijo mientras ingresaba su mano en el bolsillo, de su interior sacó una jeringa— Nunca debiste volver —hincó la aguja en el suero, y vació el contenido de la jeringa—. Esto es por su muerte —miró a la detective con mucho odio.
Agatha abrió los ojos y estiró el brazo como si quisiera alcanzar a aquella mujer.
El cuerpo de la detective de un momento a otro comenzó a moverse con brusquedad, la enfermera, quien ya había guardado la jeringa en su bolsillo, permaneció expectante como Agatha convulsionaba. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. La mujer salió de la habitación y caminó por el pasillo. Antes de dar la vuelta en la esquina, se detuvo para mirar.
Agatha escuchó muchos murmullos a su alrededor y abrió los ojos.
—¿Dónde estoy? —dijo al percatarse que todo estaba oscuro. El lugar en donde se encontraba parecía una especie de caja, una caja infinita. Cuanto más caminaba, más frío hacía. Ella se abrazó a sí misma para mantener su calor corporal.
A la distancia ella pudo advertir una línea vertical luminosa. Agatha se acercó lo más rápido posible hasta aquel lugar, y extendió su brazo tembloroso hacia aquella extraña cosa. Su mano sintió como si tocara una pared o tal vez una puerta. Ella empujó el muro. La extraña puerta se abrió. Ella cruzó al otro lado y se transportó a sí misma en una sombría habitación—. Este lugar me parece familiar —se dijo mientras inspeccionaba los alrededores con la mirada. Un ruido llamó su atención—. ¿Qué fue eso? —caminó directo al baño. Ella se vio a sí misma.
La Agatha de hace siete años se encontraba en cuclillas, sus manos cubrían su oreja.
—Hija, ¿estás bien? —habló Nora.
—S-sí.
Agatha se puso de pie, y comenzó a lavarse las manos. La sangre se fundía con el agua.
—¿Segura? —Nora entró de golpe
—Estoy bien
—Cariño, ¿qué pasó? —Nora vio varios fragmentos del espejo en el piso.
—No es nada —sonrió
—Agatha… —miró a su hija y se le acercó—. ¿Qué te pasó en la mano?
—¿Solo era una cucaracha?
—¿Cucaracha?
—Sí, quería matarlo y rompí el espejo —rio.
—¿Es solo eso?
—Sí, ¿qué más puede ser? Trate de recoger los vidrios y me corte un poco.
Nora se puso a recoger los vidrios y luego se sentó en la cama, al lado de su hija.
—Déjame ver tu mano
—Solo es un pequeño corte.
Nora miró a su hija y frunció el ceño. Agatha obedeció a su madre.
—No es muy profunda
—Lo ves
—Pero… —interrumpió—. Aun así te haré una curación
—Mamá, no es necesario.
—Solo déjame —contestó con un tono triste, casi como quebrándose.
Agatha asintió.
Nora volvió a entrar en la habitación y se sentó nuevamente al lado de su hija.
—Tu mano
Agatha extendió su mano derecha y vio como su madre humedecía la herida con un líquido y luego la cubrió con una venda.
—Mamá…
—¿Qué pasa?, cariño
—¿Es normal oír voces?
—¿Voces?
—Sí, en mi cabeza. E inclusive he visto a una persona en el espejo.
—Es tu reflejo, cariño
Agatha negó
—No. Definitivamente, esa persona no se me parece a mí.
Nora abrazó a su hija.
Agatha se volvió a transportar a otro escenario.
La Agatha de hace siete años se despertó de golpe.
—¿Dónde estoy? —dijo sentándose en la cama—. ¿Dónde está? —se puso de pie y comenzó a buscar por todos lados.
—Cariño, te has despertado para la cena —habló Nora mientras se sacaba un delantal.
—¿Dónde está? —continuaba murmurando.
—Agatha, ¿qué te pasa?
—¿Agatha? ¿Quién es Agatha y quién eres tú?
—Tú eres Agatha y yo soy tu mamá.
—No, tú no eres mi mamá. Ellos están muertos
—¿De qué estás hablando? Yo soy tu mamá y Tú eres mi hija.
—Ya te he dicho que no es así —Agatha acorraló a Nora contra la pared.
—¿Quién eres? —preguntó Nora al ver los ojos de su hija. Aquellos brillos que caracterizaban los ojos de su hija eran oscuros
—Soy…
—Deja a tu madre —interrumpió Pablo y le clavó una jeringa en el cuello.
La mano de Agatha temblaron y perdió fuerza
Nora vio cómo su hija se desvanecía en el piso.
—Hija… ¿Qué le hiciste?
—Ábreme la puerta de su habitación —ordenó mientras levantaba a su hija.
Nora obedeció a su marido.
Pablo recostó a Agatha en su cama.
—Mamá, papá —dijo tomándose de la cabeza.
—Estás bien —preguntó Nora.
Agatha asintió.
—De ahora en más, tendrás que tomar este medicamento —Pablo le entrego un frasco amarillo.
—¿Qué es esto?
—Son vitaminas
—¿Vitaminas?
—Debes tomarlo uno por día, y cuando se te esté acabando, debes decirme para así darte otro.
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