—Hola a todos. Mi nombre es Rose, y la persona que está a mi lado es Daniel Wolf, mi papá.
Los niños aplaudieron.
—Él es la persona a quien más quiero en este mundo. Sé que él muchas veces está trabajando y que casi no está en casa, pero, aun así, yo sé que me quiere mucho —miró a Daniel—. Él es mi héroe.
—Niños, ¿tienen algunas preguntas que hacerle al señor?
—¿Es cierto que usted es un detective? —preguntó un chico del fondo que había levantado la mano.
—Así es.
—¿Tiene uniforme como los policías?
—No.
—Los detectives no visten uniforme —interrumpió Rose—. Él siempre viste de traje.
—Señor, ¿los detectives usan armas? —interrumpió otro niño.
—Si.
—¿Podemos verlo?
Daniel negó con la cabeza.
—Hoy no portó armas.
—¡Qué aburrido!
—Las armas se deben usar con precaución y sólo si es necesario.
—Señor —una niña levantó la mano.
—¿Qué sucede, pequeña?
—¿Hay detectives mujeres?
—Mi papá tiene una compañera que es detective. Ella me regaló un lindo perrito al que llamé Ken.
Algunos de los niños observaban con atención y admiración al hombre que estaba frente a ellos.
—Señor, a mí también me gustaría atrapar a muchas personas malas.
—Ahora lo primero que debes hacer es pensar en terminar la escuela ¿no es así maestra? —la miró.
—Así es. Ahora concéntrate en terminar la escuela, ya después tendrás mucho tiempo en pensar si realmente quieres ser un policía o un detective.
—SIP —contestó.
El sonido del timbre indicaba que comenzaba el recreo, los niños se pusieron de pie y salieron corriendo del salón.
—Su hija es bastante madura para su edad —habló la joven maestra
—Desafortunadamente tuvo que crecer sin su madre y a pesar de que me tiene a mí, yo casi no estoy en casa y es por ellos que tuvo que saltarse varias etapas de su vida. Hay veces en donde tengo miedo de despertar y no poder reconocerla.
—Señor —interrumpió Luka
—¿Qué sucede? —miró al chico que acaba de llegar
—Tenemos que irnos.
—Muchas gracias por cuidar a mi Florcita —extendió su mano hacia la maestra.
—No se preocupe, ella está en buenas manos.
—Me retiro
Mientras la maestra asentía, ella vio cómo el hombre se retiraba del salón y desaparecía detrás de la puerta que lentamente se cerraba.
—Señor, el hijo de la víctima ya ha aparecido
—¿Qué hay de los otros niños?
—Ellos siguen sin aparecer.
— ¡Papá! ¡papá! —gritó una voz
Daniel se detuvo en medio del pasillo.
Giró sobre sí mismo y miró hacia aquella voz
—¿Qué sucede, Florcita? —preguntó mientras la veía corriendo
—¿Ya te vas? —se detuvo en seco frente a su padre
—Así es, cariño —se inclinó hasta ella—. Debes ser una buena niña y obedecer a la maestra.
—Yo siempre soy buena niña—sonrió
—Así me gusta. Ahora ve a jugar con tus amiguitos
Rose se abalanzó sobre su papá
—Te quiero mucho
—Yo también, cariño —acarició su cabeza.
—¡¡Rose!! —gritaron varias voces, mientras corrían por el pasillo
—Mira, tus amigas vinieron por ti. Ve a jugar con ellas
La niña de las dos coletas, dio unos pasos hacia atrás.
—Nos vemos en casa —agitó su mano y corrió hasta las dos niñas que la estaban esperando.
—Tu papá es muy guapo —comentó una de las niñas
—¿Verdad que sí? Mi papá parece un príncipe —sonrió.
—¿Tu mamá es bonita?
En la mente de Rose apareció la imagen de Agatha.
—Ella tiene el cabello marrón —pero cuando hay sol, parece rojo.
—¡Wow!, ¿De verdad?
—Parece mágico —continuó hablando la segunda niña.
—Su ojo es del mismo color que la miel.
Tienes que dejarnos ver a tu perrito dijeron a dúo las dos niñas
—Mi mamá es alérgica a los animales y por eso no podemos tener un perro ni un gato —comentó una de las niñas.
Antes de continuar su camino, Daniel volvió a mirar a su hija. Las tres niñas reían y no paraban de hablar.
...***...
La Gran Capital...
En el escenario ya no se encontraba casi nadie, Agatha dio unos pasos hacia adelante.
—Mil quinientos —comenzó uno.
—¿Alguien da más? —preguntó el anfitrión
—Tres mil —interrumpió otro.
—¿Quién da más?
El silencio gobernó en ese instante.
—Tres mil a la una, a las dos y a las tres. Vendida al caballero
Un joven hombre se puso de pie y caminó hacia Agatha. La detective caminó detrás del sujeto. Ambos desaparecieron tras cruzar la puerta.
Agatha se acomodó la voz y luego miró detenidamente al joven que estaba a su lado.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—¿Trajiste todo lo que te pedí?
—Si —respondió dándole una mochila negra que se encontraba escondida detrás de una maceta que adornaba el pasillo.
Agatha apoyó la mochila en el piso y comenzó a sacar de su interior unos pantalones y una camisa que luego se pondría. Mientras abrochaba los botones de su camisa, miraba fijamente al hombre.
—¿Qué pasa? —le preguntó—. Desde hace rato que me estás mirando de esa manera, parece como si me estuvieras matando con la miraba.
—¿En serio? —le dijo y apoyó su mano en el hombro de su compañero—. ¿Como que tres mil? yo valgo más que eso.
—E-era lo único que tenía a mano —contestó. Así que realmente eres como Alex me contó.
— ¿Qué te dijo sobre mí?
— Nada en especial — rió
Agatha volvió a mirarlo con la mirada matadora.
—E-está bien, él me dijo que eras muy orgullosa de tú apariencia. Que te gusta que te halaguen o algo así.
—Estas en lo cierto. Pero, en estos momentos esas cosas no son tan importantes así que te perdono —contestó mientras se acomodaba el cabello que le llegaba hasta por arriba del hombro—. ¿Estás listo? —preguntó.
Él joven asintió levemente la cabeza.
—Que comience el show.
Los dos oficiales abrieron repentinamente la puerta y caminaron por los largos pasillos. Parecía una escena de una película de acción, en donde los protagonistas aparecían heroicamente y se dirigían hacia el villano en cámara lenta.
—¿QUE ESTÁN HACIENDO? —gritó el anfitrión.
—SOMOS DE LA POLICÍA —contestó Agatha con el mismo tono de voz que el anfitrión. Ambos oficiales extendieron sus brazos en un intento de mostrar sus identificaciones.
Los espectadores se levantaron y salieron corriendo, aquellas personas parecían una estampida de animales tratando de huir.
El anfitrión caminó hacia una de las chicas que se encontraba allí y la tomó como rehén.
—¡¡No se muevan!! —les dijo—. O ella muere.
Los dos oficiales bajaron sus armas y dieron unos pasos hacia atrás.
—Cálmate, no vamos a hacerte nada, sólo deja a la chica —dijo el joven de unos veinte años.
El hombre empujó hacia delante a la mujer y luego escapó. Agatha se dirigió hasta la chica de pelo negro que se encontraba en el piso.
—¿Estás bien?
—Si, pero no encuentro a mi hermana —sollozó.
—No te preocupes, la voy a traer sana y salva.
—Nosotros nos encargaremos —interrumpió el chico.
—Llévala con las otras chicas —ordenó Agatha—. Yo voy a buscar a la hermana —Se levantó y desapareció tras las bambalinas.
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