Ella abrió los ojos, todo a su alrededor era blanco. Se levantó algo mareada y con la pierna temblorosa. Su cabeza estaba abombada.
—¿Dónde estoy? —dijo la chica de cabello corto hasta el hombro. Miró a los alrededores, vio a su amiga inconsciente, aun lado de ella—. ¡Mariana!, ¡Mariana! —se acercó a ella y trató de despertarla, esta última no reaccionó en ningún momento. Unos pasos que se acercaban, pusieron en alerta a la joven de nombre Ana.
—¿Has cerrado bien la puerta? —preguntó un hombre. El primer sujeto a comparación de su compañero, es bastante alto y delgado. El segundo sujeto, es su contraparte. Es un poco regordete, no tanto, solo un poco para su altura.
—No te preocupes, ellas están inconscientes. No creo que se escapen ni aunque les deje la puerta abierta —el ruido de una caída resonó por todo el lugar.
—¿Qué fue eso? —preguntó el larguirucho. Su compañero negó con la cabeza.
—No sé —ambos corrieron en dirección al ruido.
Ana se había caído al escuchar los pasos de los hombres y ahora, sus pies no le reaccionaban.
—¿No habías dicho que estaban inconscientes? —miró el primer sujeto a su compañero.
—Estoy seguro de haberla visto tomar el refresco que le había dado. ¡Ey, tú! ¡Quédate quieta! —se acercó a la chica
—No te me acerques —se puso de pie como pudo y corrió hasta la puerta.
—Más te vale que no se te escape —advirtió furioso el larguirucho—. Te lo haré pagar por su huida.
El hombre de baja estatura corrió para tratar de impedir el escape de la chica.
Ana giró el picaporte y salió corriendo de aquel lugar. El dúo de hombres, salieron tras la joven, pero se detuvieron una vez que la vieron alejarse hacia donde había mucha multitud.
Ana corrió sin dirección y con la mente en blanco, lo único que deseaba es que aquellos desconocidos no la siguieran. Ella no se atrevía a detenerse y mucho menos a mirar hacia atrás.
—¡Ayuda! —gritó entre lágrimas. Ella veía borroso, las lágrimas le impedían poder ver con claridad, eso provocó que ella tropezara y cayera al piso. Su rodilla al igual que sus manos se rasparon y formaron una herida no muy profunda, pero en su superficie se podía observar un poco de sangre.
Las gentes que caminaban por las calles, hicieron omiso a la pedida de ayuda de la joven, algunos se detenían para mirarla por un segundo, y luego, proseguían caminando. Otros, ni siquiera se detenían, solo pasaban de ella como si la chica no existiera. También estaban los que la juzgaban con la mirada, como aquella madre y su hijo que se acababan de alejar de ella. El niño quería ayudar a Ana, pero su madre la tomó de la muñeca y la alejó de ella.
—Por favor, ayuda —volvió a pedir, trató de volver a ponerse de pie.
—¿Qué te pasó? —preguntó una persona a la espalda de Ana—. ¿Te puedo ayudar?
Ana se sobresaltó al sentir una mano en su hombro, ella creía que la habían atrapado y que la volverían a llevar a ese lugar desconocido.
—Por favor, no me hagan nada —rogó. La mujer se puso frente a la joven.
—No te preocupes, no te haré nada malo —apoyó nuevamente su mano en el hombro de la chica, esta última, abrió los ojos y levantó la mirada. Frente a ella se encontraba una mujer de piel muy arrugada como una pasa de uva. Su piel como su cabello eran tan blancas igual que la nieve que habitualmente caía en ese lugar.
La anciana se quitó la chaqueta que tenía puesto y con ella, cubrió la espalda de la chica y después la ayudó a ponerse de pie.
—Gracias —agradeció la amabilidad de la anciana.
—¿Qué te sucedió? ¿Por qué estás descalza?
—¿Dónde hay una estación de policía?
—Te llevaré al que está por aquí cerca
Ana asintió.
...***...
Ágatha entró a la delegación sur.
—¿Qué sucede? —preguntó a unos de los oficiales que se encontraban en la estación
—Siento molestarla en su día de descanso, pero usted era la única que estaba disponible.
—¿Tú no lo podías hacer?
El hombre negó y luego señaló a Ana
—Ella quería hablar con una mujer. Tratamos de convencerla de que hable con uno de nosotros, pero ella se negaba.
—Está bien, yo me encargaré —tocó el hombro del oficial como muestra de que no se preocupara—. Ana, ¿verdad? —caminó hasta la chica.
—Si
—¿Usted, es…? —miró a la anciana.
—Yo soy la persona que la trajo hasta aquí.
—Bien, vengan conmigo. Las mujeres se pusieron de pie y caminaron detrás de la oficial. Entraron a una oficina que duplicaba el tamaño de la antigua oficina de Agatha.
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