Héctor se detuvo frente a una casa que estaba carbonizada, bajó de su auto y caminó hasta la casa. Él permaneció de pie en medio del que parecía que era el living. Se arrodilló, y con la mano, agarró los escombros que, ante su tacto, se deshicieron.
—¿Quién eres? —preguntó un niño de unos ocho años.
Héctor se levantó, y tratando de ocultar su rostro, se alejó.
—Una rosa —gritó el pequeño. El niño había visto el tatuaje que tenía Héctor en la mano. El hombre subió a su auto y se marchó.
—Déjame ver tu brazo —dijo Amelie.
—No es nada.
Amelie le quitó la camisa a Keri y vio que la sangre no provenía del brazo, si no, del hombro. En el hombro tenía una bala incrustada.
—¿Quién te hizo esto? —dijo mientras trataba de quitarle la bala con una pinza
—Alguien muy peculiar.
—¿Peculiar?
Keri sonrió.
—Alguien muy interesante que nos será muy útil.
—¿A qué te refieres?
—Ya lo verás —respondió mientras veía como Amelie cubría la herida con gasas. Ambos salieron de la oficina.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Héctor.
—Cariño, él vino a verte.
—¿A verme?
—Sí, me he enterado de lo sucedido. Como lo siento, ella aún era muy joven
—Ya que estás aquí, me gustaría hablar contigo.
—Me voy a ver a los niños. Charlen con tranquilidad —Amelie se alejó.
—Bien —respondieron.
Antes de bajar las escaleras, Amelie se detuvo y miró hacia la puerta, vio cómo su esposo ingresaba a la oficina. Keri se detuvo un instante y dirigió su mirada a Amelie y movió los labios como si dijera "Nos vemos en el lugar de siempre”. Amelie sonrió y movió la cabeza.
Héctor se sentó detrás del escritorio y Keri se acomodó en la silla que estaba enfrente del escritorio.
—Y bien, ¿de qué querías hablar?
—Quiero que me traigas a la persona que asesinó a mi hija. Estoy seguro de que se tratan de ellos.
—Te refieres a la O.S.N.
Héctor asintió.
—Son los únicos que hasta el momento no han dado el brazo a torcer. Quieren tomar a toda costa nuestro territorio.
La Organización de los Niños Perdidos ha existido desde hace varios siglos, ellos se encargan de crear a asesinos profesionales. Esta organización no es la única con ese objetivo, La O.S.N. también se proponen de crear máquinas asesinas, ellos se caracterizan por llamarse entre sí con una letra del abecedario. La O.N.P. y la O.S.N. han estado en conflicto desde hace varios años, ambos quieren ser los únicos en esta rama delictiva. Ha habido pequeñas organizaciones con este mismo objetivo, pero de una u otra manera fueron desmanteladas por la policía.
—No te preocupes, lo traeré ante ti.
—Gracias, amigo. Sabía que podía confiar en ti.
Toc, toc.
—Adelante…
—Tenemos trabajo —dijo el hombre que acababa de entrar.
Keri se puso de pie y antes de salir de la oficina dijo:
—Los dejaré para que hablen.
Mientras Keri bajaba las escaleras, él silbaba y chasqueaba los dedos al compás de una melodía.
—¿Sucedió algo bueno? —preguntó un hombre que caminaba a su lado, él también vestía con traje negro.
—No, es solo que estoy feliz.
—¿A qué se debe su felicidad?
—¿Qué hay de esa persona?
—La dejé en el lugar que me dijo, ¿quién es?
—Recuerda que debes mantenerte en silencio si no quieres terminar como esos dos hermanos. Él te asesinará sin siquiera pestañear.
—Descuida, no diré nada.
City Mor se encuentra a cuarenta kilómetros de distancia de la Gran Capital (G.C.), es unos de los country más grande, con un total de ciento ochenta y nueve hectáreas de tierra, cincuenta y ocho de laguna, veinte kilometro de costa y mil setecientos cincuenta y siete viviendas, tipo americana. Este barrio privado consta de una gran vegetación y varios polideportivos y espacios recreativos.
En la entrada de esta urbanización cerrada, se puede observar una gran cantidad de vigilancia, la mayoría son expertos tiradores, que no dudaría a la hora de asesinar a las personas que se atreva a ingresar a ese lugar sin permiso.
City Mor es exclusivo de la familia Moretti y sus allegados.
Keri entró a su casa y vio a Amelie sentada con las piernas cruzadas, ella al verlo se levantó y se acercó a él.
—¿Quién es la persona que llamó tu atención?
—Ven, sígueme —caminaron hasta la puerta del sótano. Ambos bajaron al oscuro y frío cuarto subterráneo.
Amelie se detuvo al pie de la escalera y vio a una niña, ella estaba acostada en el piso, en posición fetal, abrazando su pierna con ambas manos.
—¿Y esa niña?
—¿A que no te imaginas quién es?
—Mamá —murmuró la pequeña entre sueños. Un hilo de lágrimas recorrían su mejilla.
Amelie miró a Keri, y él solo sonrió.
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