Verdad parte 1

—Señor, ¿qué haremos con la multitud? —preguntó Leo

—Sal y diles que lo compensaremos.

—¿Crees que lo aceptaran?

—Tendremos que obligarlos

Leo salió del edificio y vió a una furiosa multitud que sostenían pancartas con algunas frases de odio o amenazas “muerte al Ceo” “justicia por mi hijo” “Químicos tóxicos” “Que se cierre los químicos White Cleaning”

Los manifestantes al ver a los hombres de traje, se acercaron corriendo hasta la puerta, varios guardias de seguridad se pusieron frente a ellos, formando así una barrera.

—Sentimos lo ocurrido —comenzó Leo—. El presidente quiere hablar con los familiares de los afectados.

—Cerrar este maldito lugar —gritó una voz

—El cierre del químico no está en mis manos.

—Eso quiere decir que seguirán matando a sus trabajadores —gritó otra voz y seguido de ello, muchos abuchearon.

—Los familiares deben ir mañana al restaurante Noodle Tree.

—¿Nos compensarán con comida? —preguntó una voz masculina—. Queremos que se clausure este lugar

—Si, que se clausure —gritaron todos y levantaron las pancartas.

Leo no sabía cómo calmar a todas estas personas que evidentemente estaban enfadadas y que podrían explotar en cualquier momento. Él se dio media vuelta y caminó hasta la entrada.

Una mujer pasó por medio de la multitud y se detuvo frente a los guardias.

—Ey, tú —gritó, y seguido de ello, arrojó una piedra hacia la dirección de Leo. La piedra golpeó su espalda.

—Detenganla —gritó Facundo

Dos guardias se acercaron a ella y se la llevaron.

En el interior del edificio…

Carlos se acercó a la barra de la cafetería.

—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó Arturo.

Carlos se sentó en la butaca y suspiró.

—No creo que puedas solucionar mis problemas.

—Tal vez no solucione, pero puedo aconsejarte o al menos oírte.

Carlos comenzó a recordar.

Oficina principal…

—¡¿Qué?!

—¿Quieres más?

—Señor Eduardo, no me puede hacer esto.

—Solo sera una disculpa

—Si, solo será una disculpa, pero no me puedo hacer cargo de todo esto. Yo se lo advertí hace unos meses, pero… usted prefirió ocultarlo.

—Si lo haces, trasferire el doble a tu cuenta

—El dinero no es el problema

—¿Y entonces?

—Si hago lo que usted me dice, mi reputación como médico se va a dañar, nadie confiara en mí nuevamente.

—“Los humanos no somos perfectos, también podemos equivocarnos” ese podría ser tu discurso ante ellos.

—Solo disculpate —interrumpió Arturo.

—¿Qué?!

—Discúlpate y luego entregarles a los familiares todas las pruebas de las malas infraestructuras que tiene la fábrica. Ellos sabrán qué hacer.

—Pero…

—Tal vez pierdas la credibilidad, pero tendrás una suma cuantiosa en tu cuenta que no necesitarás trabajar.

Carlos se quedó en silencio.

—Solo piensalo.

Restaurante Noodle Tree…

En la mesa rectangular se hallaban sentados el señor Eduardo, a su izquierda Facundo y a su derecha Carlos y a lado de este último se ubicó Leo. En frente de los hombres de traje se sentaron un hombre y tres mujeres, su rostros expresaban tristeza, furia e indignación.

—He traído conmigo a los responsables de todo esto —habló Eduardo y miró a los dos hombres que estaban a su lado. Eduardo movió la cabeza como si tratara indicar que podían hablar. Facundo se puso de pie y antes de comenzar a hablar carraspeo.

—Siento mucho lo ocurrido —se inclinó como si hiciera reverencia. Se que mi disculpas no va a devolver a sus hijos, hermanos y padres, pero es lo único que puedo hacer en estos momentos. Si desean maldecirme o golpearme, lo aceptaré.

Una de las mujeres al ver esa disculpa se echó a llorar.

—¿Cómo pueden…? —gritaba entre lágrimas.

—Usted también es padre —interrumpió el hombre y miró a Eduardo—. ¿Si a su hija le pasara lo mismo que a nuestros familiares, aceptarías una disculpa tan frívola como ésta?

Eduardo quedó pensativo.

Carlos se levantó de golpe.

—Lo siento mucho —se disculpó—. Toma —entregó un sobre de madera.

—¿Qué es eso? —preguntó Eduardo al volver en sí.

—Puede hacer lo que ustedes gusten con esta información —ignoró a su jefe.

—¿De qué información hablas? —se le acercó Eduardo.

Carlos miró a su jefe.

—¿Estás consciente de lo que acabas de hacer?

—Es la primera vez en mi vida que estoy seguro de algo —contestó.

Un hombre caminó directamente hasta la mesa de Eduardo y de su cintura sacó un arma y apuntó a Eduardo.

—¡Vayansen! —ordenó el hombre a los familiares de las víctimas. Ellos con mucho miedo obedecieron

—Esperen… —Eduardo trató de seguir a los tres.

—¿A dónde crees que vas? —dijo el hombre que sostenía el arma.

Muchos de los comensales estaban sorprendidos de lo que estaba sucediendo, ninguno de ellos se animaban a mover un dedo, tenían miedo de que el tipo los lastimara.

—Papi —habló una niña de doce año mientras caminaba hasta la mesa de Eduardo

—Cariño, ¿qué haces aquí? Te dije que te quedaras.

El hombre que tenía el arma miró a la niña y se le acercó. La pequeña quedó paralizada al ver el arma.

—No le hagas nada —suplicó.

Agatha entró a escena.

—¿Por qué no nos tranquilizamos? baja el arma y hablemos

—Quiero que paguen

—Está bien, esa persona pagará, pero primero deja a la niña que no tiene nada que ver con todo esto.

—No te acerques —apoyó el arma en la sien de la niña. Ella comenzó a llorar, estaba asustada.

La niña cayó al piso.

—Yo no hice nada —dijo asustado el hombre y dejó caer el arma al piso.

Agatha corrió hasta la niña y trató de levantarla.

Isla...

Las hojas se hallaban resbaladizas.

Agatha se adentro nuevamente en la frondosidad, quería saber por qué aquel hombre tenía el mismo arma que mató a su padre. Se detuvo en medio del bosque y trató de escuchar las pisadas

—¿Dónde estás? agudizó su mirada

«Ve a la derecha»

Agatha miró hacia el lugar indicado y corrió.

Carlos cayó al piso al sentir que alguien se abalanzó hacia él.

—¿Dónde lo conseguiste?

—¿Qué cosa? —preguntó con dificultad.

Agatha cada vez más fuerte presionaba la garganta de Carlos.

—Él, él me la dio.

—¿Él?

—Arturo —respondió casi perdiendo la voz—. Él me dijo que lo iba a necesitar

Agatha aflojó el cuello.

—¿Por qué?

Carlos aprovechó el descuido de Agatha y salió corriendo nuevamente hacia la playa.

La detective se puso de pie y volvió con el arma en su mano a la cabaña.

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