(Foto) El trencito, ó Decauville, tres habían de ellos, uniendo los barrios de La Loma con La Víbora, casi 1.000 metros de largo y tocha de 1.20 mt. Foto Colección Grundner
CADA UNO ESCRIBE
LO QUE SE LE OCURRE (N.S.C.)
Los Suárez tuvieron a su cargo a más de quinientos peones entre los empleados destinados al trasbordo de carga en los varaderos de las 18 cachuelas. Un sinnúmero de canoas y batelones que conformaban flotillas o convoyes para navegar juntos y apoyarse en los peligros de la jornada navegable, trasponiendo una tras otra cachuela, hasta salir al Madera limpio y encontrar el Amazonas, lo que duraba varias semanas de arribada y dos semanas como mínimo de bajada desde Villa Bella.
Recordemos que solamente hasta Santo Antonio del Madera navegaban los batelones, más adelante se encontraba el punto denominado Ponto Velho[1], destinado para sustituir al anterior como base inicial y primera estación de máquinas y viviendas de los constructores del ferrocarril Madera Mamoré, antes de acabado el siglo XIX; entonces, a partir de allí, las grandes embarcaciones que llegaban a ese Ponto Velho, se encargaban de jalar cientos de bolachas amarradas por cuerdas que pasaban por el orificio interior de cada pepa, que había sido formado por el palo al ahumarla.
La circulación de navegantes, viajeros, buscadores de fortuna y trabajo era incesante y de todos los niveles económicos y razas pasaron por esta zona y mientras navegaban los pasajeros, observaban con deleite la pepas bogantes, de pura goma, y los bollos de sernambí[2] en las cuales saltaban los marineros para reforzar amarras o fijarse si no estaban por soltarse, pues siendo cuerdas nuevas y fuertes, podrían no resistir jalones provocados por las olas formadas por viento o por la huella acuática de aquellos grandes barcos a vapor que ingresaban venidos desde Manaos.
«Sí. Ando por el Beni desde el 70. Ya en el 71 formé con Augusto Roca una sociedad de pequeño comercio para la compraventa de mercaderías y rescate de la cascarilla. En ese mismo año y principios del siguiente, establecí en Reyes un almacén. Y por el 72 fui a San Buena Ventura, rescatando cascarilla».
—He oído decir que por esa fecha hizo usted una sociedad con D. Antonio Vaca Díez ¿Es exacto? Porque, naturalmente, sobre usted se cuentan y se afirman tantas y tantas cosas.
—Así es. Cada uno escribe lo que se le ocurre. En el caso de Vaca Díez no fue sociedad. Con Vaca Díez mantuve relaciones personales y comerciales, desde el principio. Yo le compraba su goma al precio corriente. En el 82 lo encontré en Reyes y convinimos en que él transportase toda la goma que yo tenía hasta aquí. Para incrementar esos negocios le acordé un crédito que, al poco tiempo, subió a más de medio millón de bolivianos[3].
Cuando se detuvo la construcción del ferrocarril Madera – Mamoré que venía tras la goma boliviana denominada Goma Fina del Pará, como era conocido el látex del Beni, algunos médicos y enfermeras fueron despedidos[4], así entra a Bolivia el norteamericano Edwin Heath, hermano de Ivon Heath, ya fallecido; sabiendo que el río Beni sigue con el tramo incógnito más adelante del paralelo 12°, se propone determinar dónde desagua el Beni y si se junta con el Mamoré frente a Villa Bella.
Al llegar a Reyes, recolecta fondos para explorar el bajo Beni con ayuda de comerciantes, entre ellos el médico Antonio Vaca Díez, Antenor Vásquez y Antonio Suárez y el suizo Hugo Böger, quien como Suárez, prestaba el servicio de fletes de batelones.
Nicolás Suárez Callaú, por entonces al borde de treinta años, pretendía aventura idéntica y tenía el dinero sin juntarlo, pero habría necesitado ir a Santa Cruz, habiendo dado paso a Heath en la aventura que lo ubicará en la historia de la hidrografía continental cuando se lanza a lo desconocido mucho más arriba del paralelo 12º con dos remeros.
La expedición tiene éxito al encontrar el Amaru Mayu o Madre de Dios, topándose con la orilla que nombra Barranca Colorada y la isla frente de esa ribera con el nombre de Antenor Vásquez (isla frente a Riberalta, desaparecida por los años setenta del siglo XX).
Más abajo, denomina doctor Antonio Vaca Díez en el vértice formado entre el río Orthon y el Beni; y una isla, como Hugo Böger por su amistad y colaboración para esa travesía[5].
Finalmente, el día 11 de octubre de 1880, divisa la catarata a la cual denominará Cachuela Esperanza, cuando el nativo Idelfonso Roca le pregunta: «¿Hay pué esperanza para que no perdamos la vida? — Heath responde: —Sí, habiendo salvado esta cachuela tenemos esperanza de vivir. Y agrega: —Por lo cual, la llamaremos: Cachuela La Esperanza», nominando el lugar para la historia.
El río Beni efectivamente se juntaba con el Mamoré y juntos daban nacimiento al río Madera.
La navegación total del río Beni alegró a los gomeros, recibiendo en Reyes heroicamente al médico que retorna dando la vuelta por el río Mamoré hasta el antiguo camino a la altura de Santa Ana de Yacuma, entrando por ese río hasta llegar con la canoa histórica encima de un carretón hasta el pueblo de Reyes, desde donde partió en su hazaña de exploración. En Reyes lo reciben como a un héroe y se iniciará prontamente una nueva etapa comercial.
Pero el tesoro encontrado es para Nicolás, quien relata a Ciro Torrez López su aventura máxima:
«Un año antes de que Heath hubiera hecho su viaje por este río, yo había pasado una montería del Yacuma al Beni, celebrado contrato de compra de goma con numerosos barraqueros para bajar ese producto por el Beni, pero no pude realizarlo porque a fines de ese año, el 79, mis negocios me obligaron a marchar a Trinidad. Estando allí, en el 80, supe de la exploración de Heath, que fue ocasional y que debió haberse, lógicamente, realizado por otros como resultado de una natural expansión, pues antes del 80 existían en este río, desde San Buena Ventura hasta cerca del actual Ivon, numerosos barraqueros que iban avanzando sobre el bajo curso del río, como los cuatro Vásquez, Salinas, los Roca, Cevallos, Arteaga, Cortés, Fariñas, Vaca Díez, Limpias, Cárdenas, Góngora, Cuéllar y muchos otros»[6].
Nicolás viaja en estas direcciones frecuentemente, va hacia el norte y vuelve al sudeste, dirige el transporte por los ríos y el traslado de mercaderías en carretones desde Reyes hasta el río Mamoré, prestando servicio de transporte en canoas y batelones con expertos braceros que bajan ese río con la goma, pues la ruta del río Beni está todavía trancada por el tramo desconocido más allá de Cavinas y la unión del Madre de Dios o su desemboque en las aguas turbias del Beni, para llegar hasta la unión de este último con el Mamoré, frente a Villa Bella. Es una incógnita.
Es 1882, han pasado dos años del viaje de Edwin Heath y Nicolás Suárez Callaú no pierde tiempo. Es en ese tramo incógnito donde busca un lugar para él, visto que Francisco ya lo tiene en Londres y Rómulo también está por tomar La Loma; sabe que Reyes perderá importancia ante la salida directa por la vía Beni - Madera.
Reúne goma, materiales, armas y herramientas. La fortuna ha crecido: Gregorio murió, reúnen sus ganancias, pero también mayor interés y ambiciones desde Londres. Por tanto, lo visiona Nicolás: es importante un punto en el río donde confluya la producción.
Con el convoy listo, se lanza al río Beni, pasa puntos descritos por Heath, la barranca colorada es atractiva, pero no se enmarca en su decisión y está señalada para Antenor Vásquez. La Cachuela Esperanza ya estaba predestinada para él.
«A principios del 82 partí de Puerto Salinas, alcé goma en Todos Santos, San Antonio y Ethea en total de unas 4.000 arrobas, cargadas en grandes callapos, incluso unos con barreras. Al mirarlos parecía que fuesen a naufragar, como efectivamente sucedió con uno de ellos, estando los demás en malas condiciones, hasta que llegué a esta cachuela. Hice aquí un varadero para evitar el paso a canal y llegamos hasta Villa Bella donde los fleteros del Madera me recibieron la goma para transportarla hasta Santo Antonio. En ese viaje señalé para mí varios gomales, entre ellos Correnteza y Buen Retiro, que no tenían dueño todavía. Pero como yo no me dedicaba a la explotación de la siringa, se los cedí a Vaca Díez».
Cuando el periodista argentino le pregunta:
— ¿De modo que al principio usted no tenía barracas ni tierras?
Nicolás responde lo siguiente:
«—Así es. Eso quise hacer: no explotar goma. Limitarme a comprar y transportar la que se produjese; no atarme a la tierra pues teníamos bien clara la experiencia de lo sucedido con la cascarilla. Con la goma pasaría lo mismo: después de un periodo de auge, seguramente decaería… ya ve usted a pesar de todos mis esfuerzos he tenido que dedicarme a ella y atarme a esa industria… Mas no me arrepiento, porque después de medio siglo de lucha cuerpo a cuerpo con esta naturaleza tan agreste que abruma las energías humanas, me he acostumbrado a ella en verdad y me he encariñado con estas soledades y estos bosques milenarios que tanto reclaman el esfuerzo del hombre».
[1] Cita la historiadora brasileña Yedda Pinheiro Borzacov, en su valioso libro PORTO VELHO, que Ponto (de punto) Velho, se refiere a un antiguo punto de estadía de un regimiento militar asentado allí en 1883 para resguardar la región de cualquier ataque de paraguayos en tiempos de la guerra de la Triple Alianza, (entre Brasil, Paraguay y Uruguay) que podían subir hasta allí para tomar todo lo que era Matogrosso, que finalizaba en la división de ese Estado con el de Amazonas. Años después, para continuar el proyecto del ferrocarril hacia Bolivia, la empresa Collins, vino a asentarse en Santo Antonio, pero verificaron que mejor era más arriba, a cinco kilómetros, donde el río hacía un remanso grande y profundo como para un puerto, y ese lugar era cabalmente el Ponto Velho, en el cual había estado ese regimiento militar, y decidieron que allí se construiría la primera estación para el ferrocarril. Los yanquis de la empresa pronunciaban la “n” de ponto, como “rr”, y esto daría por resultado que se le diga Porto Velho y se le llamó así, y de ese término nace el nombre de la ciudad de Porto (puerto) Velho, lo que se entiende por Puerto Viejo, y no Punto Viejo. Yedda Borzacov, Porto Velho, pp. 22-23.
[2] Goma fina o caucho, pero mezclado con tierra y basura difícil de limpiar, que había quedado del roce con las superficies en el monte, y era salvada formando capas que eran igualmente amontonadas, amarradas y embolsadas en grandes cantidades y vendidas a buen precio.
[3] Ciro Torres López, entrevista a Nicolás Suárez. Del libro Las maravillosas tierras del Acre.
[4] Es claro que las mujeres eran esposas, concubinas, desempleadas del ferrocarril, normalmente las que vinieron como cocineras y fugitivas o extraviadas.
[5] Libros de Becerra Casanovas y otros, referente al viaje de Heath.
[6] Entrevista de Ciro Torrez López. Libro mencionado.
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