1873
SANGRE Y MUERTE POR EL PASE LIBRE DEL RÍO MADERA
Al comienzo de los años setenta del siglo XIX, sucede un hecho trágico que marca en la vida regional y es el siguiente:
Gregorio cae en el año 1873 flechado por un jefe de los caripunas del Brasil[1].
Esto parece ilógico y es brutal, tanto para la historia boliviana como ha debido ser para Nicolás Suárez Callaú, su espíritu y conciencia, como para su memoria histórica.
Gregorio, quien ese año de 1873, contaría con veintinueve años, muy joven aún por supuesto, una gran pérdida, era el cuarto de la línea familiar, pues su hermano Francisco tenía cuarenta, Pedro dos años menos, Antonio dos años menos que el anterior, María Petrona[2] seguía a este tercer hijo y Gregorio vendría después de ella. Sabemos que Gregorio se había ubicado en la cachuela Calderón del Infierno, en cuyo frente, por el margen derecho del río Madera, hacia el interior del monte, se encontraba la gran tribu Caripuna, con la cual ya había tratado varias veces, pero siempre con un máximo cuidado ya que contaba de experiencia en el río Madera y su madurez le daba aspecto serio y tranquilo, bien respetado por los nativos.
Sucede que Gregorio fue avisado de la aparición de los indios al frente de su barraca en el margen boliviano y fue advertido que los salvajes detuvieron en el río al convoy conformado por ocho batelones de doce toneladas cada uno, que contenían abastecimientos y productos finos en dirección al Beni, además de cuarenta pasajeros incluyendo la tripulación y peones de carga.
Como Gregorio vigilaba el sector de las cachuelas del Madera, tenía relativa amistad y dominio en el área con los nativos, supuestamente, ya adaptándose al movimiento por el trueque del que era muy hábil entre los comerciantes.
Ante la aparición de los caripunas en la ribera opuesta del río, los bolivianos comandados por Gregorio hicieron señales amistosas recibiendo en respuesta saltos de alegría, entendidos como total aceptación y más aún al botar sus flechas al suelo, como en otras ocasiones.
Pero he ahí, que como todo cuidado es poco, siempre conviene un poco más y a veces los hombres más sabios pueden fallar, el pionero del Madera, como se le reconocería en la historia, aceptó aproximarse y brindó confiadamente al caripuna que se mostraba efusivo por demás, una copa de coñac, ante la riqueza, anticipando un riesgo que requería urgente la distracción amistosa para no acabar en aventura mortal. Ya en la playa de la cachuela Calderón del Infierno, el jefe nativo fue atraído por algo que brillaba en el cinto de Gregorio, una flamante Colt 38, lo que habría de deslumbrarlo ante la belleza del objeto, y pide ver el arma, solicitando al barraquero que demuestre su puntería.
Gregorio cumple la solicitud disparando a la botella recién consumida.
Cumplido esto y siendo la vez del jefe caripuna, Gregorio vería los últimos segundos de su vida cuando el contendiente pide a su escolta arco y flecha y apunta al blanco determinado por ambos, pero al momento de disparar la flecha, desvía imprevistamente la dirección hacia el pecho de Gregorio, que estaba a pocos metros de él, la cual va directo al corazón.
Como se pretendía y era orden de evitar la matanza de indios, la tripulación y algunos pasajeros de los tres batelones, al no fugar ni poder defenderse, mueren en la matanza bárbara que se desata, pues los armeros indios habían estado ya con la flecha en arco; apenas consiguen salvarse dos remadores, escondiéndose bajo una canoa volcada.
Más tarde, bajo el silencio atemorizante de la selva, consiguen subir a las canoas y partir río arriba para dar conocimiento de la muerte de Gregorio.
Nicolás es encontrado en alguna parte del río Madera, se le avisa de la terrible emboscada.
La noticia sería impactante, pues no solamente se trataba de un cargamento valioso, sino la vida de todo un personal de trabajo, de su hermano más apreciado y casi cuarenta víctimas del suceso.
Tiene veintidós años, cuando se es fuerte e impetuoso y decididamente avanza acompañado de ocho hombres armados en dos botes a remos que parecen cavar hondo en el agua.
Bajando por la corriente impetuosa, alcanzan la playa de la cachuela Calderón del Infierno, donde yacen los treinta y ocho cuerpos del personal que iba en el convoy, y entre ellos, el cadáver de Gregorio horrendamente decapitado.
La cabeza de su hermano fue llevada como trofeo.
Ante tal encuentro y con el carácter propio de su juventud, Nicolás Suárez Callaú sale de sus cabales religiosos y sentimentales y se interna en la selva, siguiendo rastros de pisadas y sangre derramada por la cabeza de su hermano.
Los caripunas estaban dentro del bosque, bebiendo coñac, whiskys y todo tipo de bebida alcohólica, bailando insulsos la borrachera alrededor del botín que contenía de todo lo imaginado, incluyendo libras esterlinas y en pleno centro de la orgía sangrienta, la cabeza de Gregorio ensartada en la punta de una lanza.
Cita la historiadora Valery Pfeiffer lo siguiente:
«Nicolás y su gente rodearon el lugar y acabaron con todos quienes estaban allí. No era solo vengar a Gregorio, sino también cuidar de que las cachuelas Madera-Mamoré permanecieran seguras y abiertas al tráfico y hacer saber a todos a lo largo del río que no se toleraría interferencia de ninguna clase en el desplazamiento de goma y mercaderías»[3].
Llevan la cabeza hacia la playa de Calderón del Infierno y unida al cuerpo le dan sepultura en el lugar de los hechos.
Gregorio tuvo seguramente parte de la culpa, pues nunca debió permitir que los nativos se aproximaran a él. Pese a saberse que Nicolás se apegaba a estos seres, e inclusive tendría una fotografía con ellos, siempre mantuvo distancia de personas desconocidas y no accedía a juegos y competencias, peor de azar y más si involucraba armas.
El resto es solamente imaginarlo, su actitud al dejar el cuerpo de su hermano enterrado en la orilla frente a esos tumbos, en tan trágico momento, debió llenar de repudio y hasta vergüenza por encima de pena; lo que había pasado era como castigo por lo que les tocaba, pues ellos también habían hecho o harían fechorías, como esa que acababa de pasar y así en viceversa hasta el eterno.
Paguen en el infierno quienes deban quedarse en él, quiere decir, no hagan lo mismo, que si mi hermano acabó aquí y así parte de una tribu, nadie tendrá más culpa que ellos mismos, sean nativos o civilizados.
El mensaje era grotesco y espeluznante y quien pasaba por allí y salía vivo, se persignaría por mucho tiempo.
Amén.
Una escena muy parecida a lo que se vería en la Cachuela Calderón del Infierno, a la muerte de Gregorio Suárez Callaú. Los batelones y ese personal lógicamente son bolivianos. (Foto de Dana Merril. Museo de la Imagen S.P. Brasil.)
[1] Versión familiar y del propio Nicolás a los primeros historiadores y biógrafos que le conocieron.
[2] María Petrona Suárez Callaú, nació en 1840, le llevaba 11 años a Nicolás.
[3] Pfeiffer. Concuerdo con esta versión: rodearon el lugar y acaban…sería imposible con alcohol envenenado en ese momento, por el ataque imprevisto que tenía que hacerse, no como se ha descrito por algunos autores.
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