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HENRY WICKHAM
EL PIRATA BIOLÓGICO
Un biólogo inglés, amante de las orquídeas, habría ingresado a las selvas sudamericanas buscando las especies de oro negro, el látex apetecido por el nuevo movimiento económico en plena Revolución Industrial.
Se llamaba Henry Wickham[1], que al ingresar a Sudamérica, era tan joven, cuanto los Suárez, que soñaba sacar provecho de tal maravilla, el árbol del caucho y luego al saber de la siringa, haría conocer de su existencia y la realeza británica le habría prometido (y estaría por ordenarse) en el Palacio de Buckingham el título de Sir que ganaría de la propia reina Victoria por su hazaña, si consiguiera el difícil pero no imposible traslado de esa especie.
Inglaterra por supuesto, no tenía miedo ni vacilación a los apetecidos politiqueros brasileños que andaban tras la cola de los reyes portugueses entre Río de Janeiro y Lisboa; mejor, que a la brevedad posible pasen los años y aceleren el golpe para tomar ese fenomenal Acre, motivo de la urgencia para la industria de las gomas dirigidas especialmente a los automóviles y bicicletas en constante y millonario crecimiento.
¿Qué hubo? Según escritos ingleses, Míster Henry Wickham habría ya clasificado plantas y semillas de caucho en su ingreso estratégico a Sudamérica por el periplo de las selvas venezolanas, guayanesas, colombianas, ecuatorianas y especialmente peruanas, y que, entre Perú y Bolivia encontraría una plataforma antigua de floresta continental apostada en los confines del escudo brasileño sobre el territorio llamado Acre, rica en la especie gomífera y castañera. El Acre, repitamos enfáticamente, una comarca abandonada por la oligarquía y jurisprudencia andina boliviana, ambicionada por la brasileña.
Quiere decir que mientras los siringueros bolivianos y peruanos juntaban indios y pueblerinos para nutrir sus caravanas y luchando con tigres en las selvas, Wickham, pagado por la corona inglesa, ya había tomado una porción de la isla Tapajós junto a la desembocadura del río Amazonas en el Atlántico, y ahí, en tamaña isla, también abandonada por los gobernantes alejados del Pará y más todavía del estuario de Santana y Anhanguera, en los salones del Palacio de Guanabara, residencia de la reina portuguesa Isabel, majestuoso Palacio Imperial de Río de Janeiro, como de los tantos palacetes cariocas por donde merodeaban conquistadores de las selvas amazónicas, buscaba permisos de colonización de aquella comarca perdida, quien no tenía ni la mínima idea de que aquello estaba sucediendo en esa zona abandonada de los intereses gubernamentales.
Entonces, era así: en Tapajós se estaba dando el milagro de la riqueza inglesa como imperio industrial del mundo. En un palacete natural, armado entre ramas corpulentas, dormía el futuro Sir Henry Wickham mientras no incursionaba por los ríos vestido a la paisana, evitando la imagen de explorador, hasta más allá del Solimones y el Madera, aprovechando la lejanía de los gobiernos para encontrar árboles de Hevea, arrebatarles sus semillas y raptarlas cuidadosamente, plantarlas en la isla, y tratarlas cual atenta nodriza hasta el brote de cada nueva planta, así, registrar procesos naturales de crecimiento.
Después, hurtarlos de América del Sur, plan ya urdido, que no le sería nada difícil pues los brasileños respetaban plantas exóticas y admiraban a quienes las estudiaban, como a las bellas orquídeas y flores sucuanas cuyo nombre cambiaría a Reina Victoria en honor a su majestad y cubriría el gran cargamento entre troncos de árboles que sombreaban las plantitas del oro negro; serían cómplices ingenuos del robo a la naturaleza, y que crezcan en otro lugar para la gran industria del neumático.
Distrayendo la curiosidad de cualquier navegante de esas selvas perdidas, bajo cuidado de los indios Tapajós conquistados para su solitario trabajo y advertida la corona inglesa, serían trasladadas a los invernaderos climatizados en los Reales Jardines Botánicos del Palacio de Kew, en Londres, siguiendo el esquema científico del botánico, a quien aparte de la magistral denominación de Sir, se le daría el alias de pirata biológico.
El boom[2] de la goma movilizó de nuevo a los rescatadores de la quina calisaya y a extranjeros hacia la región selvática de Manaos y más adentro, a esa comarca del Acre, que se haría de fama en la Amazonía continental. La atracción de la fortuna propiciada por la emergente industria del automóvil atrajo a cientos de aventureros europeos que llegaban en barcos veleros o a vapor al centro sudamericano; eran comerciantes que se integraban al afán de fortuna y condiciones de vida que ya no ofrecían las difíciles ciudades europeas, las respingadas urbes todavía de coloniales costumbres andinas o las olvidadas del trópico llanero, desde donde salía la pléyade de hombres aventureros para apoderarse de las selvas antes que entren los imperialistas brasileños.
Al final de la quina e inicio del auge gomero en 1870, Pedro Suárez Callaú forma un grupo comercial en Reyes y en Santa Ana de Yacuma, se casa con doña Cornelia Sarabia, engendra varios hijos que serán el ramal de la familia en la provincia Yacuma, entre ellos Pedro Suárez Sarabia[3], al que nombraremos en esta historia como Pedro, hijo cuando se trata del padre o sobrino cuando se trata del tío, quien jugará un papel antagonista de la riqueza y unión familiar. Pedro, hijo o sobrino en este caso, nace en Santa Ana[4] en 1866, y es menor que su tío Nicolás de quince años, es decir, casi de su misma generación.
A la mayoría de los jóvenes de aquel tiempo los animaba la aventura y eran de armas llevar, o por lo menos vamos a decirlo más sutilmente, sabían manejarlas bien, especialmente Rómulo que desde muy joven hacía puntería comprando con sus propios peculios las novedades de marcas Winchester y Colt, llegadas de ultramar en todos sus calibres y modelos.
También, entre los comerciantes de la goma elástica, vino por esos años a Santa Ana de Yacuma y luego pasó a Reyes el ciudadano suizo Hugo Böger para regentar la empresa del peruano Otto Richter y tratar negocios con Nicolás Suárez Callaú, quien será su sobrino político al casarse con Manuela Suárez Sarabia, hija de Pedro Suárez Callaú.
Manuelita, como le decían más íntimamente, estudió en Londres y volvió joven, recibiéndola Nicolás en la Cachuela Esperanza por 1883 después de que enviara a un administrador hasta Manaos para acompañarla desde allí a las selvas bolivianas bajo pedido de su madre doña Cornelia[5], que vivía en Santa Ana junto a su esposo, Pedro.
Todos ellos, unos más que otros, dejarán un legado de documentación que es parte de la historia de la goma elástica. Los Suárez están entre los más conocidos, no solamente por el hecho de ser varios, que eso bien ayuda, tanto para el trabajo como para rodear mediante un fuerte lazo de humanitarismo y experiencia recíproca entre los pueblos que se medirán en esta epopeya gomera, dejan un archivo fundamental para su recuperación, legado cultural y social de incalculable valor y gran descendencia humana, de cuya escena principal el protagonista es Nicolás Suárez Callaú.
[1] Ver capítulo sobre Henry Wickham.
[2] Boom. Palabra del inglés: estallido. Explosión.
[3] González.
[4] Como el caso de Vaca Díez, Busch y otros, la intelectualidad cruceña de la época quiere ganarlos para sus nobles listas y por ello publican que son oriundos de Santa Cruz. Pedro Suárez Sarabia tuvo preponderancia e importancia política y su personalidad conquistó un tiempo el poblado de sus mayores, así como se hizo célebre por su acción con la Casa Suárez en Londres.
[5] ACS. Carta de Cornelia Sarabia a Nicolás Suárez Callaú.
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