Entre los años 1829 y 1874 Santa Cruz de la Sierra vivía tiempos difíciles, cuando la política, las pestes, el hambre, el olvido y el desprecio golpeaban a una población anquilosada por su ubicación en la falda cordillerana oriental de los Andes, por tanto, apartada de la explotación minera, base de la economía de la naciente República boliviana, con gobiernos andino-centralistas que dejaban en abandono a esa ciudad añeja, de calles arenosas, casas con techos de palmas y tejas en las cuales crecían plantas extrañas, construcciones que las conociera el científico francés Alcides D’orbigny, quien hubo de impresionarse por su rancio fulgor español tendido en plena llanura, rodeada de campiñas y florestas, y hombres en libertad para buscar tesoros en el Dorado y en las Tierras de Enín de las leyendas.
Si el intelecto salía hacia Chuquisaca y a los países vecinos Argentina y Chile[1], la pequeña masa humana de no más de 5.000 habitantes quedaba con jóvenes repletos de esperanzas y sueños, buscando porvenir y glorias, que les quitaban a las ciudades republicanas de Bolivia en los valles de la cordillera oriental y el altiplano de los Andes, predominantes centros de poder.
Es el tiempo de los presidentes Andrés de Santa Cruz, José Miguel de Velasco, José Ballivián, Belzu, Córdoba, Linares, Achá, Melgarejo, Morales, Frías y Adolfo Ballivián. En ese ínterin es cuando se inicia el auge y rápido decaimiento de la quina y tras de su caída, explota y se destapa la fiebre del oro negro o caucho, denominada en inglés: boom rubber[2] (explosión de la goma elástica).
Por eso, los hombres de aventura y sueños de riqueza se encaminaron al norte siguiendo las aguas del río Grande o Guapa, ingresaron en caravanas cada vez más numerosas al gran Moxos, cruzaron llanuras para encontrar el río Mamoré e internarse en la selva, instalaron sus barracas o puntos comerciales, explorando los confines selváticos más allá de los ríos Abuná y Madera, tributarios que arrojan sus aguas al Amazonas.
El departamento de Santa Cruz fue el más diligente en esas caravanas, que salían, tanto a pie, como a caballo y en carretones.
Primero la quina y después la goma, los cruceños estaban adaptados y resolverían muy bien las distancias en largos viajes favorecidos por sus economías, trayendo de vuelta oro, piedras preciosas, pieles, charque, algodón, dátiles y especias que abastecían los gustos cruceños y proveían buenas ganancias.
Para atravesar los dieciocho rápidos o cachuelas, abrieron sendas y puestos, barracas y varaderos en puntos del río Madera, primero tras la quina calisaya, planta para el remedio de la malaria y después para los géneros de látex: Castilla (caucho) y Hevea (siringa, goma elástica), abundantes en selvas bolivianas. Vemos trechos de textos elegidos sobre géneros de látex y sus ambientes naturales en América del Sur.
Los templos de la capital oriental cruceña se construyeron con aportes de quineros, caucheros y siringueros que invertían en la tierra natal. Las calles de Santa Cruz de la Sierra y sus postes de madera cuchi de época colonial pronto ostentaron la riqueza de la quina y goma, embellecidas por altas columnas con bases cuadradas, capiteles cilíndricos de color blanco y respectivos ábacos que sostenían los techos de las casonas del casco viejo de la urbe oriental boliviana que hasta hoy se conservan. Es la que me permito considerar como la arquitectura republicana del trópico.
Pasaron los pioneros muchos años de la República tras el legendario El Dorado, antes del propio clan Suárez; pero desde 1825, se incrementa la extracción de productos naturales para la salud en el inicio de la Revolución Industrial. Muchos volvieron a invertir en la ciudad, los comerciantes se instalaron en las calles Florida, Arenales, Libertad y Buenos Aires. Entre ellos don Carlos Muggio, de origen italiano, que desde su tienda manejaba negocios, prestaba servicios a los gomeros y desposaría a Carmen, la hija de Gregorio Suárez Callaú.
En esas nutridas tiendas del ayer aún se venden utensilios de campo y selvicultura: látigos, aperos, huinchas, ensillados, armas blancas, armas de fuego, redes, mantas, mosquiteros, hamacas, vasijas de aluminio y enlosados, anafres, lampiones, lámparas y tichelas, sombreros y pantalones, ponchos, botas, cuchillos, azadones, machetes y palas; todo cuanto era útil para las jornadas al lejano Moxos, hasta el río Madera, a Reyes por el río Beni y a una serie de ríos que resonaban misteriosos, exóticos, fecundos en vegetación y exaltaban el brillo del oro de las maravillosas tierras de Enín y gran Paitití.
La inmensa provincia Moxos fue parte del departamento cruceño hasta 1842, por lo que tenían desde épocas coloniales comunicación permanente con los partidos de Mamoré, Pampas y Baures[3] en que se dividía la provincia; tierra repleta de tribus indígenas conviviendo en estado primitivo entre animales feroces y aves exóticas, seres apetecidos desde la colonia española por las huestes de exploradores y buscadores de tesoros, quienes intentaban dominar al salvaje denominado bárbaro y los bienes de la tierra para ser llevados al viejo mundo en contrabando de productos y originarios, vendiendo a industriales del Brasil y a negreros de Portugal que ingresaban por los ríos Madera y Amazonas.
«La especie Hevea brasiliensis, era denominada seringa o siringueira en Brasil. En Bolivia, siringa, y el látex que manaba de estos árboles como goma elástica. También el género Castilla, conocido como caucho, más abundante en terrenos elevados de la Amazonia peruana, colombiana y ecuatoriana. Al contrario, la Hevea brasiliensis de los bosques inundados de la Amazonia brasileña y boliviana, al requerir altos grados de temperatura y humedad tenía características más apreciadas por el sangrado, que emanando más látex, la hacía sostenible: si se picaban con cuidado, producían látex durante varios años.
En cambio, para el látex Castilla o caucho se necesita derribar el árbol. A partir de 1880, Manaos se convirtió en el centro de la economía gomera, el auge se trasladó hacia los afluentes del río Amazonas, a territorio boliviano. Los árboles de siringa estaban aislados en bosques, sin formar arboledas, y eran de difícil acceso al estar cubiertos de lianas y maleza. Se estableció como unidad de medida la estrada —150 árboles— esta cifra era arbitraria y se lograba raras veces. La extracción del látex (la pica) podía llevarse a cabo en la estación seca (abril-octubre) conocida como el fábrico. La goma boliviana generó precios tan altos en el mercado internacional que pasó a comercializarse como Fine Pará Rubber[4], a pesar de sus orígenes bolivianos»[5].
Las generaciones contemporáneas del apogeo gomero han descrito la característica de este tiempo:
«Es frecuente la confusión de la siringa, árbol de la goma o Hevea, con el caucho o Siphonia. La primera es una planta preciosa por la abundancia de su magnífica resina y por ser incorruptible e inmune a las enfermedades criptogámicas, razón por la cual expertos en plantaciones prefieren la Hevea ahora llamada boliviana.
Los cultivos hechos en nuestro siglo en la Malaya británica y en las Islas Orientales Holandesas, y en el río Tapajós de Brasil, tienen plantaciones en surco con un número de 2.500 árboles de goma por cada hectárea. Acá en nuestras tierras, cada hectárea apenas presenta de ocho a diez árboles. Se comprenderá la extensión que debían recorrer los pobres fregueses para picar 160 plantas de sus estradas para recoger diariamente 1.200 tichelas. Cada fregués tenía dos estradas a su cargo, cuatro, si era casado y todavía sin hijos»[6].
Esta especie tan valiosa se encuentra en la selva de las faldas cordilleranas de los Andes, abundando en el alto Beni, alto Madre de Dios y Acre.
Ese enorme territorio era muy codiciado, como anticipa el investigador y periodista brasileño Chiavenato:
«El Brasil se interesó por el Acre desde 1750, consiguiendo algunos acuerdos a partir de 1777. Pero el descubrimiento de la goma como riqueza viable de exploración, agudizó la presencia brasileña en su territorio esparcidamente habitado por bolivianos. En 1867, el dictador Melgarejo cedió 100.000 kilómetros cuadrados en la región y no entregó el Acre porque Brasil no se empeñó lo suficiente. Pero en 1899, la goma era una gran riqueza. Entonces el Acre tenía que ser del más fuerte»[7].
El texto del profesor Rogers Becerra Casanovas describe así ese tiempo:
«Se dio el nombre de Edad de la Quina al periodo de la historia boliviana que se halla entre el gobierno de Ballivián y el de Melgarejo (…) de 1847 a 1864. Los grandes contratos de la quina se hacían con los padres o curas que, en este negocio, dejaban la “pobreza franciscana” para embolsarse el suficiente metal. Tenían la ventaja de disponer a su arbitrio de los indios que les prestaban obediencia santa y ciega. Estos curas perjudicaron a los pobres indios y a los atrevidos contratistas que moraban en el desierto en busca de porvenir.
La repentina desvalorización de este producto obligó a los rescatadores a buscar otras actividades. El “árbol del oro” como se llamó, fue descubierto por don Pablo Salinas, por el capitán Francisco Cárdenas y por el cura Celso Loras en 1859, en sus viajes por el río Beni. Al divisar los árboles de la orilla, Cárdenas lanzó exclamación de asombro: los viajeros preguntaron a los indios el sitio de donde obtenían tal producto —para alumbrarse usando retazos de madera envueltos en porciones de goma—, habiéndoles referido que los Araona lo traían de la selva donde crecía en abundancia sobre los ribazos del río Beni.
A medio año de 1872, don Pedro Suárez[8] y don Manuel José Vaca Guzmán propusieron a don Calixto Roca y a don Antenor Vásquez la formación de una sociedad para la explotación de la goma».
La explotación de caucho y siringa fue más dramática por la situación de quienes caían en la red del enganche, los cuales irían a las selvas a rayar esos árboles en calidad de esclavos pagados en una suma difícil de devolver, dejando sus pueblos y provocando que Santa Cruz sufriera un éxodo preocupante, tanto que fue necesario frenar en cierto momento.
El denominado enganche era ejecutado por los Chinuelos[9], hombres que iban por las calles arrojando monedas para arrastrar a la casa de reenganche, en jaranas y comilonas con banda de música, a portón cerrado, óptimas acciones para el ajuste de las primeras cuentas en que aquellas monedas de anzuelo sumadas a la farra figuraban adelantadas en el contrato dudoso y al embarque si se querían fugar. Eran trincados con cadenas de a dos o en grupo, para emprender a pie el largo camino a Cuatro Ojos y embarcar a los batelones[10] hacia el mundo encantado de caucho. De tal manera, en las afueras de Santa Cruz de la Sierra, agregaron una frase mítica bajo la placa de la calle por la cual salían las caravanas, que al leerla de corrido sentenciaba:
«Calle Beni… por donde se va y no se vuelve»[11].
Difícil determinar quiénes era buenos o malos, la necesidad imperiosa de trabajo para sobrevivir y de forjar mejores condiciones generales cayó en rara especie de esclavitud blanca, quizá porque no era como la esclavitud negra y porque demostrarían que se pagaba el trabajo en las selvas de la hoya amazónica bajo la promesa de fortuna que emanaba de los árboles, y ese oro blanco convertido en bolachas negras era sueño común en la pobre ciudad republicana, salida de larga etapa colonial.
Los hermanos Suárez representan a los primeros comerciantes y navegantes de la cuenca boliviana y brasileña de la red fluvial Beni – Madre de Dios – Mamoré – Madera – Amazonas y aunque no se crea o no parezca, no estarían metidos en aquella sonada esclavitud que tomaría fama mundial desde el Perú, en la cual se ultrajó severamente a tribus completas bajo el dominio de la mayoría de quineros y caucheros que no midieron artificios para la pica rápida y voraz de los árboles en las selvas inmensas que pasaban por Bolivia, y tal como Brasil, deberían intentar conquistar para unirlas a sus dominios.
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