Le favorece el destino de niño aventurero recién llegado a tierra feraz y espléndida, llena de agua, ríos por doquier; se transforma pronto en adolescente, delgado y ágil para utilizar el remo como primera oportunidad de ganancias y el empuje para subir rápido los barrancos; probó su ánimo de triunfar escalando las orillas resbalosas y a paso firme el magnífico entorno de tierras quebrajadas en sequía y anegadizas en las llenuras, apartando el enjambre de insectos de toda especie, así, remando solitario, estudió la bella jungla beniana, sus inundaciones, misterios y razón de ser, el comportamiento pleno de esa tierra.
Así le llega la juventud, libre al viento, tras la línea del monte que se sumergía en el agua, alejando horizontes, a la par de las fieras que posiblemente le siguieron, pues era muy común que los tigres siguiesen a los bateloneros, canoeros y callaperos en sus largas rutas.
Por las aguas del arroyo San Juan que cada año inundaba el centro trinitario, se internaba en el río Ibare y salía a las corrientes lentas, bordeando las riberas amplias del Mamoré, a modo de paseo, o como percibió también la historiadora inglesa Valery Pfeiffer: conociendo la hidrografía beniana para explorar el inmenso territorio que dominaría futuramente.
Una vez que la vulcanización, descubierta por Charles Goodyear, ha demostrado ser efectiva, pues en el frío la goma no se endurece y en el calor no se ablanda, ha subido el precio de la goma elástica gracias a la gran utilización en las manufacturas generadas por la Revolución Industrial en pleno apogeo.
Sus hermanos, entrados en juventud y madurez, manejaban ya el negocio de trueque por quina calisaya o cascarilla y algodón, desde Santa Cruz hasta las llanuras de Trinidad y Baures, y por el oeste (lado del río Beni) a Reyes; bajaban de los Andes numerosos interesados en la epopeya que comienza, eran los llamados enchalecados, hombres provenientes de las ciudades cordilleranas que vestían el chaleco, pieza interna a la usanza de las ciudades frías, en tanto calor del Beni. Al comenzar la década de los setenta del siglo XIX, el boom cauchero dio paso a la siringa o Hevea, pues generaba un látex más valioso, de mejor calidad que el caucho.
Mientras recogía corteza de cascarilla o quina para remedio de la malaria, el joven Nicolás Suárez Callaú habría encontrado árboles de esta Hevea o siringa por esos rumbos del bajo Beni.
La buena noticia atrae a los siringueros cruceños del río Madera que fueron arrojados de sus posesiones por el desastroso (para Bolivia) Tratado de Límites del año 1867, firmado por el presidente Mariano Melgarejo. Entre los notables siringueros cruceños, Nicanor Gonzalo Salvatierra, Santos Mercado y a su hermano Gregorio Suárez Callaú[1], que se replegaron a tierras bolivianas adentro, ante el avance del poderoso vecino y sus mandamases políticos, aduanerillos y negociantes oportunistas del Amazonas y Matogrosso, los cuales avanzan sobre la amplia orla del río Madera que pertenecía a Bolivia según el Tratado de Tordesillas[2], haciendo suyas las posesiones de los bolivianos.
Como nada es café con leche en las selvas, pelear por un territorio ya perdido ante la cancillería y embajadas, en La Paz, 373 años después y más, la fuerza carioca del imperio de Portugal asentado en Río de Janeiro era imposible, pues el desplazamiento estaba ordenado[3] y sería necesario que aquella comarca denominada Acre, fuese poblada lo antes posible: pongamos veinte años a lo más para que la extensión del país imperialista y expansionista de Brasil, coronada de la gracia de hábiles barones como el de Río Branco, todavía dominando el enorme territorio sudamericano, no ganase más tierra, empujando o mejor, pasando la famosa línea imaginaria del Tratado de Tordesillas de 1492; y qué bellas selvas vírgenes, qué maravilla de creación y naturaleza repleta de florestas de látex, varios tipos de caucho y una especie más dúctil, la Hevea.
Cientos de humildes y hambrientos nordestinos fueron sacados de la aridez de Pernambuco, Bahía, hasta Maranhao, arrastrados a las selvas amazónicas más allá de Belén y Manaos, lejos tan lejos, próximo al Perú y a la propia Bolivia. ¿Dónde era esa Bolivia? A nadie interesaba. Eran tierras de nadie, eso les decían a ellos: allá serán colonos, serán dueños, tendrán fortuna.
Encontramos al jovencito Nicolás Suárez Callaú, a la edad de dieciséis años, en el pueblo de Bibosi, hoy Coronel Saavedra, departamento de Santa Cruz, en plenas votaciones para la alcaldía y su firma, todavía muy nueva, estampada en la lista de votantes[4], nos demuestra que, pese a la distancia entre Trinidad y Santa Cruz, viajaría a lo necesario para realizar las encomiendas de sus hermanos mayores Francisco, Pedro, Antonio, Gregorio y Rómulo.
Sabemos que la política era parte de la fuerza de los Suárez Callaú, especialmente del fundador de la Casa. Quiere decir que Nicolás debería estar al tanto de lo político, y así lo estaría su vida entera.
Pero no se quedaría para estar en comicios en Santa Cruz, pues el Beni le llamaba de vuelta desde el alma y el corazón.
Los ríos son caminos que andan[5] y esa verdad les sirvió a Gregorio y al joven Nicolás para sacarle provecho, instalando una pequeña flotilla de batelones que enlazaban a los dirigidos por su hermano Pedro y su mujer doña Cornelia Sarabia, empresa propia que va haciendo en cuanto se dirige a Reyes, ordenado por ese segundo hermano y Antonio, el tercero, que ya dominaban el alto Beni. En ese sector, abajo de Rurrenabaque, junto a don Antenor Vásquez, inician la pica o rayado de la siringa y fundan para ese nuevo oficio la primera barraca gomera con el nombre de Todos Santos[6].
En 1871 cumple veinte años y ya es hábil comerciante y explorador de capital propio que le genera dividendos depositados en las arcas de la firma privada de su hermano Francisco, la conocida «F. Suárez», embrión de la Casa Suárez, que el fundador les dejará años después a los menores; inician entre ellos el necesitado habilito a quien lo solicita para atravesar el Beni, transportando desde Reyes a Santa Ana y viceversa, productos básicos para la subsistencia en la industria de la goma, llevados por la pampa en caravanas de carretones repletos de bolachas hasta encontrar el río Yacuma y su desembocadura en el Mamoré, bajando callapos y flotando por el Mamoré hasta las proximidades de Brasil.
Nicolás a los veinte años era ya experto en remo y se interna en la red fluvial, acierta en la contratación de remadores para el manejo de batelones que amplían la navegación por el Mamoré en dirección a Guayaramerín, en la cual se encuentra la primera cachuela o rápido de ese nombre, y sigue adelante, al río Madera, disponiendo batelones, canoas y callapos para navegar y conquistar mayores ganancias ante la competencia determinada por el látex.
Pronto se convirtió en batelonero, en ese campo de trabajo, muy joven conocería a su amigo suizo Hugo Böger, joven aventurero y explorador llegado a estas tierras, quien trayendo sus propias libras esterlinas comienza el mismo negocio[7]y así el joven europeo conoce a quien será su suegra, doña Cornelia, por su hija que tenía en Londres, la cual llegaría por inicio de los años ochenta y a la cual desposa por vuelta de 1885.
Es la época más fecunda para quienes intentan entrar en el comercio transcontinental de las gomas, por allá a fines de los años setenta del siglo XIX e inicio de la nueva década de oro. Todos ellos fueron bateloneros al comienzo de sus empresas y unen contactos para servir en los ríos Beni y Mamoré, trasponiendo la llanura entre ambos ríos para exportar goma e importar productos desde Europa a través de la cuenca amazónica.
[1] Gregorio Suárez Callaú, ver capítulo especial a su nombre.
[2] Tratado de Tordesillas: Es una serie de acuerdos suscrito en Tordesillas, España, el año 1494, entre los representantes de Fernando el Católico e Isabel de Aragón y Castilla, por una parte y Juan II de Portugal, con el cual se dividían el nuevo mundo ambos reinos. En el paso por el centro sudamericano, el río Madera de las fenomenales cachuelas quedaría dentro de esta línea, en el lado de los Virreinatos españoles del Alto Perú (después Bolivia).
[3] Cientos de humildes y hambrientos nordestinos fueron sacados de la aridez de Pernambuco, Bahía, hasta Maranhao, arrastrados a las selvas amazónicas más allá de Belén y Manaos, lejos tan lejos, próximo al Perú y a la propia Bolivia. ¿Dónde era esa Bolivia? A nadie interesaba. Eran tierras de nadie, eso les decían a ellos: allá serán colonos, serán dueños, tendrán fortuna.
[4] Registro de Firmas de Bibosi (hoy Coronel Saavedra), la firma de N.S.C. muy juvenil y nueva. Investigación de Julio Enrique Osuna Ribera. Ver en sección fotográfica en la tercera parte de esta obra.
[5] Frase de Luciano Durán Böger por «los 35 ríos benianos que corren al mar» en su obra En las Tierras de Enín.
[6] Síntesis biográfica del señor don Nicolás Suárez Callaú, autor: Napoleón Solares Arias. Página 5. Impreso en Cachuela Esperanza. 1951.
[7] Hugo Böger será después invitado por la casa peruana exportadora de goma, Otto Richter, ubicada en Reyes, cabalmente para gerenciarla por vuelta de 1887, cuando ya está a cargo de la niña Aurora V., como citan cartas dirigidas también a Nicolás.
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