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La vergüenza se esparce por todo mi rostro, estoy segura que para él, debo parecer un tomate andante; un gigante tomate, nunca antes visto. Lo menos que pensé era que me encontraría en esta situación tan vergonzosa.

—Siento mucho haber estado usando el teléfono en el trabajo. Lo apagaré de inmediato.

—¿Por qué se detiene? — mira su reloj y vuelve a mirarme—. Aún faltan quince minutos para su hora de entrada. Lo que haga durante ese tiempo está permitido y no puedo llamarle la atención. Además, no considero que bailar sea malo. No puedo negarle que me impresiona el sazón que tiene. ¿Toma clases de baile?

Su reacción no es precisamente la que esperé. Aunque si encuentro rara su pregunta.

—No, esta energía y sazón me lo dio mi mamá desde que nací— dejo escapar un comentario muy narcisista, pero todo fue, por no saber qué responder—. Ignore lo que dije, por favor— recojo el mapo y retomo la postura rápidamente.

—No lo pongo en duda— su cuello ladeado y la media sonrisa que está dibujada en sus labios, hace que voltee, pensando que, tal vez hay alguien detrás de mí, pero no hay nada interesante—. Luce reluciente y resistente.

—¿Disculpe?

—El suelo. Ha hecho un excelente trabajo.

Mi cerebro permanece dando vueltas, tratando de procesar su respuesta.

—La llevaré al asilo. Venga conmigo.

Luego de guardar las cosas en el almacén, lo acompaño. Por detrás de la misma oficina, hay una puerta que conecta al área del asilo. Había varias enfermeras, ancianos en sillas de ruedas, caminando en andadores y sentadas en diversos sofás en la marquesina. Cuando ven al doctor, lo saludan y él se les acerca.

—Les presento a mi secretaria. Estará encargada de cuidar también de ustedes. Me la tratan bien y háganla sentir como en casa.

—Buenos días a todos. Mi nombre es Yanelis. Es un gusto estar aquí con ustedes.

—Voy a darle una ronda por el asilo, ve a la oficina y tan pronto sean las seis y media, deja pasar a los pacientes— le pide a una de las enfermeras.

Caminamos por un pasillo, donde hay diversas habitaciones para los pacientes encamados.

—Cuando dijo cuidar de ellos, ¿qué quiso decir? No me habían comentado sobre eso, doctor.

—Es mi secretaria, y ellos también son pacientes míos, es solo que están internados aquí. Solo vendrá al asilo cuando tenga que visitar a algún paciente, mientras tanto, solo deberá encargarse de tener sus expedientes a la mano por cualquier emergencia que surja.

—Comprendo. ¿Y la Srta. Mariallys? No he tenido el privilegio de conocerla, pero la Sra. Beatriz me habló sobre ella.

—Estuvo encargada de los equipos médicos en el día de ayer, y es algo que consume tiempo, por eso no estuvo en la oficina. Se supone que hoy la conozca.

—No imaginé que todo esto estaría conectado.

—Sí, el asilo es de la Sra. Beatriz. Solo soy el médico de cabecera que atiende a sus pacientes.

—¿Puedo hacerle una pregunta un poco personal?

—Claro, dígame.

—¿Cuántos años tiene?

—35.

Ahora entiendo el porqué se ve tan joven, si es que realmente lo es. Supongo que hasta casado debe estar. Un hombre así, es imposible que esté solo. Siento tanta envidia. Me trae a conocer el asilo, a cada paciente encamado, a las enfermeras de turno y a la cocinera. Todas se ven amables y sonrientes, tal vez no sea tan malo socializar un poco y hacer nuevas amigas.

—Este es el almacén del asilo. Si en algún momento requiero de algún equipo para un paciente de la oficina, lo vendrá a buscar directamente aquí. La hoja de inventario está en el tablero, ahí encontrará todo lo que hay.

Estamos a solas, solo se escuchan nuestros pasos. De repente se detiene y casi tropiezo con él, pero logro parar a tiempo.

—Hace mucho calor aquí— suspiro inquieta.

—¿Calor? Sí, desde esta mañana hace mucho calor— en el momento de voltearse, su mirada se cruza con la mía.

—Creo que deberíamos regresar, doctor. Los pacientes deben estar esperando.

—Sí, será mejor que regresemos— lleva su mano la nuca y salimos.

De camino de vuelta, por el mismo pasillo, una enfermera pasa por nuestro lado, haciendo que me salga del medio para no tropezar con ella y el doctor se queda quieto. Cualquiera diría que soy yo quien lo está acorralando contra la pared y, es que el espacio es muy estrecho, y con lo gorda que estoy, es imposible no obstruir el pasillo. Estoy muy cerca a él, y la situación se torna extremadamente extraña. Según las novelas, se supone que este tipo de situaciones sean al revés. ¿Por qué debo ser yo quien lo está acorralando? Maldita suerte la mía.

—Es muy pequeño, doctor — bajo la mirada al tenerlo tan cerca.

—¿Qué dijo?

—El espacio del pasillo— aclaro.

—Oh— carraspea, arreglándose la bata—, de eso hablaba.

—¿Y de qué otra cosa podría hablar, doctor?

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Comments

rubi salgado

rubi salgado

Habla en doble sentido el doctor jajaja

2024-11-29

0

mariposa 🦋

mariposa 🦋

estos se pueden dar la mano con la mente cochina que tienen 🤣🤣🤣🤣 todo lo dicen con doble sentido o le buscan el doble sentido a lo que hablan!!!😜😜😜

2023-12-29

1

Lita Wellington

Lita Wellington

ese doble sentido es bueno

2023-12-06

0

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