Era una mañana como cualquier otra para el agente especial Eton Bakewell, miembro del departamento de investigación de crímenes de la ciudad de Viennoiserie. Su día comenzaba con una sesión de ejercicio de 40 minutos de duración aproximadamente, seguido de una ducha rápida, de 10 minutos máximo; no importaba la época del año, la ducha siempre era fría, a veces con agua helada. A continuación, tomaba un desayuno ligero y balanceado mientras leía las últimas noticias en su tableta digital.
Al terminar su desayuno, se vestía con el uniforme de la agencia y se dirigía en su auto en dirección al trabajo; sin embargo, solía desviarse del trayecto ligeramente para pasar a recoger a una de sus compañeras, la agente especial al mando, Madeleine Boulanger.
—¡Buenos días, Eton! —saludó amablemente la mujer al salir de la enorme mansión en la que vivía. Estos dos agentes se conocían desde la universidad, habían sido amigos inseparables desde entonces.
—Buenos días, jefa —respondió con una ligera sonrisa. A Eton le maravillaba lo hermosa que se veía su compañera en su uniforme entallado que resaltaba su curvilíneo cuerpo. Madeleine era de busto prominente y caderas anchas, además tenía el cabello semi-rizado y largo; suelto le llegaba casi a la altura del trasero, aunque para el trabajo lo llevaba recogido en una coleta de caballo.
Eton estaba enamorado de Madeleine, ya la había invitado a salir en varias ocasiones, pero siempre terminaba rechazándolo. No podía entender la razón de por qué ella no estaba interesada, él tenía buen cuerpo, era alto, guapo y además caballeroso y servicial. "Quizá ella no está interesada en los hombres después de todo", razonaba en ocasiones; sin embargo, estaba seguro de haber sentido que Madeleine lo observaba con cierta lascivia en algunos momentos, como cuando entrenaba en el gimnasio de la academia, por ejemplo.
Esto no lo desanimaba en absoluto, conocía a Madeleine y sabía que era bastante obstinada y se enfocaba excesivamente en su trabajo, así que pensaba que solo debía ser más persistente. Algún día aceptaría salir con él.
—¿Y...? ¿Cómo te fue ayer con tu amiga? —rompió el silencio Eton mientras conducía.
—Bien y mal. Me alegra haberla visto de nuevo, pero terminamos peleando... Otra vez.
—Esa chica es todo un personaje, ¿eh?
—Es buena para muchas cosas, pero es tan terca que me saca una cana nueva cada vez que la veo.
—Si ella te provoca eso, imagina cuánto gasto yo en tinte para el cabello cada mes por tu culpa. —bromeó el hombre de manera sarcástica.
—Muy gracioso. —responde Madeleine un tanto ofendida— Si tanto te molesto, ¿Por qué no pides que te transfieran a otro equipo?
—Sabes que me agradas, no por nada te invito a cenar todas las semanas. —dejó salir una breve indirecta muy directa.
—Lo sé, Eton. De veras aprecio tus invitaciones, y me halagas, —replicó siendo lo más sincera posible la mujer de cabello color chocolate—, pero sabes que ahora mismo no me puedo permitir distraerme del trabajo. No hasta que logre el ascenso.
—Entonces, una vez que te den el ascenso, ¿vas a aceptar salir conmigo? —preguntó Eton sin dar rodeos.
—Puede ser... Probablemente... No lo sé... —contestó indecisa la mujer—. Ya lo veremos cuando llegue el día, por ahora, prefiero concentrarme en el trabajo. ¿Podrías ayudarme con eso?
—Te ayudaré con todo lo que necesites y estaré a tu lado esperando ansioso ese momento. —El corazón de Madeleine se aceleró un poco al escuchar a Eton hablando de manera tan confiada y seductora, pero no dijo nada más del asunto para no darle demasiadas esperanzas a su compañero.
Al otro lado de la ciudad, en el restaurante Ricciarelli, Jeong aún estaba en su turno de trabajo. El chico pastelero tenía una expresión melancólica en el rostro y estaba anormalmente silencioso mientras horneaba sus postres.
Una de sus compañeras, una chica tímida llamada Xiānhuā bǐng, notó el estado en el que se encontraba.
«Escuché que estuvo con una chica ayer, seguramente ella lo botó y por eso ahora está tan triste» —dialogaba en su interior la chica de cabello color rosado—. «¡Esta es tu oportunidad para hablar con él y consolarlo Xiān Xiān!»
La chica, que trabajaba como mesera en el restaurante, se puso de pie a unos cuantos metros de distancia de dónde estaba Jeong, ahí practicaba en voz muy baja las palabras que utilizaría para intentar animar al chico del cual estaba enamorada desde que lo vio por primera vez, cuando ella entró a trabajar al fino establecimiento.
Avanzando a pequeños pasos que daba cada vez que inhalaba y exhalaba aire para evitar entrar en pánico, logró avanzar al menos 1 metro, antes de que otro de los meseros se acercará por detrás, curioso de lo que estaba haciendo.
—¡Oye Xiān! ¿Qué estás haciendo? —preguntó casi gritando Ate, amigo de Jeong.
La repentina aparición de Ate provocó que la chica se asustara tanto que dejó salir un grito que sonó como un chillido agudo.
—¡¿Qué fue eso?! ¿Un ratón? —preguntó Jeong alterado al escuchar tal sonido.
—No fue un ratón, —contestó Ate— fue Xiānhuā que se sorprendió porque la atrapé mientras te estaba espiando, es toda una voyeur, ¡Jajaja!
-¡N-n-no lo estaba espiando! ¡Yo...! ¡Solo quería...! —La pobre chica no podía articular bien ninguna frase debido al susto de hace un momento y la vergüenza que sentía.
Después de haber aclarado el asunto y habiendo demostrado que su intención solo era preguntar por qué Jeong se veía tan triste, el chico les explicó la situación. Estaba con el ánimo decaído porque no podría volver a ver a Charlotte en unos cuantos días, quizá meses. Sus amigos lo animaron recordándole que aún podía hablar con ella por videollamada, y eso logró tranquilizarlo un poco.
Mientras tanto, Charlotte estaba llegando a las oficinas que Zephyr utilizaba como centro de operaciones. Una vez terminado el trabajo, el jefe le asignaría una nueva misión en la que tendría que emplear todas sus habilidades para complacerlo.
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