La primera cita

Charlotte observaba atónita lo sucedido, aquel guardia había muerto debido a la sobredosis de azúcar frente a sus propios ojos.

—¡¿Por qué lo hizo?! ¡¿No acaba de decir que sus empleados son como sus hijos?!

—Lo que dije fue: "Mis empleados fieles son como mis hijos" —Respondió Ricciarelli—. Esa rata muerta de ahí estaba filtrando información importante de mis negocios a mis competidores, por eso tuve que "silenciarlo".

«Así que de esto se trata» —razonó Charlotte en su mente—, «no piensa consumir el azúcar, sino utilizarlo como un arma sigilosa contra sus rivales».

A pesar de que los efectos alucinógenos del azúcar eran bastante potentes, la realidad es que la mayoría de los compradores de la droga la adquirían debido a la facilidad con la que se podía asesinar a alguien mediante reemplazar el azúcar común en sus alimentos con esta variante sintética.

—¿Y bien? Ya comprobó que no es cualquier azúcar, ¿Procedemos con la venta? —Charlotte continuó con su speech habitual, como intentando ignorar lo que había sucedido.

—Por supuesto, ¡Traigan mi tarjeta! —ordenó el acaudalado hombre a sus guardias, quienes al instante trajeron una especie de tarjeta electrónica que servía como medio para administrar el dinero digital.

Este azúcar no era para nada barato, tan solo 10 gramos de la sustancia podían llegar a valer 50,000 Qredits (Esta es la moneda virtual más utilizada en el mundo, 1 Qredit equivale a 1 Euro de la vida real —para evitarnos complicaciones— y su símbolo es 𝒬)

Tras terminar la negociación, Charlotte salió de la mansión en busca de algún lugar interesante para pasar el tiempo hasta que llegara la hora de la cita con el chico pastelero.

—Esta ciudad seguro debe tener un casino, ¡hoy me siento con suerte así que seguro podré triplicar la cantidad de dinero que acabo de ganar! —la expresión de emoción en su rostro dejaba ver claramente su afición desmedida por las apuestas, una actividad que —tal como conducir autos lujosos— la hacía sentir viva; sin embargo, en ese momento no se imaginaba que tan solo unas horas después, saldría del casino derrotada y habiendo perdido todas las ganancias que le correspondían por su reciente venta.

—ZUT!! ¡¡Otra vez me dejé llevar y perdí mucho dinero!! ¡Tendré que buscar la forma de recuperarlo! —se lamentaba la pelirroja mientras conducía en dirección a la casa de Jeong.

El joven repostero tenía preparada una cena especial para la cita, no sólo era bueno para hornear postres, sino que también sabía cocinar alguna que otra receta del restaurante.

—¡Bienvenida a mi apartamento! Me alegra mucho que hayas venido. —Esta era la primera vez que una chica entraba a su casa, así que Jeong estaba muy nervioso.

—Gracias por invitarme, tu casa es muy bonita.

—Por favor toma asiento, en un momento traigo la cena. —dijo Jeong mientras se dirigía a la cocina.

Sentada a la mesa, Charlotte echó un vistazo rápido por toda la sala, parecía que este muchacho era bastante sencillo, ya que en esa habitación solo pudo ver un sofá pequeño, una televisión, un librero y una que otra planta, además de la mesa en la que estaba.

Mientras esperaba a que Jeong regresara con la comida, un pequeño conejo blanco cruzó por la sala, al notar la presencia de Charlotte, se quedó inmóvil un momento, mientras ambos mantenían contacto visual. A Charlotte le sorprendió un poco ver al conejito, pero el animal parecía estar en shock.

De pronto, aquella criaturita salió huyendo de un salto, brincó hasta llegar a la esquina de la habitación, en la que se encontraba una especie de alfombra con botones grandes y coloridos. El conejo de ojos rojos rápidamente se posó sobre uno de esos botones y saltó repetidamente bastante ansioso, la alfombrilla reproducía el sonido: "Extraño, extraño, extraño" con una voz sintetizada cada vez que se pulsaba el botón.

Al instante salió Jeong de la cocina para averiguar qué había ocurrido.

—¿Tienes un conejo…? —preguntó Charlotte un poco confundida— ¿Que sabe hablar…? —La confusión aumenta— ¿Usando un aparato en el piso?

—¡Ah! Si, su nombre es Mochigome, —respondió el joven, trayendo en una mano una bandeja con comida y cubiertos, y una botella de vino y dos copas en la otra—, lo rescaté del restaurante hace un año. Llegó junto a otros animales que serían la comida ese día, pero este amiguito tuvo la suerte de estar enfermo, así que decidieron no cocinarlo. Lo traje a casa y lo cuidé hasta que se recuperó. Pensaba enviarlo a un refugio pero no quiso separarse de mí, poco tiempo después noté que era muy inteligente, por eso lo entrené para comunicarse con el tablero de sonidos.

—¡Es muy sorprendente! ¿Y es así de nervioso con todas las personas?

—No confía mucho en los demás; después de todo, tiene un trauma porque casi lo convierten en comida… Hablando de eso: ya es hora de cenar.

—¡Todo huele delicioso! —Exclamó entusiasmada Charlotte al serle presentado el menú de la noche.

Ambos se sentaron a cenar mientras conversaban un poco sobre sus vidas; por supuesto, Charlotte no podía contarle a Jeong a qué se dedicaba en realidad; por lo tanto, recurrió a una de sus mejores coartadas cuando surgió la pregunta.

—Soy comerciante de especias exóticas, déjame mostrarte algunas. —Charlotte se levantó de su asiento y se dirigió hacia el pequeño sillón en el que había dejado su bolso.

Ella abrió el bolso, buscaba dentro un pequeño sobre que contenía algunas especias que había comprado unas horas antes en una tienda de productos extranjeros, pero al parecer había caído al fondo del bolso; así que tuvo que sacar sus cosas de una en una.

Mientras hacía eso, Mochi —el conejillo blanco— la observaba a lo lejos, oculto detrás de un jarrón decorativo. Miraba con atención cada artículo que salía del bolso: un pintalabios rojo, las llaves de un auto, un teléfono celular, un… ¡¿Cuchillo de combate?!, ¡¡¿Un revólver?!!

«¡¡Sabía que esa mujer era muy sospechosa!!» —seguramente es lo que el pequeño conejo pensaba aterrado mientras espiaba a la extraña que había entrado a la casa de su querido amo. El astuto animalito quería advertirle a su dueño lo que acababa de presenciar; sin embargo, ninguno de los botones en su tablero de sonidos tenía programado alguna palabra que pudiera describir aquellos objetos; por consiguiente, se resignó a seguir observando la situación calladamente dentro de su seguro escondite.

La noche transcurrió con normalidad, ambos disfrutaron de la comida, el postre y el vino; de hecho, a Charlotte se le pasó un poco la mano con el vino; sin embargo, para su suerte ella no es de las personas que empiezan a soltar todas las verdades que conocen estando en estado de ebriedad; más bien, es de las que caen completamente dormidas al grado que ningún ruido es capaz de despertarlas.

Pues bien, ella había caminado por su cuenta hacia el sofá en cuanto empezó a sentirse con sueño, le fue imposible combatir esa necesidad, así que cayó dormida ahí mismo. Cuando Jeong se dio cuenta, de manera lenta y silenciosa le quitó las botas y la cubrió con una manta. Sería mentira decir que no le pasaron por la mente un millón de pensamientos un tanto sucios al ver a una hermosa chica durmiendo indefensa en su apartamento; sin embargo, logró mantener la compostura y desistió de hacer cualquier cosa cuestionable. Después de recoger todo y lavar los cubiertos, se fue a su cuarto para intentar dormir, lo cual le resultó bastante difícil, pues no lograba dejar de pensar en aquella chica.

Esa noche, Charlotte logró algo que tenía varios años sin conseguir: dormir tranquilamente y sin preocupaciones. Por su estilo de vida, siempre solía dormir con la pistola al lado de la cama y, cualquier sonido, por leve que fuera, la ponía en estado de alerta; sin embargo, ese día se sentía en paz y segura.

A pesar de sentir esa tranquilidad por primera vez en tantos años, la mañana siguiente sería la última vez que vería a ese muchacho… al menos ese era el plan que había ideado antes de conocerlo un poco mejor.

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