panchos

Casi corriendo llego al ascensor de la oficina antes de que sus puertas cierren. Miro mi reloj y sofoco un grito al percatarme que ya son más de la una de la tarde y encima mi estomago hace acopio de lo vacío que esta. Creo que en mi oficina hay algo para masticar.

Al despertar en la mañana luego de darme una ducha helada, mi pesadilla me siguió a lo largo de la noche y ahora parece que todo hombre que camina lleva sus ojos. Como parece ser el día, gris, aunque el sol brilla desafiando las prendas a mantenerse en su lugar.

Terminé mi ducha refrescante anti cachondeo y luego de cambiarme recibí la desafortunada llamada del hogar, uno de los niños había caído al trepar uno de los árboles y en el hospital no querían atenderlo. Eso pasa siempre.

 Así que como siempre, corro. Luego de vestirme porque andar en paños menores no es lo mío, paro un taxi, el autobús sería muy lento. Mientras el vehículo atraviesa las atestadas calles, llamo a la directora del hogar, Ainalen Quinteros, para informarle mi pronta llegada al dichoso hospital donde los enfermos no se curan si no tiene billetes en las manos, si es una mierda.

Toda mi vida fue así, lo viví en carne propia. Vivir de la caridad en una ciudad de mediocres no es fácil. Por eso gracias al contrato que firme y mi amigo Nicolás, mis finanzas digamos que se acomodaron y hoy me doy el lujo de poder ayudar en todo lo que tenga referencia en caridad. Pero el orfanato es mi predilecto, es mi hogar, mi familia.

Encuentro el número de Aina y presiono la tecla verde de mi pantalla para que la comunicación se haga factible. Al cabo de unas cuantas pitadas escucho la vos de la directora.

—Zafiro —dice.

—Estoy en camino, Aina —la tranquilizo porque sé que debe estar super nerviosa.

—Hay zafiro, gracias —dice con voz chillona—. Ya no sabía que más hacer, pasamos toda la noche tratando de que lo atiendan, pero tú sabes como son.

—No hace falta que lo digas, pero explícame ¿Por qué no te comunicaste conmigo antes? —pregunto ahora que sé que han estado revoloteando la ciudad.

—No quería molestar —murmura apenada— Javito se cayó ayer por la tarde y no dijo nada, cuando ya no aguanto más el dolor fue cuando nos dijo y bueno de ahí que andamos como almas en penas recorriendo nosocomios inútiles.

Su voz apenada me parte el alma y no quiero ni pensar cómo se debe sentir javito, él sabe más que bien como son los hospitales de ahí que no haya querido decir nada. Necesitamos buscar ayuda y que alguien pueda ayudarnos en estas circunstancias, pero cuando se trata de niños del orfanato todos dan vuelta la cara como si ellos fueran culpables de la realidad, cosa que me enerva.

Corto la comunicación con Aina al encontrarme en el estacionamiento del hospital, pago la tarifa del viaje al chofer y bajo como loca corriendo y casi tropezando con mis tacones de diez centímetros los de quince los usare en otra ocasión.

Ainalen está en la puerta de urgencias del hospital y javito está sentado dentro de la sala llorando en silencio. Al verme, aina, grita aliviada y corre hacia mí. Sus ojeras son notorias al igual que sus ojos rojos.

Sus brazos se ciernen en mi cuerpo y llora de alivio. Yo trato de consolarla mientras la arrastro dentro de la sala de urgencias.

Me peleo con la gente del hospital que no puede cumplir con la simple tarea de atender a un indefenso niño. Logro mi cometido prometiendo dejar la boleta abonada.

Debería comprar una bolsa de estiércol como abono a la dichosa boleta, pero ese chistecito me costaría mi título. Título que me costó mi paz mundial, como diría miss universo, además de que ahora la paz mundial invade mis sueños y para colmo son tan ricos... ¡Horribles, espantosos, calientes, húmedos, atroces, si eso atroces, eso es lo que son!

Un mano en frente mío llama mi atención, sacándome de mi momento de ensoñación con mi paz mundial y veo que ya atendieron a mi niño que esta más tranquilo al igual que mi amiga Ainalen.

Salimos del sanatorio, luego de abonar la boletita estiércolada, y paro un taxi. Aina le da la dirección del orfanato. En el camino Javito me cuenta como quería columpiarse y termino cayendo.

Llegamos y los demás niños nos reciben entre atropellos y abrazos. Todos se preocupan por su amigo y luego de un copioso desayuno hacen cola para firmar o dejar algún dibujo en su escayola.

Luego de avisarle a mi asistente que llegaría tarde, me quedo con Ainalen y en su oficina me pongo al día con los pormenores del orfanato.

Pormenores que como siempre el problema mayor es el dinero. Luego de acordar encontrarnos nuevamente el fin de semana, me despido de mi amiga y esta vez sí tomo el autobús hasta la oficina, necesito relajarme para llegar y encarar el día.

Bueno acá me encuentro saliendo del sofoco del ascensor, luego de una carrera por llegar. De saber antes la hora me habría metido a un restorán o al menos un pancho con mayonesa, mostaza y esas papitas por encima que junto es un manjar. La boca se me hace agua de solo imaginarme mordiendo esa simple chatarrería que uno consigue en el puesto de la esquina.

La carrera al ascensor me dejo sudada y pegajosa. Salgo en mi piso de la oficina y verla limpia de personal me recuerda la hora en la estoy y que seguro Analía ya está degustando de su almuerzo.

Entro a mi oficina sacando mi remera, estoy toda sudada y odio eso. La maldita se engancha con mis aretes y me quedo con la cara cubierta mientras peleo por liberarme de la prenda.

—¡Maldita remera del demonio será que me quieres soltar de una vez! —exclamó tratando de recordar donde están los muebles para no caer, pero como siempre mi desorientación me hace perder el equilibrio y termino cayendo.

Pero lo que se supone que debe ser un sillón, una mesa o de ultima el piso son unos brazos. Asustada, comienzo a gritar y a tratar de zafarme del agarre que me tiene prisionera. La perdona dueña de tal agarre comienza a reírse.

—Deja de gritar y moverte que tus pechos bailan en mi cara, esposita —ahora si más horrorizada que antes, pego un jalón que termina por romper la tela de mi remera y encontrarme con la risueña cara de Shiloah.

—Maldito pervertido, ¡Suéltame! —grito removiéndome.

Quiero zafarme, pero el muy condenado solo afirma su agarre y sus ojos no se despegan de mis pechos que, con mi movimiento, además de rozar su entrepierna con mi trasero, el vaivén de mis pechos lo mantienen entretenido.

—Esposita no sabía que estabas tan necesitada que te me tiras a los brazos —dice logrando hacerme enfadar más de lo que ya estoy. Abofeteo su cara y así logro que me suelte.

Me incorporo y taconeando entro al baño de mi oficina para darme cuenta que mi blusa de repuesto está en la oficina en los cajones que tiene el sofá, más específicamente donde se encuentra el señor prepotente y dueño de un agarre tremendo.

Apoyo mis manos en el lavamanos y me miro en el reflejo del espejo que tengo en frente. ¿Por qué justamente hoy me ocurrió colocarme este corpiño? De encaje negro que realza mí ya abundante pecho. Inspiro y aspiro varias veces para infundirme valor.

Veo una de las toallas de mano a mi lado y se me ocurre la grandiosa idea de querer cubrirme con ella. Con un resoplido la tomo y me la coloco en el pecho. Parece que tuviera un babero para bebes en vez de algo que me cubro. Otro suspiro, esta vez de frustración, y tiro la toalla sobre el lavado con enojo genuino.

Abro la puerta y enderezándome como si tuviera un palo por donde no llega el sol, salgo con la frente en alto. Shiloah al verme acercarme nuevamente la mirada se le ilumina, paso de él y con un poco de picardía me inclino dejando mi trasero para que pueda admirarlo más, abro el cajón que contiene algo de ropa mía.

Saco una blusa con un movimiento brusco, me levanto justo cuando veo sus manos querer extenderse hacia las montañas que significa mi trasero, pero que enseguida vuelve a su lugar. Paso nuevamente caminando por su lado como bala perdida y me encierro nuevamente en el baño.

Mas tarde y sintiendo que el alma volvió a mi cuerpo, o en este caso la blusa, salgo nuevamente para la oficina. Al abrir la puerta juro y perjuro que casi me muero de un infarto. Shiloah está parado en frente o más bien pegado al marco de la puerta.

Sus fuertes brazos se cruzan en su pecho mientras yo chillo como niña de lo asustada que me encuentro.

—¡Quieres matarme de un susto! —le grito colocando una mano en mi pecho agitado.

—¿Y tú no te cansas de querer llamar mi atención? —retruca el muy creído.

—¿Yo? ¿Tu atención? Por favor no seas tan creído, quieres —le digo saliendo del baño, pasando por su lado, pero como no se mueve mi cuerpo prácticamente se refregó en el de el—. Recuerda que tengo novio, o tenía ya que tú te has encargado de arruinar mi relación —le digo para llevar su atención en mi dedo que lo apunta y no en mi movimiento.

Pero como no, su sonrisa arrogante me dice que no lo distraje para nada. Llego a mi escritorio casi agitada. Como una persona puede llegar a ponerme en esta situación en tan poco tiempo.

Hace cinco años que lo conozco y sigue siendo la misma mierda que antaño. Pero una mierda que te enciende tan solo con sentir su perfume en el ambiente. Y el ambiente de mi oficina este atestado de su perfume.

Un abaniquito para zafiro ¡porfis!

—Ahora señor Al Shuar, me puede decir el motivo de invadir mi oficina cuando su “abogado” no se encuentra en este pido —le digo mirando unos papeles que ni idea de que se tratan.

—Te dije que te llevaría a almorzar —dice colocando sus manos en su cintura y por su tono sé que esta irritado.

Lo miro y no puedo dirigir mis ojos por todo su físico bien trabajado y casi me atraganto al ver su... ya saben... eso. Desvió la mirada avergonzada a su cara y el muy condenado sonríe complacido.

—Ya comí —miento, pero justo en ese momento mi estomago decide hacer esos ruidos de vacío que casi me dejan sorda.

—Ya veo —dice él y solo se ríe—. Necesitamos hablar, es importante —su vos adquiere cierto deje de seriedad para mi sorpresa—. Tengo hambre y tú también, no creo que un almuerzo nos mate.

Resoplo, ya vencida porque es cierto, también tengo hambre. Con toda la mala leche de la que soy capaz me levanto de mi silla y tomo mi bolso.

—Yo elijo el lugar —le digo pasando por su lado.

Paso por enésima vez por su lado dirigiéndome a la salida, mientras escucho sus pasos en mi espalda. Salimos y llego al ascensor, aprieto el botón y espero con él a mi espalda. La puerta se abre y mi asistente se queda por un momento en shock mirándonos altercada mente, luego sale. Nos metemos en el interior y antes de que las puertas se sierren le hablo a mi asistente.

—Voy a almorzar, Ana —ella solo asiente y las puertas se cierran—. Deja de mirar mi trasero.

—¿Cómo... —mira nuestro reflejo en los paneles del ascensor y sonriendo guarda sus manos en el besillo de su pantalón, pero nuevamente su mirada se dirige a mi trasero. Bufo sonoramente—. Nunca me disculpo con nadie, pero tienes un trasero de infarto —dice dejándome con la boca abierta.

Por suerte las puertas se abren en el lobby de la oficina y salgo taconeando como si fuera la reina de Inglaterra. La reina que se le antoja un pancho.

El me alcanza y cuando me quiere guiar hacia su coche que esta aparcado en frente de la oficina, yo me niego.

—No necesitamos coche, solo sígueme.

Caminamos hasta la esquina donde se encuentra un puesto de panchos, pido dos para mi junto con una gaseosa de dieta, cuando me volteo con mi pedido en la mano el me mira horrorizado. No le hago caso y sigo mi camino a las mesas que hay para disfrutar de mi almuerzo, si él no quiere que se joda.

Para mi grata sorpresa aparece frente a mí con cinco panchos. Cada uno con distintos aderezos y como bebida dos latas de cervezas dentro de una cubeta con hielo. Como se las arregló para traer todo, todavía no lo entiendo.

Lo miro devorar su comida mientras yo hago lo mismo con la mía. Estoy tan concentrada en chuparme los dedos que cuando me encuentro con su mirada nuevamente este está con su pancho a medio camino mirándome con la boca abierta.

—¿Qué? —pregunto re chupándome los dedos. A muchos este gesto le molesta, pero a mí me da igual, no le debo nada a nadie, asique que se joda si le molesta—. Si te molesta verme comer ahí tienes otra mesa —indico con un movimiento de mi cabeza.

—No me molesta, me sorprende —por primera vez me deja sin palabras, a lo que solo sonrió.

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Comments

Sol

Sol

por qué se enoja?... no está lejos de la verdad🙄🙄🙄

2025-02-23

0

Sol

Sol

será tu ninfómana interior 😂😂😂😂

2025-02-23

0

Eva Doello

Eva Doello

me matan estos dos 🤣🤣🤣 el es chef y tiene que comer pancho

2025-02-08

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