Jess

Sujeto 1 llega a nosotras y me pregunta si necesito algo. Le digo que no, él asiente, pero me mira con una expresión de preocupación. Es algo casi paternal o como imagino sería una mirada paternal, ya que nunca la tuve. Es como si le preocupara mi bienestar. Eso me recuerda que debo averiguar su nombre.

–Señorita González, ¿usted y su amiga, necesitan que las lleve a sus casas?

Miro a Alex, esperando que asienta.

–Muchas gracias por su ofrecimiento, pero debo seguir cuidando a mi paciente –dice logrando sorprenderme.

–Alex, no sé si sea buena idea que te quedes aquí, es peligroso. Si quieres puedo hablar con alguien para que te transfieran o adelantes tus vacaciones, o al menos te tomes unos días de descanso –digo. Me mira como si la hubiera insultado de algún modo.

–Claro que no, este es mi trabajo. No descansaré hasta que mi paciente esté recuperado y vuelva a su casa. –Su voz pierde fuerza cuando dice lo último.

–No lo sé, debería quedarme contigo –discuto, no me voy a mover sin saber que está segura.

–Señorita González, no se preocupe, El Emperador ordenó seguridad. Su amiga estará protegida.

Miro a Sujeto 1, sorprendida, luego miro a Alex, quien se ve impresionada. A decir verdad, yo también lo estoy. Esto parece una película.

–Está bien –susurro, cohibida–. Gracias. –Me acerco a Alex para despedirme. Mientras le doy un abrazo de despedida, le susurro: –Veré lo que puede hacer para que aprendamos a protegernos. Te informaré. –Me alejo y digo en voz alta esta vez: –Mañana vendré a verte.

Alex asiente. Entiende lo que quiero decir, mañana tendré la respuesta, o por lo menos espero tener una respuesta.

Veo a Guerrero caminar hacia nosotros, y me giro, infantilmente, para no tener que hablar con él.

–Yo te llevaré, Jess –dice con esa arrogancia que me hace doler los dientes. Pero de todo, lo que más me molesta, es como mira a Sujeto 1.

–Lo siento, ya tengo transporte. Hablaremos mañana –le respondo sin verlo, sin embargo, siento su mirada furiosa en mí.

Este hombre necesita una lección de humildad. Además, necesito irme con mi guardaespaldas para hablar con él, y poder solicitarle que nos ayude a Alex y a mí. Me giro para irme, pero Christopher me toma del brazo, bruscamente.

–Permiso, necesito hablar con Jess en privado –dice y me arrastra hacia una sala. Una vez en la entrada me empuja hacia dentro, cerrando la puerta detrás de nosotros, encerrándonos en este blanco y frio lugar.

Me suelto de su agarre, molesta. ¿Quién demonios se cree que es? No es mi padre, ni mi esposo, no es nada mío en realidad.

–No vuelvas a arrastrarme así, nunca más, ¿me oyes? No tengo que aguantar tu bravuconería –espeto molesta.

Sus hermosos ojos verdes se abren, sorprendidos. Increíble, me trata así y espera que no le diga nada. Por su expresión estoy segura que nunca nadie lo ha puesto en su lugar.

–¡Lo siento! –dice casi gritando, sin sentirlo en absoluto–. Pero me siento impotente cuando no obedeces mis órdenes. Entiende, sólo quiero protegerte –me dice más tranquilo, luchando por contener su mal genio. Que hombre más iracundo.

–No tienes que protegerme. Me parece recordar que tú me buscaste a mí por protección –le digo. Me mira y me regala su media sonrisa. Genial, le causo gracia. ¡Que hombre tan frustrante! –. Tienes que dejar de actuar así, o esto no va a funcionar. Nunca he soportado que me den órdenes y mucho menos espero el consentimiento de alguien para actuar. Realmente quiero ayudarte, así que, por favor, déjame tranquila. Y además estaré bien, lo prometo –añado cuando veo sus ojos preocupados y tristes. O al menos eso creo.

Se acerca a mí en un paso, me toma por la cintura bruscamente, apegándome a él, y me besa.

Este beso es castigador, lo siento en su sabor, casi tan violento como él, pero no por eso menos excitante. Camina conmigo en sus brazos, hasta que choco con la pared. Me acorrala, sin dejarme espacio para escapar, pero extrañamente, es una sensación agradable. De alguna manera, en sus brazos, me siento protegida.

Suelto un gemido, al sentirlo duro contra mi vientre. El responde con un gemido ronco y me presiona más contra la pared. Mi sangre se calienta tanto que la camilla que se encuentra a unos metros se me hace muy atractiva, aunque sinceramente, en este momento, el suelo también se me hace atractivo.

Esto es peligroso, muy peligroso. Yo no soy así, no me reconozco cuando estoy a su lado. Debo detenerlo. Mi parte racional me pide que lo empuje, pero mi cuerpo reacciona acercándose más a él. Es instintivo, necesito sentirlo más cerca.

Llevo las manos a su espeso y suave cabello, y tiro fuerte. Guerrero reacciona bruscamente. Me levanta, tomándome por mis muslos, los cuales tiemblan ante su tacto, al igual que otras partes de mi cuerpo. Me veo obligada a envolverlo con mis piernas para no caerme.

Sonríe, satisfecho con mi respuesta, antes de besarme nuevamente. Mi cuerpo arde como sé que nunca lo ha hecho. Christopher sí que sabe besar. Su pasión alimenta la mía, elevándonos a otro lugar. Podría quemarse este lugar y no me enteraría. Se aleja de mis labios y besa mi cuello. Cierro los ojos y gimo ante el placer que estoy sintiendo. Levanto mis pechos hacia él, gruñe satisfecho por mi entrega. Baja por mi cuello, besando cada centímetro de mi piel. Al llegar a mi clavícula, la muerde.

El exquisito dolor recorre mi cuerpo y se concentra entre mis muslos.

El deseo se apodera de mí cuando siento su erección presionando justo en el lugar que duele por él. Ambos gruñimos por todas las sensaciones.

Me mira con sus hermosos ojos, que ahora están oscuros, ardientes. El calor quemó el verde en ellos. Trago al ser consciente de su deseo, de su necesidad… Esto es peligroso, sin embargo no lo detengo.

Sus labios bajan desde mi clavícula al escote de mi vestido, y  a pesar de que mis pechos se hinchan y tensan, expectantes, mi cerebro despierta del hechizo en el que estaba y reacciono.

–Para, por favor. –Me mira con los ojos entornados, como no entendiendo lo que le quiero decir–. Detente –repito ahora con una voz más firme.

Me suelta a regañadientes y me deja en el suelo, sin dejar de tocarme.

–Lo siento –dice, a la vez que intenta recuperar su aliento, al igual que yo. Mis pulmones duelen–. No me puedo controlar cuando estoy contigo –masculla irritado con él mismo.

–Me parece que para que estemos seguros debemos dejar los besos y los contactos para cuando haya más gente a nuestro alrededor. Ese es el punto –digo, en contra de mis deseos–. Después de todo, es lo que me pediste que hiciéramos.

Se aleja de mí unos pasos y asiente.

–Si te molestó o te asusté de alguna manera. De verdad… lo siento –vuelve a repetir.

–No es eso, en realidad es todo lo contrario. Me gusta… mucho. Créeme –le pido.

Su rostro se relaja y sonríe. Sus ojos brillan con algo parecido a la ilusión. ¿Ilusión de que? Ni idea, seguramente

malinterpreto las emociones. Alex siempre se burla de mí por lo mismo.

–¿En serio? –pregunta, su voz denota incredulidad.

–Sí. Pero ese es el problema, no podemos seguir así, ¿no lo ves? No debemos mezclar las cosas. Por nuestro bien y el de los demás.

Se acerca a mí nuevamente y acaricia mi rostro con tanta ternura que tengo que contener un suspiro.

–Jess, por favor –me pide, y por primera vez puedo ver una vulnerabilidad en él, que antes no estaba ahí.

Lo que veo en sus ojos juega con mi cabeza. Quisiera poder olvidarme de todo y seguirlo a donde sea. Seguirlo a través de la oscuridad, sin importarme las consecuencias, pero no debemos.

Tomo su mano y la alejo, sorprendida del dolor que siento al hacerlo.

–Por favor –le devuelvo sus palabras–. Yo no puedo seguir así, voy a confundir las cosas –murmuro con un hilo de voz. Quizá ya esté confundiendo todo–. Te quiero ayudar. Déjame hacerlo –le ruego.

Por su rostro cruzan muchas emociones, pero no puedo identificar ninguna. No quiero lastimarlo, pero necesito hacerle entender que no podemos seguir el camino por el que quiere llevarme, sólo complicaríamos una situación, de por sí ya complicada.

Continuamos mirándonos, verde contra dorado, hasta que un golpe en la puerta nos distrae.

–Señorita González, debemos irnos –dice Sujeto 1.

–Jess, ¿estás bien? –pregunta Alex.

Miro a Guerrero hasta que ya no puedo resistirlo. Me volteo y abro la puerta.

–Estoy bien –les digo–. ¿Vamos? –pregunto a Sujeto 1, éste asiente.

Alex me mira con su habitual expresión de preocupación, preguntándome con la mirada qué pasó. Le hago un gesto con los dedos, prometiendo contarle mañana.

Me voy con Sujeto 1, con la mirada de Christopher grabada en mis pensamientos. Me gustaría que entendiera que esto es lo mejor. No debemos complicar más las cosas. Me repito a mí misma que es la decisión correcta, pero me provoca una tristeza que me corroe por dentro. Apostaría un millón de pesos que, en este momento, mi mirada es la misma de Guerrero cuando lo dejé en esa sala.

Me subo al auto con Sujeto 1 y recuerdo mi objetivo, lo que me alegra, ya que es una distracción.

Lo miro antes de hablarle: –Disculpe, pero me temo que no sé su nombre.

Me mira y sonríe.

–Mi nombre es Guillermo Hernández, señorita González. –Asiento.

–Por favor, no más de señorita González, sólo Jess, ¿está bien? –le pido.

–Está bien, Jess, pero me debes tutear también –dice y comienza a conducir. Debo ser rápida, vamos a llegar en unos minutos. Por suerte para mí el tráfico nos retrasa un poco.

–Quería pedirte un favor. ¿Es seguro hablar aquí? –pregunto. Espero hacerme entender, no quiero que se entere nadie.

–Ahora sí –dice desconectando la especie de audífono que tiene en el oído.

–Primero, lamento mucho la reacción de Christopher, ya hablé con él. No volverá a pasar. Segundo, agradezco mucho tu ayuda, sobre todo la protección a mi amiga. Y… –titubeo, no sé cómo decirle lo demás

– ¿Tercero? –pregunta él cuando no continúo.

–Sí. Te quiero pedir un favor. Pero no quiero que se entere nadie. –De inmediato me mira cauteloso. Puedo ver que es un hombre que obedece órdenes y me da la sensación que es muy fiel con los suyos. En este caso con mi padre, lo que me perjudica–. Necesito que nos enseñes a Alex y a mí como defendernos. Unas lecciones básicas –agrego rápidamente para convencerlo.

–Jess, créeme que no necesitarás las lecciones. Mientras yo esté, nada te pasará. Te lo juro –dice seriamente y por alguna extraña razón, le creo. Hay algo en sus ojos, que me dice que puedo confiar en él ciegamente.

–Lo sé, pero no se trata de eso. Necesito saber que puedo defenderme. No me gustaría depender de alguien toda mi vida. Además, es lo básico –miento. Espero convencerlo para entrenamientos más avanzados si es que acepta.

–Jess, no lo sé. Tu padre me mataría si se entera de esto. No puedo hacerlo a sus espaldas. Lo siento. –Lo miro decepcionada con su respuesta. Esperaba que él nos ayudara–. Pero –continua, lo que hace que lo mire esperanzada–. Hablaré con tu padre. Lo convenceré de que es lo correcto. Si yo se lo pido creo que hay una posibilidad de que acepte. Mañana te daré la respuesta –termina deteniendo el auto. Ya llegamos.

Lo abrazo, emocionada, y aunque al principio me devuelve el abrazo, luego se remueve, incómodo.

–Gracias. No sabes lo que significa para mí. En verdad, muchas gracias.

Le sonrío agradecida. Él asiente y yo me bajo del auto. Espera que entre al antejardín, antes de avanzar por la calle, ¿a dónde? No tengo ni la menor idea.

Dentro de la casa mamá me está esperando, preocupada y furiosa a partes iguales.

–Ya sé lo que pasó, lo entiendo. Pero mañana conversaremos –me dice seriamente.

Me acerco, le doy un beso en la mejilla y le doy las buenas noches. También me despido de mi primo, quien estaba acompañando a mi mamá.

Me acuesto pensando en el día de hoy. Es un día para no olvidar. Aunque me gustaría olvidar la última mirada de Christopher. Me quedo dormida pensando en él.

Se cuela en mis sueños toda la noche.

*****

Mi celular suena, distrayéndome de mi trabajo. Contesto con cautela. Creo que estoy esperando una mala noticia, después del día de ayer llegué a acostumbrarme.

–Jess, El Emperador accedió. Pasaré por ti a las dieciocho horas para llevarte al hospital y hablaremos con tu amiga. Si necesitas cualquier cosa estoy cerca, a menos de una cuadra. Sólo llámame –me dice Guillermo.

–Gracias –le digo emocionada.

–De nada. Nos vemos –dice y cuelga el teléfono.

Increíble parece que no descansa. Y ahora yo le di más trabajo, pienso con culpa. Mi teléfono suena de nuevo, pero esta vez es mi hermana, contesto rápidamente.

–Alicia, ¿pasa algo? –pregunto alarmada. A esta hora debería estar en la Universidad.

–En realidad, sí. Me preguntaba si podía ir a tu oficina ahora. Sé que algo está pasando Jess, necesito que me cuentes. ¿Podemos hablar? –pregunta.

–Claro –le respondo. Tiene toda la razón, no puede seguir en las sombras. Debe saber qué es lo que está pasando, ya nos han mentido demasiado.

–Gracias, hermana, llego en media hora.

–No hay problema. Te invito a almorzar, pediré tu comida favorita –le prometo antes de colgar.

Llamo a un local de comida que hace delivery y ordeno Sushi para ella y un sándwich para mí. Ha llegado la hora de contarle la verdad. Además, esto se sentía como un peso en mis hombros, con mi hermana no tenemos secretos.

Llegó el momento de contarle todo.

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Comments

Marita Peña

Marita Peña

LA VERDAD QUE ESTA INCREÍBLE

2023-12-22

3

Diana Pozas

Diana Pozas

Me encanta la novela desde el primer capituló te engancha

2023-12-08

1

Ana Ariza

Ana Ariza

FELICITACIONES, buena novela falran tildes, y puntos para separar las acciones.

2022-02-15

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