Elara volvió a Silverpine para recuperar su hogar, no para convertirse en la esposa de un hombre que la desprecia.
Pero, en plena boda de su hermanastra, el destino revela que Damon Ashford —el próximo Alfa— es su pareja predestinada. Un matrimonio impuesto la salva de Ronan Black, el hombre que una vez la encerró... y al mismo tiempo la deja atada a Damon, que sigue creyendo que eligió a la mujer equivocada.
Sin marca de apareamiento, con su loba herida y toda la manada juzgándola, Elara tendrá que reclamar mucho más que un título. Tendrá que decidir si puede confiar en un vínculo que él no quiso y luchar por la vida que siempre le negaron.
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Capítulo 10: Un lugar vacío
ELARA
Para la tercera mañana de nuestro matrimonio, ya había aprendido a reconocer el sonido del auto de Celeste.
Esa mañana, la cuarta, me quedé en la cama cuando lo oí. La tarde anterior me había acercado a la ventana y había visto a Damon abrirle la puerta del auto antes de llevarla a casa. Ella me había descubierto observándolos desde arriba. Me había saludado con la mano.
No iba a volver a darle esa satisfacción.
Eso no impidió que escuchara. Su voz subió flotando desde la entrada, seguida por la risa de él, y yo me aferré al borde del colchón hasta que entraron en la casa.
Venía con carpetas y se quedaba a comer. El día anterior, Damon la había llevado a la oficina de ayuda y de regreso antes de acompañarla a casa después de la cena. Sabía que tenían trabajo que hacer. También sabía que podría haber dejado que otra persona la llevara. Aun así, me había quedado despierta esperándolo, furiosa conmigo misma cada vez que pasaba un auto y yo levantaba la cabeza.
En el desayuno, su lugar estaba vacío. También la silla que Celeste había ocupado dos días antes.
—Salieron temprano —le informó el ama de llaves a Gareth—. La señorita Vale dijo que las familias ya estarían esperando.
Unté mermelada en una tostada. No me tembló la mano. Casi me sentí orgullosa de eso.
Gareth me miró.
—Podrías haber ido con ellos.
—Él no me lo pidió.
—Eres la Luna.
—Entonces alguien debería decírselo.
Dejó la taza sobre la mesa. Esperé una reprimenda. En cambio, pidió los preparativos para la sucesión y los leyó mientras yo intentaba comer.
El nombre de Celeste todavía figuraba junto al de Damon en la lista de recepción.
—Cámbialo —le ordenó Gareth al secretario—. Elara recibirá a las familias con mi hijo.
El secretario me miró, sorprendido. Me pregunté cuántas personas habían empezado a pensar que la boda era una formalidad que todos pasaríamos por alto en silencio.
—Envíale la copia nueva a Damon —añadió Gareth.
Le di las gracias porque intentaba ayudarme. Luego miré el espacio donde el secretario había tachado el nombre de Celeste y me pregunté qué diría Damon cuando viera el mío.
Había ganado otra vez un lugar a su lado. ¿Por qué cada victoria tenía que venir acompañada por la certeza de que alguien debía obligarlo a concedérmela?
Gareth apartó del expediente un pequeño fajo de cartas y me lo pasó por encima de la mesa.
—Estas familias han pedido ver a la Luna. Tendrás que escucharlas antes de la ceremonia.
La primera carta preguntaba si se podía reabrir la enfermería de mi madre. La segunda era de la misma mujer, Tessa Brook. Quería un lugar adonde llevar a su hermano herido y estaba cansada de que le dijeran que alguien se comunicaría con ella.
Leí ambas antes de levantar la vista.
—¿Puede Nora acompañarme a ver el edificio?
—Haré que Silas organice el acceso.
Me observó mientras yo recogía las cartas.
—No tienes que esperar a que Damon encuentre algo que considere digno de hacer.
Incliné la cabeza sobre las cartas antes de que Gareth pudiera verme la cara. ¿Era tan evidente? Había creído que comer en silencio y no estorbar me había ahorrado al menos esa humillación.
Tessa había escrito dos veces el nombre de su hermano y lo había subrayado la segunda. Volví a leer su carta. Podía ir a escucharla. No necesitaba que Damon me quisiera allí.
Nora pasó por mí más tarde esa mañana. Había llamado a Tessa, que nos esperaba en la enfermería con más cartas metidas dentro del abrigo.
—Vi a tu esposo en la oficina de ayuda —me dijo—. Con Celeste. Me despacharon con otra cita.
Me tendió las cartas.
—Si tú tampoco puedes ayudarme, dímelo ahora, por favor. Tengo que volver con mi hermano.
—Deja que Nora revise primero el lugar —respondí—. Después te diré qué podemos hacer.
Nora tenía una llave prestada del ala de tratamiento. Mientras abría, Tessa me ayudó a subir el escalón alto. Durante las semanas en que dormí en el cuarto trasero, yo había usado la entrada lateral, más baja. La silla de su hermano no cabría por aquel pasadizo estrecho.
Dentro, la mesa de trabajo de mi madre seguía bajo una mancha de humedad en el techo. Toqué el círculo oscuro donde una vez había apoyado una olla caliente y recordé cómo me decía que apartara los codos antes de quemarme.
—Ella atendió a mi hermano —dijo Tessa—. Antes de morir.
La miré.
—Él confiaba en ella. Ahora no dejan de decirme que lo lleve a la clínica principal. No puede mantenerse sentado durante ese trayecto. Cuando pido que alguien vaya a verlo, me responden que su lobo ya debería haberlo curado.
—A mí también me dicen eso.
—Ah, para dar consejos siempre están dispuestos —replicó Tessa—. Pero pídeles que lo ayuden a subir los escalones.
Me reí sin poder evitarlo. Ella arrastró una silla desde la pared y se sentó en la mesa de trabajo, junto a mí.
—Siéntate. Nora va a tardar.
Me acomodé con cuidado en la silla.
—Caminar más. Ese es el consejo que me dan a mí.
—A él también.
Nora revisó las provisiones y las habitaciones. La mayor parte de las existencias antiguas ya no servía. Sin embargo, la sala de tratamiento del fondo estaba seca y podría atender allí a los pacientes en cuanto repararan la entrada y lo indispensable.
—Una sala —dije—. Podríamos comenzar con una.
—Si hay dinero para repararla —respondió Tessa—. Ya he oído muchos planes.
Pensé en las joyas de mi madre, todavía guardadas bajo llave en el armario de Marion. Papá había prometido, delante de Gareth, entregármelas.
—Mañana recogeré las joyas de mi madre —dije—. Averiguaré cuánto podrían pagar por los aretes.
Nora me miró. Tessa también.
—¿Los venderías?
Miré la mesa de trabajo. Quería conservar todo lo que mamá hubiera tocado. Pero podía imaginar a otra hermana sentada afuera de otra oficina, tratando de convencer a alguien de que el dolor seguía importando cuando un lobo no podía curarlo.
—Vendería los aretes —afirmé—. Conserva tus copias de las cartas. Si mañana no te llamo, llámame tú.
Vaciló antes de sacar el teléfono para anotar mi número. Al marcharse, se detuvo junto a la puerta.
—Mi hermano pidió que te felicitara. Por el bebé.
Yo todavía tenía el teléfono en la mano. Por un momento, me quedé mirando el número nuevo de Tessa sin saber qué hacer. Le había contado a su hermano lo del bebé. Por supuesto que sí; toda la manada creía que estaba embarazada.
—Gracias —conseguí decir.
Nora esperó hasta que Tessa salió para volverse hacia mí.
—Elara.
—Lo sé.
—No puedes aplazarlo para siempre.
—También lo sé. —Miré la sala donde había trabajado mi madre—. Tengo que hablar con Gareth. Damon ni siquiera permanece el tiempo suficiente en una habitación para escucharme.
Regresamos a Casa Ashford por la tarde. Damon y Celeste bajaban juntos los escalones de la entrada.
Él llevaba el abrigo de ella sobre un brazo. Celeste dijo algo que no alcancé a oír y Damon sonrió.
Sin mirarlo, ella le dio la espalda, segura de que le pondría el abrigo. Él lo deslizó sobre sus hombros y le sacó el cabello del cuello.
Recordé cómo yo intentaba hacer que un solo roce de su mano me durara semanas. Celeste ni siquiera tenía que dejar de hablar para recibir sus atenciones. Quise apartar la mirada antes de que Nora lo notara, pero mis ojos permanecieron fijos en los dedos de Damon hasta que la soltó.
Celeste fue la primera en vernos.
—¡Elara! ¿Cómo estaba la enfermería?
—Necesita reparaciones.
—Eso imaginé. Lleva mucho tiempo cerrada. —Le sonrió a Nora—. No dejarás que se exceda, ¿verdad? Ahora tenemos que preocuparnos por dos personas.
La mirada de Damon se encontró con la mía. Ambos sabíamos que no había una segunda persona. Él fue el primero en apartar los ojos, hacia el auto que esperaba en la entrada.
—¿Van a salir otra vez? —pregunté antes de poder contenerme.
Celeste respondió:
—A recoger el resto de los materiales para la recepción.
—¿Damon?
Él volvió la mirada.
—¿Qué?
Había estado a punto de contarle lo de la enfermería. Durante todo el camino de regreso había imaginado que le hablaría de la sala que podíamos reparar y que él comprendería que yo podía hacer algo útil allí.
Ahora Celeste lo sujetaba del brazo, esperando a que terminara para que pudieran marcharse. También podía mencionar las felicitaciones de Tessa. Eso lo obligaría a detenerse; la mentira también lo amenazaba a él.
¿Era eso lo que quería? ¿Otra razón por la que él tuviera que quedarse?
Mis dedos se cerraron sobre las cartas.
—Nada.
Entré en la casa con Nora.
Él no nos siguió.
Después de la cena, vino a mi puerta por primera vez desde la discusión sobre el diario.
Yo estaba ordenando las cartas de Tessa. Ya se habían llevado mi plato. Había cenado arriba para que el ama de llaves no tuviera que preguntarme si quería que mantuviera caliente la cena de Damon.
Al verlo, dejé las cartas con demasiada rapidez. Él se dio cuenta. Lo supe por cómo bajó la mirada hacia mis manos.
—Mi padre cambió la lista de recepción —dijo.
Claro. Yo volvía a estorbarle. Tomé la carta de encima e intenté recordar qué estaba leyendo.
—Lo sé.
—¿Se lo pediste tú?
—La leyó durante el desayuno. Tú habías salido.
Damon se apoyó en el marco.
—Celeste lleva semanas organizando esto.
Dejé la carta sobre la mesa.
—Entonces agradéceselo.
Me miró, desconcertado.
—No volveré a discutir contigo por ella —dije—. Tu padre me ordenó recibir a las familias. Reclámale a él.
—Muy bien. ¿Y qué harás cuando alguien te haga una pregunta que no puedas responder?
—Una de esas personas quiere un sanador que vaya a ver a su hermano. Te lo pidió esta mañana.
—Yo no manejo las citas, Elara.
—No, tú la envías con alguien que sí. Y esa persona la manda a otro lugar. Leí sus cartas, Damon. Lleva meses pidiendo ayuda.
Él miró mi pierna izquierda y yo la escondí bajo la silla. No quería que sintiera lástima por mí solo porque al fin había encontrado el dolor de otra persona con el cual explicar el mío.
—Escucharé a las familias —dije—. No tendrás que poner a Celeste en mi lugar.
Se enderezó. Su mirada fue más allá de mí, hacia la puerta comunicante cerrada.
—La cerraste con llave. Tuve que dar la vuelta.
—Sí.
Me había preguntado si alguna vez intentaría abrir esa puerta. Ahora lo había hecho para preguntar por qué habían quitado el nombre de Celeste de una lista.
Esperó. Yo no expliqué el motivo.
Desde la planta baja, Celeste lo llamó por su nombre. Todavía no se había ido a casa.
Volví a tomar las cartas.
—Te está esperando.
Damon apretó la mandíbula. Después se marchó y yo cerré la puerta tras él.
Mi teléfono vibró unos minutos más tarde. Marion había respondido mi mensaje sobre ir a buscar las joyas al día siguiente. Dijo que podía pasar después del desayuno.
Debajo había un segundo mensaje.
Celeste tiene algo para el bebé. Hablaremos de la bendición cuando estés aquí.