Después de perder al amor de su vida, él juró que su corazón quedaría enterrado junto a su esposa. Convertido en padre soltero, su único motivo para seguir adelante es su pequeño hijo… hasta que un nuevo comienzo los lleva a un lugar inesperado.
Ella es una dulce y dedicada profesora de preescolar, amante de los niños y de las pequeñas historias felices que se construyen día a día en su aula. Su vida es tranquila, organizada… hasta que él aparece.
Desde la primera mirada, algo cambia. Lo que comienza como simples encuentros en la hora de salida, se convierte en una conexión imposible de ignorar. Pero no todo es tan sencillo: el pasado aún duele, las heridas no han sanado del todo y el mundo no siempre acepta lo que no entiende.
Entre risas infantiles, dibujos de colores y miradas que dicen más que mil palabras… nace un amor que ninguno de los dos estaba buscando.
¿Podrá un corazón roto volver a amar?
¿Y hasta dónde estarán dispuestos a luchar por un sentimiento que no debía existir?
Un
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Capítulo 22 — Celos que arden
Al día siguiente era sábado. Me levanté temprano, me alisté y fui a trabajar. Salí a la una de la tarde, pasé por casa de mis papás a almorzar y compartir un rato con ellos. Después regresé a mi apartamento.
Esa noche teníamos una invitación del colegio para cenar en uno de los restaurantes más reconocidos de la ciudad, así que llegué, me bañé y empecé a arreglarme con calma. Íbamos todos los profesores, y quería verme bien.
Cuando terminé, me miré al espejo y sonreí.
Estaba perfecta.
Llegué al restaurante y ya habían algunos profesores. Me senté a esperarlos cuando apareció el profesor Juan David, el de educación física de primaria. Siempre había sido muy amable y simpático.
—Hola, profe, ¿cómo ha estado?
—Hola, profe, bien, ¿y usted?
—Muy bien. Por ahí vi las fotos que subió ayer. Estaban muy bonitas esas pijamas.
Me reí.
—Gracias, profe.
Empezó a hablar conmigo y a hacerme reír con sus ocurrencias. Era alto, blanco y bastante atractivo. Poco después llegaron las demás profesoras de preescolar y seguimos conversando todos juntos, pero Juan David seguía especialmente atento conmigo.
Alejandro
Esa noche tenía una reunión con unos socios en un restaurante reconocido de la ciudad. Llegué con mi amigo José Luis y nos sentamos a esperarlos.
Mientras revisaba el lugar, vi unas mesas unidas, preparadas para un grupo grande. No les presté mucha atención… hasta que la vi entrar.
María José.
Y Dios mío…
Esa falda blanca corta y esa blusa roja la hacían ver demasiado hermosa. Sus piernas descubiertas me dejaron sin aire.
La seguí con la mirada mientras saludaba a todos… hasta que vi llegar a un hombre que se sentó a su lado.
Y ahí empezó mi problema.
Llevaban rato hablando, riéndose, demasiado cerca para mi gusto. Lo peor era que ella parecía disfrutar su compañía.
Eso me molestó más de lo que quería aceptar.
Por estar pendiente de ellos, ni siquiera pude concentrarme en la reunión.
No me gustaba cómo él la miraba.
Cómo le tomaba la mano durante las dinámicas.
Cómo sonreían juntos.
Y mucho menos cómo la abrazó para la foto grupal.
Lo único que quería era levantarme, ir hasta allá y dejarle claro que María José no era cualquier mujer para mí.
Pero no podía.
Ahí estaban las directivas del colegio.
José Luis me miró fastidiado.
—Por favor, Alejandro, deja de mirar para allá y concéntrate aquí. No me dañes la reunión.
Suspiré con molestia.
—Encárgate tú un momento. Ya vuelvo.
Pero no me moví.
Porque no podía dejar de verla.
Antes de la cena, el rector me pidió que hiciera una dinámica. Todos empezaron a reír y Juan David me ayudó bastante durante la actividad.
Después cenamos, nos entregaron un pequeño regalo y llegó el momento de las fotos.
Juan David buscó quedar a mi lado y me abrazó para la foto.
No voy a negar que me sentí cómoda.
Cuando terminó todo, empezamos a despedirnos.
Alejandro
Ya no soportaba seguir viendo aquello.
Cuando vi que María José salió del restaurante, inmediatamente le escribí.
“Te veo muy contenta con ese baboso al lado. ¿Es tu novio?”
Ella leyó el mensaje y comenzó a mirar alrededor hasta encontrarme.
Levanté mi copa desde mi mesa, haciendo un pequeño brindis.
Luego le envié otro mensaje.
“Estoy que voy hasta allá y marco territorio.”
La respuesta llegó enseguida.
“No tienes ningún derecho.”
Sonreí.
“Eso es lo triste, ¿sabes? Pero no soporto verte sonreír con otro hombre. Espérame en el estacionamiento… y deja ir a ese imbécil.”
“¿Y si no quiero?”
Apreté la mandíbula.
“Soy el hombre que te pone nerviosa con solo mirarte. Y si no lo haces, voy ahora mismo a tu lado, aunque estén las directivas del colegio.”
Ella tardó unos segundos en responder.
“Sabes que me puedes meter en problemas.”
“Entonces decide. O me esperas en el estacionamiento… o voy por ti.”
Respiró con rabia antes de escribir:
“Apúrate. No tengo toda la noche.”
La vi despedirse de Juan David.
—Chao, profe, nos vemos.
—¿Ya te vas? Pensé que irías con nosotros a tomar algo.
—No, la verdad estoy cansada. Será para otra ocasión.
Y se fue.
La encontré de espaldas en el estacionamiento.
Me acerqué lentamente hasta quedar detrás de ella y murmuré junto a su oído:
—Buenas noches, profesora María José.
Sentí cómo se estremeció.
Cuando volteó, sus ojos se encontraron con los míos y por un instante ninguno habló.
La miré de arriba abajo sin disimular.
—Estás hermosa.
Mis ojos terminaron inevitablemente en sus labios.
Ella tragó saliva, nerviosa.
—¿Qué quieres, Alejandro?
No respondí.
Solo le sostuve el rostro entre mis manos y la besé.
Y Dios…
La manera en que me correspondió me hizo perder la cabeza.
Llevaba dos meses deseando volver a besarla.
El beso empezó suave, lento… pero fue intensificándose poco a poco. Mis manos bajaron hasta su cintura y la acerqué más a mí mientras las de ella rodeaban mi cuello.
Ya no solo quería besarla.
La deseaba.
Demasiado.
Mis labios descendieron hasta su cuello mientras acariciaba lentamente su espalda y luego su muslo.
Ella soltó un pequeño gemido que terminó de encenderme.
Pero de pronto reaccionó y se apartó agitada.
—Para, Alejandro…
Los dos respirábamos con dificultad.
Apoyé mi frente contra la suya, intentando controlarme.
—Perdón, María José…
Porque si ella no me detenía, iba a perder completamente la razón en ese estacionamiento.
Ella evitó mirarme directamente.
Se notaba nerviosa.
Y eso solo la hacía más irresistible.
—No te disculpes… pero debemos detener esto antes de que sea demasiado tarde.
Sonreí apenas.
—Creo que ya es demasiado tarde, María José. Me interesas demasiado. Y hoy confirmé que no soporto ver a otro hombre haciéndote reír o tocándote.
Ella soltó una pequeña sonrisa.
—Eres muy celoso, señor Alejandro.
—Demasiado. Celoso y posesivo.
La sinceridad salió sola.
—Ahora sí lo acepta…
—No puedo ocultar algo tan evidente.
Ella bajó la mirada unos segundos.
—Pero sabes que esto no debería pasar… No podemos olvidar lo que nos separa.
Di un paso más hacia ella.
—Entonces olvidémoslo solo por hoy. Vamos a otro lugar, tomemos algo… conozcámonos. Que esta noche solo existan María José y Alejandro.
La verdad era que ella también quería eso.
Lo vi en sus ojos.
Después de unos segundos, finalmente aceptó.
Aunque ambos sabíamos que tal vez al día siguiente nos arrepentiríamos.
—Vamos en mi carro —le dije.
—¿Y mi moto?
—Llevémosla primero a tu apartamento y luego nos vamos juntos. No quiero que andemos separados.
Ella dudó apenas un instante antes de asentir.
Mientras arrancaba su moto y yo la seguía en mi carro, María José iba luchando entre la razón y el corazón.
Pero esa noche…
Decidió dejarse llevar por el corazón.