accidente… y despierta en el cuerpo de un personaje dentro de la novela que estaba leyendo.
No es una heroína.
No es alguien importante.
Es alguien destinada a morir.
Y lo peor… es saber exactamente a manos de quién.
El duque.
Frío, implacable y peligroso, el mismo hombre que en la historia original termina con su vida. Decidida a cambiar su destino, ella hará todo lo posible por mantenerse lejos de él.
Pero hay algo que no estaba en la novela.
Una conexión inexplicable.
Una mirada que la reconoce.
Un lazo que no puede romper.
Porque mientras ella intenta huir de su muerte…
él comienza a acercarse como si siempre le hubiera pertenecido.
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Regreso y fronteras
Finalmente… había llegado el día
El carruaje avanzaba lentamente por el camino que conocía demasiado bien.
Mi hogar.
El lugar donde todo comenzó.
El lugar donde, en la historia original…
Mi destino empezó a sellarse.
Apoyé la cabeza contra la ventana.
—Ha llegado el momento…
Volver a casa no era solo un reencuentro.
Era una confrontación.
Nyra.
Las mentiras.
Y detrás de todo…
El plan que acabaría con mi vida.
Apreté los dedos con fuerza.
—Tengo que cambiarlo…
No solo por mí.
Sino por el marquesado.
Por mis padres.
Incluso…
Por alguien que en la historia original nunca dudó en traicionarme.
Cerré los ojos un instante.
—Esta vez… no dejaré que todo se derrumbe.
Muy lejos de allí…
En el norte del reino de Varkalis…
El viento soplaba con fuerza.
Frío.
Implacable.
Las tierras del ducado Draven se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Un territorio duro.
Pero poderoso.
En el patio de entrenamiento, el sonido del acero resonaba sin descanso.
Chispas.
Impactos.
Respiración agitada.
Un joven blandía la espada con precisión.
Rápido.
Firme.
Letal.
—Otra vez —ordenó una voz grave.
Frente a él, un hombre de mirada severa sostenía su propia espada.
Christian Byron Draven.
Duque del norte.
A su lado, observando en silencio…
Susan Draven.
La duquesa.
Sus ojos seguían cada movimiento con atención.
—Ha mejorado —dijo ella con calma.
Christian no respondió de inmediato.
Solo bloqueó el siguiente ataque de su hijo.
El impacto resonó.
—Aún no es suficiente.
El joven retrocedió un paso.
No se quejó.
No dudó.
Solo volvió a atacar.
Desde pequeño…
Había sido así.
Disciplina.
Control.
Fuerza.
Pero había algo más.
Algo que no podía enseñarse con una espada.
Un secreto.
Uno que el ducado protegía desde generaciones.
Las tierras del norte no eran como las demás.
Sus habitantes…
Tampoco.
Pero nadie fuera del ducado lo sabía.
Y así debía permanecer.
—El frente se está debilitando —murmuró Susan, desviando la mirada hacia el horizonte.
Christian asintió levemente.
—El reino de Solaria no se detendrá.
La tensión en el ambiente era palpable.
El conflicto no era nuevo.
Pero estaba empeorando.
Especialmente después de las exigencias del rey.
Piedras de maná.
Recursos.
Exigencias que debilitaban incluso a los territorios más fuertes.
El ducado Draven no había cedido.
Y eso…
Tenía consecuencias.
—Nos atacarán de nuevo —dijo ella.
—Lo sé.
El sonido del metal se detuvo.
El joven bajó la espada lentamente.
Su respiración era estable.
Su mirada… firme.
Christian lo observó en silencio.
Había tomado una decisión.
—Es momento.
Susan giró levemente el rostro.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Una pausa.
—Si la guerra escala… no podremos mantenerlo aquí.
El joven no dijo nada.
Pero entendió.
Siempre lo hacía.
—Irás al frente —continuó el duque—. Bajo el mando del ejército real.
Un leve silencio se extendió.
—Ahí… aprenderás lo que significa realmente luchar.
La mirada del joven no vaciló.
—Entiendo.
Susan cerró los ojos un segundo.
Pero no intervino.
Sabía que ese momento llegaría.
Siempre lo supo.
Christian apoyó la espada en el suelo.
—Y recuerda…
Hubo una breve pausa.
Una advertencia que no necesitaba ser explicada.
—No confíes en nadie.
El viento sopló con más fuerza.
Como si anunciara lo que estaba por venir.
Una guerra.
Alianzas.
Traiciones.
Y destinos que comenzarían a entrelazarse.
Mientras tanto…
El carruaje de Elara cruzaba las puertas del marquesado.
El inicio… había llegado
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