Novela +18.
Vivir en un matrimonio político no es tan maravilloso cuando tu marido te desprecia. pero Rosaline tomará las riendas de su vida y al duque también. Porque ella es la duquesa.
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Capítulo 10 — La marca de lo inevitable
Desperté despacio, como si el cuerpo necesitara un momento más para recordarme dónde estaba. Mis párpados pesaban, los recuerdos de la noche anterior aún vagos, casi difusos, pero claros cuando se trataba de una cosa: Erick. El peso de su cuerpo, el roce de sus labios, la profundidad de su toque... todo era parte de una realidad que me atravesaba. Pero al abrir los ojos y mirar a mi alrededor, no encontré a Erick. Mi cama estaba vacía, y la habitación, que antes había sido ajena, ahora parecía más íntima, como si el aire estuviera impregnado de algo que no sabría describir.
Mi mirada bajó involuntariamente hacia las sábanas, y allí, en la tela blanca, un pequeño recordatorio de lo que había sucedido. Una mancha roja, inesperada, que me hizo detenerme, casi helada. Recordé la noche, todo lo que habíamos compartido, y comprendí, al instante, que ya no era la misma. Ya no era la señorita Rosaline, la joven tímida, la que temía al futuro y a lo desconocido. Esa era una parte de mí que había quedado atrás.
El corazón me dio un vuelco cuando pensé en cómo Erick me había tocado, me había reclamado de una manera tan única. Pero entonces, la realidad me golpeó, y sentí cómo la vergüenza y la incomodidad se enroscaban en mi pecho. No sabía cómo reaccionar. ¿Debía preocuparme? ¿Debía sentirme avergonzada?
Mi mano buscó la campanilla junto a la cama, y pronto, el sonido de unos pasos se escuchó en el pasillo. Gabriela apareció después de lo que me pareció una eternidad. Sus ojos no dejaron de recorrer la habitación, y cuando vio la mancha, su rostro se transformó. La sorpresa, o tal vez el reconocimiento, hizo que sus labios se apretaran en una línea tensa.
— ¿Qué ha sucedido? —preguntó, y no pude evitar notar la tensión en su voz.
Mi respuesta fue más fría de lo que imaginaba.
—Lo que tendría que haber sucedido desde el principio. Hice el amor con mi marido.
Sus ojos se agrandaron por un segundo, luego, como si hubiera comprendido todo de golpe, su rostro se endureció. Y entonces, casi sin darme cuenta, se acercó un paso más. Sentí que la rabia comenzaba a burbujear bajo mi piel. No lo pude evitar.
— ¿Cómo es que estás en la cama del duque, señora Rosaline? ¿Y en bata?
Mi sangre hirvió al instante. Sabía lo que estaba buscando. Gabriela había sido más que una sirvienta, mucho más. Había sido algo más cercano a una sombra que siempre rondaba al duque, una sombra que, a pesar de su aparente eficiencia, había sido siempre demasiado atenta hacia él. La respuesta me salió sin pensar, hiriente, directa.
— ¿Dónde más iba a estar si no es la cama de mi esposo? —respondí con calma, pero con un veneno escondido en la voz.
Gabriela se quedó en silencio, incapaz de reaccionar de inmediato. Yo la observaba mientras una sonrisa irónica se dibujaba en mi rostro.
— Desde ahora, aquí me quedó. Y si tienes un problema, se lo guarda para usted.
Fue todo lo que pude decir antes de que me sintiera demasiado fatigada para continuar con la conversación. No necesitaba pruebas de nada más. En mi interior, la relación que Gabriela había tenido con Erick se desmoronaba, y no había nada que me detuviera de ver eso con claridad.
Mi siguiente orden fue tajante, cortante.
— Llama a las sirvientas. Quiero un baño y ropa limpia.
No esperé a que respondiera. Me giré, dejándola atrás, sintiendo como el control de mi vida comenzaba a cambiar en algo que nunca había anticipado.
Las sirvientas llegaron finalmente, pero su silencio me indicó que algo no estaba bien. De todas formas, me metí en la bañera, sumida en el agua tibia, tratando de borrar la sensación de vergüenza que aún me envolvía, pero sin lograrlo por completo. Aun así, el agua me ayudaba a despejar la mente, aunque no podía evitar pensar en lo que había hecho.
Poco después, me vestí con una de mis mejores ropas, que intentó disimular el desgaste de la noche anterior, y salí de la habitación. El vestíbulo estaba vacío, y el desayuno aún no había sido servido. Tampoco estaba él.
Una pequeña decepción me recorrió. El vacío de la casa parecía más pesado ahora, más palpable. Me sentí sola, incompleta, como si algo fundamental me faltara. Pero antes de que pudiera quedarme con esos pensamientos, vi su figura aparecer en la entrada del salón. Erick entró con su paso firme, su mirada fija, y esa expresión inquebrantable que siempre portaba. Me miró un momento, pero no dijo nada.
Me senté a la mesa en silencio. No me atreví a mirarlo mucho, pero sentí su presencia. Era imposible ignorarla.
Justo cuando estaba por tomar un bocado de pan, Erick se sentó a mi lado. De repente, sentí algo en mi pierna, una presión sutil, algo que me hizo tensar el cuerpo en un solo movimiento. La sensación se desvió por todo mi cuerpo, como una descarga eléctrica. Erick había colocado su mano bajo la mesa, sus dedos rozando mi pierna con un toque tan deliberado, que me hizo estremecer. No pude evitarlo, una ola de calor me recorrió por completo.
Me miró, como si esperara que reaccionara, pero no lo hice. No quería darle esa satisfacción.
— ¿Ayudarme con algo? —preguntó en voz baja, rompiendo el momento con su tono sereno, pero con una mirada desafiante.
Lo miré de nuevo, un poco sorprendida por su tono.
— Puedo hacerlo.
No me dio más respuestas. Solo asintió con una leve sonrisa y me dejó seguir. Me sentí incómoda, pero también rara vez tan decidida a probar que podía estar a su altura.
El trabajo que él me dio no fue difícil, pero sí desafiante. A medida que avanzaba en los papeles, sentí que Erick observaba más que nunca. No sabía si era su forma de retarme o si de verdad necesitaba mi ayuda. El silencio entre nosotros se alargó, y cuando finalmente se levantó de la mesa, me dejó sola. No tardé en sentir la presión de su ausencia. Pero lo que ocurrió a continuación me hizo despertar de nuevo.
Gabriela apareció en el salón cuando ya había terminado mi trabajo. Sus ojos estaban llenos de furia, pero su sonrisa era tan falsa como su actitud. Comenzó a hablar en voz alta, burlándose de mí, criticándome frente al personal, como si no tuviera nada que perder.
Intentó humillarme, sabiendo muy bien lo que hacía. Pero cometió un error.
Me levanté, la miré directamente a los ojos, y le hablé con la calma que solo una mujer que sabe lo que vale puede tener.
— Gabriela, deja este lugar. Te voy a pedir que salgas del salón, ahora.
El grito de sorpresa que vino de ella me hizo sonreír por un instante. No me importó lo que pensara el resto. Gabriela era nada frente a mi determinación.
Corrió a buscar a Erick, pero cuando llegó ante él, esperando apoyo, lo que ocurrió fue completamente diferente. Erick la frenó con un gesto, su rostro serio, pero su voz nunca había sido tan firme.
—No desafíes a mi esposa de nuevo, Gabriela —le dijo, y en sus palabras había una advertencia clara, una que jamás habría esperado escuchar.
Gabriela quedó paralizada. Erick no dijo nada más. Pero las palabras que había pronunciado, de alguna manera, marcaron una grieta entre ellos. Gabriela nunca lo había oído hablar así antes.
En ese momento, no sabía si debía sentir satisfacción o temor. Pero una cosa era segura: las reglas habían cambiado. Y esta vez, yo iba a hacer quien mande.