La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 23
Mirea puso una mano en el hombro de Helios.
—Es por eso que Valerius pudo dar el golpe tan fácilmente. No fue solo traición militar; fue un cambio de acreedor. Valerius ofreció más sangre a la Casa del Velo de la que tu padre estaba dispuesto a dar al final.
Helios se giró hacia Mirea, su rostro una máscara de furia y desolación.
—¿Tú sabías esto? ¿Sabías que mi sangre está manchada con este pacto?
—Sospechaba que la luz de los Voran tenía un costo —respondió ella con calma, aunque sus ojos reflejaban una profunda empatía—. En Solis, nada es gratis, Helios. Ni el trono, ni el amor, ni la supervivencia.
La Tejedora los dejó solos en la cámara, alegando que debían "digerir la verdad". El silencio que siguió era opresivo, cargado con el peso de siglos de pecado familiar. Helios se desplomó contra una de las columnas, sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies.
—Toda mi venganza... —comenzó Helios, su voz rota—, toda mi lucha por recuperar el legado de mi padre... ¿para qué? ¿Para ser otro monstruo que alimenta este pozo negro?
Mirea se acercó a él, eliminando el espacio entre ambos. Sus dedos buscaron la barbilla de Helios, obligándolo a mirarla.
—No eres tu padre. Y no eres Valerius —dijo ella con ferocidad—. Tú eres el hombre que sobrevivió al exilio sin esta secta. Tienes el fuego, pero ahora sabes de dónde viene. Puedes dejar que te consuma o puedes usarlo para quemar este lugar hasta los cimientos.
El contacto de Mirea era lo único que lo anclaba a la realidad. La tensión acumulada, la revelación brutal y la atmósfera cargada de magia oscura crearon una chispa de desesperación que rápidamente se transformó en algo más carnal. Helios necesitaba sentir que todavía estaba vivo, que su cuerpo le pertenecía a él y no a un contrato de sangre antiguo.
La agarró por la cintura con una fuerza casi dolorosa, atrayéndola hacia el altar de piedra que presidía el pozo negro.
—Dime que esto es real —gruñó Helios, sus labios buscando los de ella con una urgencia salvaje—. Dime que lo que hay entre nosotros no es parte de su maldito diseño.
—Esto es lo más real que encontrarás en este agujero de mentiras —respondió Mirea, deshaciendo los cierres de la túnica de Helios mientras él la subía al altar.
El acto fue una profanación deliberada de aquel lugar sagrado y oscuro. Bajo la luz invertida de la Casa del Velo, Helios reclamó a Mirea con una pasión que bordeaba la furia. No hubo delicadeza; fue un choque de voluntades y cuerpos. Helios necesitaba ahogar los susurros de sus ancestros con los gemidos de la mujer que se había convertido en su única verdad.
Sus manos recorrieron la piel de Mirea, buscando los puntos de presión que la hacían arquearse bajo él. Cada beso era un desafío a la oscuridad que los rodeaba. El metal del cinturón de Helios golpeaba contra la piedra del altar, marcando un ritmo implacable. Mirea, lejos de amedrentarse, lo envolvía con sus piernas, sus uñas dejando surcos rojos en los hombros de Helios, recordándole que el dolor también era una forma de existir.
—Quema el pasado, Helios —jadeó ella, su cabeza echada hacia atrás mientras él la penetraba con una intensidad que parecía querer alcanzar su propia alma—. ¡Quémalo todo y quédate conmigo en las cenizas!
El éxtasis llegó como una explosión de luz dorada en la mente de Helios, una sensación que por un breve instante eclipsó la negrura del pozo. En ese momento de unión absoluta, Helios comprendió que el poder no residía en los sacrificios de sangre de su padre, sino en la voluntad de forjar un destino propio, sin importar cuán oscuro fuera el camino.
Se quedaron abrazados sobre la piedra fría durante un largo tiempo, mientras el líquido negro del pozo vibraba en respuesta a su energía. Helios se levantó primero, ayudando a Mirea a recomponerse. Sus ojos ya no mostraban desesperación, sino una determinación fría y cortante.
Caminó hacia los pergaminos suspendidos y, con un gesto de su mano, invocó una llama que no era amarilla, sino de un blanco puro y cegador.
—¿Qué haces? —preguntó la Tejedora, apareciendo en la entrada con una expresión de horror en su rostro vendado.
—Voy a terminar con el contrato —respondió Helios.
Lanzó la llama hacia los pergaminos. El fuego se extendió con una rapidez sobrenatural, alimentándose de la magia antigua. Los gritos de la Tejedora se mezclaron con el siseo del papel ardiendo.
—¡Estás destruyendo la historia de Solis! —aulló la mujer.
—Estoy escribiendo una nueva —sentenció Helios, mientras agarraba a Mirea de la mano y comenzaban a correr hacia la salida.
Detrás de ellos, la Casa del Velo empezó a colapsar. La mezcla de luz solar y magia oscura, privada de sus registros y estabilizadores, se volvió inestable. Una explosión de energía pura sacudió el Distrito de los Susurros.
Cuando salieron a la superficie, el sol real estaba comenzando a ponerse, tiñendo el cielo de un púrpura profundo. Helios observó el humo negro que se elevaba desde donde antes estaba el templo secreto.
—Ahora Valerius sabrá que no solo he vuelto para reclamar la corona —dijo Helios, su voz resonando con una autoridad nueva—. He vuelto para destruir el sistema que lo creó.
Mirea lo miró, y por primera vez, hubo un rastro de temor genuino en sus ojos, mezclado con una admiración devota.
—Has despertado algo mucho más grande que una guerra civil, Helios. Has roto el equilibrio que mantenía a Solis en pie.
—Entonces dejaremos que caiga —respondió él, comenzando a caminar hacia su refugio—. Mañana empezaremos a cazar a los traidores que aún quedan en mi propia casa. Si la sangre de los Voran es el precio, me aseguraré de que no sea la mía la que se derrame sola.